Las enormes puertas de Eternum se cerraron detrás de Kael.
El silencio era absoluto.
No había viento.
No había animales.
Solo ruinas.
Pero no eran ruinas comunes.
Las calles estaban construidas con un metal desconocido.
Estatuas de guerreros gigantes permanecían intactas después de miles de años.
En el centro de la ciudad...
Había un inmenso árbol negro.
Sus raíces cubrían todo Eternum.
Mors Aeterna comenzó a vibrar.
Como si reconociera aquel lugar.
Entonces...
La voz volvió a escucharse.
—Bienvenido...
Último Fundador.
Kael desenvainó lentamente la espada.
—Muéstrate.
De entre las sombras apareció un hombre.
Cabello completamente blanco.
Vestía una armadura rota.
Su cuerpo parecía hecho de grietas.
Como si llevara siglos muriendo.
—Mi nombre...
Es Aion.
Fui...
El Primer Fundador.
Kael sintió que el mundo se detenía.
—Eso es imposible.
Solo existe un Fundador.
Aion sonrió con tristeza.
—No...
Solo existe...
El último.