En la frontera oriental...
Un ejército imperial perseguía a cientos de refugiados.
Entre ellos había ancianos.
Niños.
Mujeres.
No tenían dónde esconderse.
El comandante levantó su espada.
—¡No dejen a nadie con vida!
En ese instante...
Una espada atravesó el suelo.
Todos se detuvieron.
No era Mors Aeterna.
Era una espada plateada.
Su portador llevaba una capa blanca.
Cabello oscuro.
Mirada firme.
Era...
Caín.
El comandante sonrió.
—¿Tú solo?
Caín respondió.
—No.
Estoy acompañado...
Por mi conciencia.
Los soldados cargaron.
La espada de Caín desapareció.
No era velocidad.
Era técnica absoluta.
En segundos...
Los capitanes habían caído.
El resto retrocedió.
Nadie quería enfrentarlo.
Cuando los refugiados se acercaron...
Una anciana preguntó:
—¿Quién eres?
Caín guardó la espada.
Miró hacia el horizonte.
Donde sabía que Kael se encontraba.
Y respondió...
—Solo...
Un hombre que decidió dejar de mirar hacia otro lado.
Muy lejos...
Kael sonrió.
Sin verlo.
Sin escucharlo.
Como si hubiera sentido que una nueva pieza acababa de entrar al tablero.
Y murmuró:
"Bienvenido... Caballero Blanco."
El viento comenzó a soplar.
Y, en algún lugar del cielo...
Capricornio abrió lentamente los ojos.
—Ya no solo está reuniendo guerreros...
Está reuniendo...
Esperanza.
Y eso...
Es mucho más peligroso que cualquier espada.