Las puertas de Eternum se abrieron.
Kael salió lentamente.
Los ocho Apóstoles ya lo esperaban.
Al verlo...
Nadie habló.
Había algo distinto en él.
No era más fuerte únicamente.
Era como si el propio mundo hubiera dejado de rechazar su existencia.
Darius dio un paso.
—Mi señor...
¿Encontró las respuestas?
Kael observó el cielo.
—No.
Encontré la verdad.
Y la verdad...
Es más cruel.
De pronto...
Miles de aves negras cubrieron el cielo.
No eran animales.
Eran mensajeros.
Cada una llevaba un pergamino.
En todos los reinos.
En todas las ciudades.
En todos los continentes.
El mismo mensaje apareció.
"A todos los pueblos de Duskaria.
No deseo gobernarlos.
No deseo su adoración.
Solo les daré una elección.
Permanezcan al lado del Imperio...
O construyan conmigo un mundo donde ninguna raza nazca esclava de otra.
No obligaré a nadie a seguirme.
Pero tampoco me detendré por quienes intenten impedirlo.
—Kael, Primer Fundador de la Muerte."
El continente entero quedó en silencio.
La guerra...
Ya no era entre ejércitos.
Era entre ideales.