El Funeral

Capítulo 3

—Primero dime tu nombre.

¿Enserio eso es lo único que se te ocurre preguntar a un potencial asesino en serie? Siento que me regaña mi conciencia.

—Drew Engel— contesta con expresión seria.

—Pensé que estabas jugando con eso de no conocerme— continúa —Beth, ¿en verdad no recuerdas nada?

Aprieto las manos en mi regazo. ¿Puede esto ser cierto y no una excusa para estafarme o jugarme una broma?

—No— niego con la cabeza —No entiendo que es lo que haces aquí en mi casa, jamás te había visto en mi vida.

La comprensión ilumina sus rasgos.

—Es posible— murmura para sí mismo.

Luego con determinación, come un poco de su plato y sigue hablando.

—Hemos estado casados por poco más de dos años, trabajo en la estación de bomberos, ayer discutimos sobre si adoptar un gato o un perro. Nos conocimos en la boda de tu prima Brianna. Fui el padrino de Greg y tu la dama de honor. Fue amor a primera vista, desde entonces hemos estado orbitando el uno alrededor del otro hasta que decidimos casarnos tres meses después.

El shock por el golpe de información tan detallada me tiene sin habla.

Sigue contándome de eventos de los que no recuerdo nada, a tal nivel de detalle que me encuentro aterrorizada en mi asiento.

—¿Cómo puedo saber que lo que dices es cierto? —lo interrumpo.

Resopla con una media sonrisa burlona y se dirige al pasillo que conduce a las habitaciones, regresa segundos después sosteniendo un portaretratos. Lo voltea para que pueda ver la foto enmarcada y siento como si el suelo se tambaleara bajo mis pies.

Una muy sonriente versión de mí misma, vestida con un bellísimo vestido blanco le pone una sortija en el dedo anular a un Drew vestido de esmoquín que la mira como si ella hubiese pintado las estrellas en el cielo.

Es espeluznante de una manera tan romántica.

¿Pude haber olvidado a mi alma gemela y todos los sucesos a su lado sin causa aparente?

Me señala la mano derecha y casi me atraganto al darme cuenta de que llevo puesta una sortija de compromiso, la misma que se ve en el retrato, con un enorme diamante rosado. La piedra es deslumbrante y algo que sin duda la Beth de catorce años hubiese elegido de una revista cuando soñaba con el chico ideal.

—Sé que seguro piensas que es una locura dado que parece que no recuerdas nada, y es comprensible— su voz me interrumpe de mi inmersión mental. —Pero Beth, creo que sería lo más seguro es que fuésemos a un hospital para que comprueben si todo está bien contigo, cielo.

Me encojo de hombros ante la idea de volver a salir de casa esta noche, nevaba cuando llegué del trabajo, y ahora se oye el viento silbar. No me parece una buena idea arriesgarme a salir a la carretera con esta tormenta, y no tengo la crueldad suficiente como para echar a Drew de mi casa con el frío que hace.

—No es necesario, esperemos a la mañana, por si recupero los recuerdos luego de una buena noche de sueño.

Él luce un poco reticente pero al mirar fuera por la ventana parece que se lo piensa mejor.

—De acuerdo, ve a descansar. Dormiré en la habitación de invitados para no incomodarte.

Recoge los platos de la cena y los pone en el lavaplatos. Mira mi rostro durante un par de segundos y luego como si se diera por vencido me sonríe con tristeza.

—Voy a extrañarte, Beth.

Camino a mi cuarto con pasos temblorosos, como si una sentencia hubiese caído sobre mí, un peso insoportable se hubiera asentado sobre mi pecho y un frío helado se colara poco a poco hasta llegar a mis huesos.

Ya con el pijama puesto y envuelta en las colchas de mi mullida cama, no dejo de dar vueltas sobre el colchón pensando en aquella extraña despedida.

Voy a extrañarte, Beth.




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