Kael permanecía frente al trono.
Miles de voces resonaban dentro de Eternum.
No eran gritos.
Eran almas.
Todas parecían inclinarse ante él.
Aion habló por última vez.
—Kael...
Escucha bien.
Los antiguos Fundadores protegían el equilibrio.
Tú...
No.
Tú eres algo completamente distinto.
Eres el primer hombre capaz de otorgar un final...
Incluso a aquello que parecía eterno.
Por eso...
Los dioses te temen.
Por eso...
Los Semidioses descienden para detenerte.
Y por eso...
La profecía solo menciona un nombre.
Kael.
Kael se sentó lentamente sobre el trono vacío.
No ocurrió ninguna explosión.
No apareció una transformación.
Solo...
Silencio.
Entonces...
Todo Eternum se arrodilló.
Las estatuas.
Las espadas.
Los guardianes de piedra.
Incluso Aion.
—Salve...
Al Primer Fundador de la Muerte.
Kael cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos...
Sus pupilas ya no eran negras.
Tenían un extraño brillo plateado, como un eclipse.
Se levantó del trono.
Tomó a Mors Aeterna.
Y dijo con una calma que heló la ciudad entera:
"No vine a convertirme en un dios."
Comenzó a caminar hacia la salida.
"Los dioses también mueren."
La oscuridad lo siguió como un océano.
Y detrás de él...
Las puertas de Eternum se abrieron por completo.
En ese mismo instante, en todos los continentes...
Cada ser con un gran poder sintió un escalofrío.
Lucien apretó con fuerza Lux Aeterna.
Virgo cayó de rodillas.
Capricornio abrió los ojos de golpe.
Chema, desde un campo de entrenamiento, sonrió sin saber por qué.
Y Aether...
Miró el horizonte.
Con lágrimas en los ojos.
—Kael...
Ya no puedo alcanzarte...
Pero tampoco dejaré que destruyas este mundo.
Los caminos de los dos amigos...
Avanzaban inevitablemente hacia su enfrentamiento final.