La historia comenzó a dividirse.
En el norte...
Los pueblos hablaban del hombre de la espada blanca.
El Caballero Blanco.
Decían que aparecía cuando los inocentes estaban en peligro.
Que nunca pedía recompensa.
Que desaparecía antes de que alguien pudiera darle las gracias.
En el sur...
Otro nombre hacía temblar a los reyes.
El Rey Negro.
El Fundador.
El hombre que había derrotado a dos Semidioses.
El monstruo que sonreía mientras caminaba entre ejércitos.
Los bardos comenzaron a cantar dos historias.
Una sobre un héroe.
Otra sobre un demonio.
Sin saber...
Que ambos caminaban hacia el mismo destino.
Mientras tanto...
Kael entrenaba completamente solo.
No utilizaba poderes.
Solo practicaba con Mors Aeterna.
Una...
Otra vez.
Miles de veces.
Darius lo observó.
—¿Después de todo lo que has conseguido... aún entrenas?
Kael respondió sin detenerse.
—El día que crea que soy suficiente...
Será el día en que muera.