El anciano recogió su espada de piedra.
La clavó en el suelo.
Todo el puente comenzó a brillar.
Runas antiguas aparecieron por todas partes.
—Mi nombre es...
Eldric.
Último Guardián de Eternum.
Durante mil años...
Esperé al hombre de la profecía.
Kael frunció el ceño.
—Solo existe una profecía.
La del Fundador.
Eldric sonrió.
—Exactamente.
Y nunca habló de un héroe.
Ni de un demonio.
Solo habló...
Del hombre que obligaría al mundo a elegir.
Eldric señaló el horizonte.
Las montañas comenzaron a abrirse lentamente.
Un camino oculto apareció.
Al fondo...
Podía verse una ciudad inmensa, envuelta en una luz azul y negra.
Eternum.
Pero antes de que Kael avanzara...
Eldric habló una última vez.
—Escúchame bien.
Dentro de esa ciudad...
No encontrarás aliados.
Encontrarás la verdad.
Y la verdad...
Puede destruir incluso al hombre más fuerte.
Kael dio un paso al frente.
Sus ojos no mostraban miedo.
Solo curiosidad.
—He perdido a mi abuelo.
He perdido a mis padres.
Perdí mi hogar.
Perdí mi infancia.
Si la verdad quiere romperme...
Que lo intente.
Mors Aeterna brilló intensamente.
Las enormes puertas de Eternum comenzaron a abrirse.
Y, desde la oscuridad de la ciudad...
Dos ojos dorados observaron a Kael.
Una voz antigua resonó entre las ruinas.
"...Al fin has llegado... Fundador."
Las puertas se cerraron detrás de él.
Y por primera vez...
Kael entró en el lugar donde había comenzado toda la historia.