Kael observó el último trono.
Mors Aeterna abandonó lentamente su mano.
La espada flotó.
Y se clavó por sí sola frente al trono.
Todo Eternum comenzó a temblar.
Aion cayó de rodillas.
—Al fin...
Ha regresado.
Kael sintió un intenso dolor de cabeza.
Miles de recuerdos inundaron su mente.
No eran suyos.
Eran recuerdos del Primer Fundador.
Vio ciudades desaparecer.
Vio océanos abrirse.
Vio cielos romperse.
Y vio...
A un hombre de luz atravesando el pecho del Primer Fundador con una espada blanca.
Lux Aeterna.
El primer Portador.
Entonces comprendió.
Mors Aeterna y Lux Aeterna...
No eran simples espadas.
Habían sido creadas como gemelas.
Una para proteger el orden.
La otra...
Para acabar con él cuando el orden se corrompiera.
Kael cayó de rodillas.
Respiraba con dificultad.
Aion sonrió.
—Ahora entiendes...
No naciste para conquistar el mundo.
Naciste...
Para decidir...
Si merece seguir existiendo.
En ese instante...
A miles de kilómetros...
Lucien levantó la cabeza.
Lux Aeterna comenzó a temblar.
—Ha despertado...
El verdadero heredero.
Lucien cerró los ojos.
—Entonces...
Ya no podremos evitar la guerra final.
Muy lejos...
Aether sintió una presión desconocida.
Miró al cielo.
Y susurró...
—Kael...
¿Qué acabas de descubrir?
Mientras tanto...
En las profundidades de Eternum...
Una puerta gigantesca comenzó a abrirse.
Detrás de ella...
Algo respiró.
Una voz antigua, mucho más aterradora que cualquier Semidiós, resonó por toda la ciudad.
"¿Ha vuelto... el Fundador de la Muerte?"
Kael levantó lentamente la mirada.
Y respondió sin miedo.
"Sí."
La criatura sonrió desde la oscuridad.
"Entonces... terminemos la guerra que comenzó hace diez mil años."