El inmenso salón permanecía en silencio.
Once tronos rodeaban la sala.
Todos estaban destruidos.
Y al centro...
Existía un duodécimo trono.
Vacío.
Nunca había sido ocupado.
Kael caminó lentamente hacia él.
Aion bajó la cabeza.
—Durante diez mil años...
Esperamos.
Pero jamás apareció alguien digno de sentarse ahí.
Kael frunció el ceño.
—¿Por qué?
Aion respondió.
—Porque ese trono...
Nunca perteneció a nadie.
Fue construido...
Para el poder que jamás debía existir.
La Muerte.
Kael colocó lentamente una mano sobre el respaldo.
Todo Eternum comenzó a temblar.
Miles de símbolos negros aparecieron por las paredes.
No eran runas.
Eran nombres.
Millones de nombres.
Las personas que habían muerto desde el principio de los tiempos.
La ciudad reaccionaba ante su verdadero dueño.
Una voz antigua habló.
—El Trono reconoce...
Al Primer Fundador de la Muerte.