El siguiente objetivo era una ciudad sagrada del Imperio.
Luminaris.
No era una fortaleza.
Era el lugar donde se fabricaban las armas sagradas de los Elarim.
Sin esas armas...
Los ejércitos perderían gran parte de su poder.
Los Apóstoles propusieron destruir la ciudad.
Pero Kael negó.
—No.
Ignis frunció el ceño.
—¿Por qué?
Kael respondió.
—Porque allí también viven miles de inocentes.
No vine a destruir personas.
Vine a destruir un sistema.
Judicar sonrió.
Era exactamente la respuesta que esperaba.
Esa noche...
Eris ideó un enorme ritual.
No destruirían la ciudad.
Sellarían todas las forjas sagradas.
Durante siglos.
Sin derramar sangre.
Los Apóstoles aceptaron.
Por primera vez...
Ganaban una batalla...
Sin levantar la espada.
Pero desde una torre...
Alguien los observaba.
Un hombre vestido completamente de blanco.
Llevaba la espada blanca despertada por el Emperador.
Y sus ojos...
No dejaban de mirar a Mors Aeterna.