Al amanecer...
El ritual de Eris comenzó.
Miles de sellos rodearon las forjas.
La energía desaparecía poco a poco.
Todo iba según el plan.
Hasta que...
CRACK.
Uno de los sellos se rompió.
Luego otro.
Y otro.
Eris abrió los ojos.
—¿Quién está rompiendo mis rituales?
Una voz respondió desde lo alto de la torre.
—Buenos sellos...
Pero fueron creados por una humana.
Todos levantaron la vista.
El hombre de blanco descendió lentamente.
Su espada emitía un brillo sereno.
No era arrogante.
No sonreía.
Su presencia imponía respeto.
Virgo inclinó ligeramente la cabeza.
Incluso ella lo reconocía.
El desconocido habló.
—Mi nombre...
Es Lucien.
Primer Portador de Lux Aeterna.
La espada elegida por los cielos.
Mors Aeterna vibró con fuerza.
Como si recordara aquel nombre.
Kael dio un paso al frente.
Los dos se observaron durante largos segundos.
Lucien rompió el silencio.
—Hace siglos...
Nuestras espadas lucharon una contra la otra.
Kael respondió.
—Entonces...
Terminemos la historia que dejaron inconclusa.
Lucien negó lentamente.
—Aún no.
Todavía no eres digno de enfrentarme.
Guardó su espada.
Y antes de desaparecer dijo una frase que hizo estremecer incluso a los Apóstoles.
"No confundas haber derrotado a dos Semidioses... con poder desafiar a un Portador."
Una luz cegadora envolvió el lugar.
Cuando desapareció...
Lucien ya no estaba.
Kael permaneció inmóvil.
Por primera vez desde Leo...
No sonrió.
Solo sostuvo con fuerza la empuñadura de Mors Aeterna.
Y comprendió...
Que acababa de conocer al enemigo más peligroso de toda su vida.