Un inmenso valle separaba ambos ejércitos.
A un lado...
El Imperio.
Los Semidioses restantes.
Los Portadores.
Millones de soldados.
Al frente...
Aether.
Del otro lado...
Noctaris.
Los ocho Apóstoles.
Las razas liberadas.
Gigantes.
Dragones.
Elarim rebeldes.
Y al frente...
Kael.
El viento soplaba.
Nadie daba el primer paso.
Entonces...
Aether comenzó a caminar.
Kael hizo lo mismo.
Los dos avanzaban.
Solos.
Hasta quedar frente a frente.
Durante largos segundos...
Solo se miraron.
Aether sonrió con tristeza.
—Ha pasado mucho tiempo...
Kael.
Kael respondió con una pequeña sonrisa.
Una sonrisa sincera.
La primera en muchos capítulos.
—Sigues siendo igual de lento.
Aether soltó una risa.
—Y tú...
Sigues creyendo que puedes cargar con todo.
Los dos recordaron su infancia.
Por un instante...
Volvieron a ser aquellos niños.
Pero solo por un instante.
Aether desenvainó Lumen Caeli.
Kael levantó Mors Aeterna.
Dos espadas.
Dos amigos.
Dos sueños.
Aether habló.
—Dime una cosa...
Si yo me interpusiera en tu camino...
¿Qué harías?
Kael bajó la mirada unos segundos.
Después respondió con la voz quebrada.
—No quiero pelear contigo.
Aether cerró los ojos.
—Yo tampoco.
El viento dejó de soplar.
Y entonces...
Ambos adoptaron posición de combate.
No atacaron.
Solo se prepararon.
Porque los dos comprendían...
Que la siguiente vez que cruzaran sus espadas...
Uno de los dos perdería mucho más que una batalla.
Detrás de Kael, los Apóstoles guardaban silencio.
Detrás de Aether, los Portadores hacían lo mismo.
La guerra definitiva...
Había comenzado.