Tras varios días de viaje...
Kael llegó a un enorme cañón.
En medio...
Había un puente de piedra.
Y sobre él...
Un anciano.
Vestía una armadura completamente desgastada.
Aun así...
Su presencia era abrumadora.
No llevaba insignias.
No llevaba corona.
Solo una espada de piedra.
—¿Eres Kael?
—Sí.
—¿Vienes buscando Eternum?
—Sí.
El anciano cerró los ojos.
—Entonces...
Primero debes vencerme.
Kael llevó la mano a Mors Aeterna.
Pero el anciano negó.
—No.
Aquí...
Las espadas no decidirán nada.
Solo ustedes.
Los dos dejaron sus armas.
Comenzó un combate cuerpo a cuerpo.
Puño.
Rodilla.
Codo.
Cada golpe retumbaba en el cañón.
El anciano era increíblemente hábil.
Durante minutos...
Kael no logró tocarlo.
Finalmente...
El anciano consiguió derribarlo.
Kael cayó de espaldas.
El viejo sonrió.
—Tu fuerza supera a la de muchos dioses...
Pero tu corazón...
Todavía pelea con ira.
Kael permaneció en silencio.
Se levantó.
Respiró profundamente.
Y volvió a atacar.
Esta vez...
Sin odio.
Sin desesperación.
Solo con determinación.
El anciano sonrió.
Y dejó que el golpe impactara.
Retrocedió dos pasos.
—Ahora sí...
Estás aprendiendo.