El rugido de la oscuridad hizo temblar el cielo.
Los dos dragones negros giraban alrededor de Kael.
Sus ojos...
Eran los de Nox.
Kael los observó por un instante.
Y sonrió.
—Sigues aquí...
Los dragones rugieron.
No eran simples invocaciones.
Eran el último regalo de Nox.
Aether levantó lentamente su espada.
Su brazo izquierdo ya no respondía.
Cada respiración era un dolor insoportable.
Su cuerpo comenzaba a desintegrarse por culpa del Sol Infinito.
Pero dio un paso.
Luego otro.
—Mientras pueda moverme...
No dejaré que cargues solo con este dolor.
Kael respondió con una sonrisa.
—Entonces...
Ven.
Los dos desaparecieron.
Los dragones atacaron desde ambos lados.
Aether extendió sus alas.
Miles de plumas se transformaron en espadas de luz.
Las espadas chocaron contra los dragones.
El cielo parecía una tormenta de estrellas.
Kael apareció frente a Aether.
Los dos comenzaron a golpearse sin detenerse.
Puño.
Rodilla.
Codo.
Cabezazo.
No existía técnica.
Solo instinto.
Cada golpe rompía huesos.
Cada golpe hacía retroceder al otro.
Pero ninguno caía.