Los dos caminaron lentamente.
No levantaron sus armas.
Se acercaron hasta quedar frente a frente.
Aether habló.
—No eres un monstruo.
Nunca lo fuiste.
Kael respondió.
—¿Y qué soy entonces?
—Un hombre...
Que se convenció de que debía cargar solo con todo.
Kael sonrió.
—Tal vez.
Aether dio otro paso.
—Todavía puedes detener esto.
Kael negó.
—Ya es demasiado tarde.
—Nunca es tarde.
Kael levantó la vista.
Su sonrisa desapareció.
—Dime, Aether...
¿Cuántos niños murieron mientras nosotros discutíamos qué era lo correcto?
Silencio.
—¿Cuántas razas fueron exterminadas porque los dioses decidieron quién merecía vivir?
Silencio.
—¿Cuántas madres enterraron a sus hijos esperando que apareciera un héroe?
Aether apretó los puños.
No tenía respuesta.
Kael dio un paso.
—Yo no destruyo este mundo porque lo odio.
Lo destruyo...
Porque jamás permitió que existiera justicia.
Aether respondió con firmeza.
—¡Entonces construiremos esa justicia!
—¿Con quién?
—¡Con todos!
Kael negó lentamente.
—No.
Los hombres cambian sus palabras...
Pero rara vez cambian su naturaleza.
La oscuridad comenzó a envolverlo.
—Por eso...
Primero debe terminar este mundo.
Y luego...
Nacer otro.
Los dos levantaron sus espadas al mismo tiempo.
No peleaban por orgullo.
Ni por poder.
Peleaban...
Por el futuro.