Aether permanecía arrodillado.
Abrazando el cuerpo de su maestro.
Las lágrimas caían sin detenerse.
Kael permanecía inmóvil.
No había alegría en su rostro.
Solo una enorme tristeza.
Después habló.
Su voz recorrió todo el campo de batalla.
—Escúchame bien...
Aether levantó lentamente la mirada.
Kael clavó a Mors Aeterna en el suelo.
Y dijo...
"Ya nadie podrá detenerme."
Señaló los ejércitos.
A los Semidioses.
Al Emperador.
A los Portadores restantes.
"Ni ellos..."
Miró los cielos.
"Ni los dioses..."
Finalmente...
Miró directamente a Aether.
Y por primera vez...
Su voz se quebró.
"...Solo tú."
El viento dejó de soplar.
Kael continuó.
"Así que levántate."
Tomó nuevamente su espada.
La oscuridad comenzó a cubrir el horizonte.
"Porque si tú no logras detenerme..."
Sus ojos brillaron como un eclipse.
Y apareció aquella sonrisa aterradora.
"...los mataré a todos."
Silencio absoluto.
Nadie respiraba.
Kael dio media vuelta.
Y añadió una última frase.
Sin siquiera mirar atrás.
"Prefiero morir por tu espada..."
Hizo una breve pausa.
"...antes que vivir en un mundo donde tú hayas renunciado a tus ideales."
Aether apretó con fuerza la empuñadura de Lumen Caeli.
Las lágrimas dejaron de caer.
Se puso de pie.
Por primera vez...
No veía frente a él a su amigo de la infancia.
Veía...
Al Fundador de la Muerte.
Y comprendió...
Que la siguiente batalla decidiría el destino de toda la existencia.