Está lloviendo.
El sonido del agua golpeando el pavimento es tan constante que parece una respiración gigante, una que llena toda la calle y ahoga los demás sonidos. Estoy debajo de una banca metálica, oxidada por las lluvias pasadas, y el viento la hace vibrar de vez en cuando. A mi alrededor, los humanos corren de un lado a otro, buscando refugio bajo los toldos de las tiendas, cubriéndose la cabeza con bolsas o chaquetas.
Pero no corro, porque no tengo a dónde ir.
El aire huele a tierra mojada y a miedo. A veces los relámpagos iluminan el callejón, mostrando los basureros volcados, los papeles pegados al suelo, el vapor que se levanta del asfalto caliente. Cada tronar me recorre los huesos.
Entonces lo escucho, unas botas se acercan, rápidas, chapoteando en los charcos. Son pasos firmes y ligeros. Luego, un golpe seco, pues algo cae al suelo y rueda, aunque no logro entender lo que sucedía, y solo veo unas cosas rebotar hasta quedar a pocos centímetros de mi nariz.
Una luz blanca corta la oscuridad, que me deja ciego por un momento, por lo que aprieto los ojos con fuerza, tratando de adaptarme.
—Ay no, no, no. —murmura una voz femenina, suave, entre risas nerviosas y resoplidos—. Mis velas…
La figura se inclina, y la luz ilumina su rostro por un segundo, no se ve como una humana mayor. Tal vez una adolescente. Su cabello oscuro está empapado, se le pega a las mejillas, y tiene una chaqueta amarilla que parece demasiado grande para ella.
Extiende la mano hacia la vela más cercana, pero se detiene.
Sus ojos se clavan en mí por un momento y parece que de pronto, deja de importarle dónde están sus cosas.
—¿Tienes frío? —le pregunta, en un tono tan suave que casi se confunde con la lluvia.
Levanto la cabeza, temblando, y maúllo. Es un sonido débil, más un suspiro que un llamado.
Ella sonríe con suavidad y me dio tanta tranquilidad que, por un momento, me sentía seguro.
Ella extiende su mano hasta que me toma entre sus brazos. Me cubre con su chaqueta, protegiéndolo de la lluvia, mientras el celular en su otra palma apenas ilumina sus pasos.
Me quedo quieto un momento, sorprendido. Luego apoyo mi cabeza contra su pecho, buscando el calor que tanto me faltaba. Su corazón late rápido, y cada golpe retumba en mis orejas igual un tambor suave y constante. Huele a jabón, a lluvia y a vainilla. Me gusta.
El sonido de la tormenta se vuelve más lejano a medida que ella camina. La siento moverse con cuidado, apretándome un poco más contra su cuerpo, sin importarle que la estaba mojando. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo frío ni miedo. Solo ese calor, y el ritmo de su respiración.
Camina durante un buen rato hasta que el sonido cambia y ya no escucho la lluvia en la calle, sino un tintineo metálico, luces más cálidas, voces humanas. Me acomodo entre sus brazos y miro hacia arriba justo cuando se sacude el agua del cabello frente a la puerta de una tienda.
Empuja la puerta y entra. Se oye un timbre que me hace estremecer y me siento incómodo.
En el aire olfateo plástico, cartón y comida seca. Un humano detrás del mostrador la saluda, pero ella solo asiente y sigue caminando, metiéndome con cuidado en su mochila, tal vez no quería que me mirarán, aunque la deja una abertura pequeña, lo justo para que pueda asomar la cabeza. El interior huele a libros y lápices, si me siento un poco desesperado, me quedo quieto.
—Shhh,tranquilo, no te voy a dejar solo —susurra mientras acomoda la cremallera para que respire.
Sigue caminando por los pasillos con una canasta en la mano. Asomo el hocico por la abertura de vez en cuando, observando cómo sus botas dejan huellas húmedas en el suelo.
—A ver. —murmura para sí misma—. Mis papás no me van a dejar tener una mascota, pero no pasa nada si no se enteran, ¿verdad, amiguito?
Su voz es un murmullo, que apenas se escuchaba.
Dobla hacia un pasillo lleno de colores y figuras de animales. Bolsas, juguetes, platos. La observo sacar un pequeño plato azul con dibujos de peces, una bolsa de croquetas y una de arena.
—Esto debería servir, aunque no sé si te va a gustar —dice, ladeando la cabeza y sonriendo apenas—. Nunca he tenido un animal en mi vida, así que supongo que sí. Lo iremos descubriendo sobre la marcha.
No puedo evitar maullar bajito y ella se ríe.
—Oh, ¿te gusta hablar, eh? Pues tendrás que hacerlo en silencio, porque si mi mamá te escucha, estamos perdidos.
El sonido de su risa me llena el pecho. No entiendo por qué, pero todo dentro de mí se enciende. Una calidez distinta, algo que no sentía desde hace mucho.
Mientras ella seguía caminando, guardando las cosas en la canasta, la observo con admiración. Siento que, de alguna manera, tenía que ser así.
No fue casualidad que me encontrara.
Cuando termina de llenar la canasta, va hacia la caja. Me acomodo dentro de la mochila, asomando apenas una oreja por la abertura, pues no quiero que se meta en problemas por mi culpa.
—Hola, Noreen —saluda el humano del mostrador, un hombre de cabello gris y gafas torcidas— ¿Otra vez por aquí tan tarde?
—Hola, señor Miller —responde ella, con esa sonrisa traviesa que parece iluminarle los ojos—. Ya sabe, cosas de la vida.
Él mira la canasta y arquea una ceja.
—¿Croquetas? ¿Arena? ¿Un plato de gato? —dice, arrastrando cada palabra—. No me digas que tus papás por fin cedieron.
Ella se ríe, bajando la voz.
—Eh, digamos que todavía no lo saben. Pero… —se inclina un poco sobre el mostrador, mirándolo con complicidad— usted no les dirá nada, ¿verdad?
El señor Miller la observa un segundo y luego suelta una carcajada suave.
—Tu secreto está a salvo conmigo. Pero si aparece un gato por ahí, no vi nada.
—Gracias —dice la humana, dándole una sonrisa tan amplia que por poco se le cae una lágrima de alivio.
Él pasa los artículos por el lector, uno por uno. Bip. Bip. Cada sonido resuena y creo que marca el inicio de algo. Cuando termina, ella paga y mete todo en la mochila, acomodándola con cuidado para que no caiga sobre mí.
#610 en Fantasía
#369 en Personajes sobrenaturales
fantasmas demonios y hechiceros, fantasa magia viajes brujas, fantasmas demonios romance
Editado: 10.02.2026