El campo de batalla quedó vacío.
Los ejércitos retrocedieron.
Los Apóstoles.
Los Semidioses.
Los Portadores.
Nadie se atrevía a intervenir.
Aquella pelea...
Ya no pertenecía al mundo.
Solo les pertenecía a ellos.
Kael caminó lentamente.
Aether hizo lo mismo.
Cuando estuvieron a unos veinte metros...
Se detuvieron.
Ninguno levantó la espada.
Solo se observaron.
El viento movía sus cabellos.
Entonces...
Aether rompió el silencio.
—¿Recuerdas... el árbol donde entrenábamos?
Kael sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Humana.
—Lo recuerdo.
Hace muchos años...
Dos niños entrenaban con espadas de madera.
Ambos estaban llenos de golpes.
Aether cayó al suelo riéndose.
Kael también.
—Cuando seamos fuertes...
Cambiaremos este mundo.
Aether levantó el puño.
—¡Lo prometemos!
Kael chocó su puño.
—Lo prometemos.
El recuerdo desapareció.
Los dos adultos seguían frente a frente.
Aether bajó la cabeza.
—Al final...
Los dos cumplimos nuestra promesa.
Kael respondió.
—Solo...
Elegimos caminos diferentes.
Aether levantó lentamente Lumen Caeli.
Kael desenvainó Mors Aeterna.
El cielo comenzó a dividirse nuevamente.
Luz.
Oscuridad.
Entonces Kael habló.
Con una voz tan tranquila...
Que daba miedo.
—Aether...
Si hoy gano...
El mundo cambiará para siempre.
Aether respondió.
—Lo sé.
—Y si tú ganas...
Mi sueño morirá aquí.
—También lo sé.
Kael cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Y cuando volvió a abrirlos...
Ya no quedaba ninguna duda.
—Entonces...
No nos contengamos.
Las dos espadas desaparecieron.
¡¡BOOOOOOOOOOOOOM!!
El choque fue tan brutal...
Que las nubes desaparecieron del cielo.