Noreen intenta hacer, por milésima vez esta semana, un hechizo para atraer abundancia. Sí, otra vez. Parecía que la sola palabra abundancia no se hubiera dado por vencida desde hace años.
Estoy sentado sobre su escritorio, justo donde ella no quiere que esté, pero que debo estar para supervisar este circo mágico que insiste en llamar ritual.
Aunque, considero que frente a mí hay un pequeño caos: Tres velas encendidas de colores que no combinan en nada. Una hoja con símbolos que parecen dibujados por un perro hiperactivo y un montón de cristales que usa solo porque se ven bonitos.
—Ok, Salem. Esta vez sí funcionará —murmura ella, acomodándose un mechón de su cabello negro tras la oreja, dejando una mancha de cera en la frente sin darse cuenta—. Vamos a ser millonarios.
Entrecierro los ojos. Sé que no funcionará, porque está haciendo las cosas mal. Y no solo eso, sino que la habitación olía a peligro.
Primero: la vela verde está prendida para la suerte. Segundo: la dorada, para el dinero. Tercero: la negra para... Ni ella lo sabe. Lo sé, porque literalmente la escuché decir hace dos minutos: “Pues ya que estoy, la negra se ve bonita.”
A veces creo que la magia, si pudiera, se pondría a llorar.
—Salem, no me mires así —dice, señalándome con el encendedor en la mano—. Necesitamos un poco de ayuda del universo, estoy buscando trabajo.
Necesitamos era una palabra tan fuerte para justificar que estás llamando entidades a lo tonto, humana.
Maúllo en respuesta, porque si lo hago con más fuerza apaga las velas de un susto.
Empieza a leer su papel mal doblado, pero no lo entiende. Lo sé porque no lo escribió ella, pues lo sacó de TikTok, de un video a las tres de la mañana. He estado aquí mucho tiempo para no saber que la magia de internet tiene exactamente la misma precisión que la de un perro intentando perseguir una ardilla.
—Yo llamo a la abundancia—lee ella con solemnidad exagerada.
Le arde la punta del cabello. Sí, literalmente.
Salto y empiezo a maullar, avisando del fuego.
—¡Ay! —salta ella—. Salem, ¡no interrumpas! Este es un momento serio.
Súper serio prenderse en fuego el cabello en pleno ritual porque no sabe su función.
Le apago la mechita del cabello con un manotazo, sé que ella cree que la golpeé por maldad, pero le acabo de salvar la vida.
—¡Oye! —se queja, sobándose la cabeza— ¡Eso dolió!
Lo que va a doler es cuando invoques a una entidad equivocada porque no tienes ni idea de lo que significa llamar abundancia, humana.
Tengo ocho años como gato, pero muchísimos más en realidad, lo que me da sabiduría. Y sé reconocer el peligro mágico cuando lo huelo. Por lo que este ritual grita: ¡caos, confusión, riesgo de llamar algo que se aburra y venga a molestar!
Ella alinea las velas con aire concentrado, parece que sabe lo que hace, pero pone la verde junto a la negra.
Eso jamás, pues significa algo totalmente distinto. Invocará algo que la haría correr.
Si supiera leer un libro, pero no. Los libros de brujería están en su estantería son decoración, perfectamente alineados, jamás abiertos. Le vi polvo en uno ayer, tenía uno titulado “Guía esencial de energías y entidades”.
¡Esa es información de vida o muerte, humana!
¿Por qué gasta dinero a lo menso si no lo va a leer?
—Salem —dice, suspirando mientras mueve la vela dorada sin criterio alguno—, ¿sabes qué significa abundancia? Mucho, muchísimo. Lo que sea, pero en grande.
Exacto. Así se manifiestan las tragedias también, en grande ¿Quiere abundancia de problemas? Porque así se consigue.
La miro juntar las manos, cerrar los ojos y respirar profundo y sé con toda mi alma felina, que está llamando muy fuerte, abierto e inconsciente.
No sabe qué identidad escucha ni qué energía responde. No sabe nada.
Y la peor parte es que cree que sí.
—Universo, tráeme abundancia —recita ella con voz de serie dramática—. Que fluya hacia mí, que llegue sin miedo y sin límite.
Ya estoy de pie, el lomo erizado. No por el ritual en sí, sino por la puerta que se abre cuando ella habla así.
Una puerta que no cualquiera ve y que no debería tocar.
La vela negra parpadea, el aire se mueve y un escalofrío me recorre.
Maúllo en advertencia, la última, pero ella sonríe como si le hubiera dicho “ánimo, tú puedes”.
—Gracias, Salem. Tu apoyo siempre me inspira.
Mi apoyo, si supiera.
Me acerco a las velas, listo para apagarlas de un zarpazo en cuanto sienta que la energía cambia.
Soy un gato, sí. Pero soy mucho más que eso y mi misión es clara desde el primer día que puse una pata en esta casa:
No permitir que Noreen invoque algo que no debería.
Ni fantasma.
Ni demonio.
Ni espíritu aburrido.
Ni entidad traviesa.
Ni nada que pueda arruinar su vida por accidente.
Y considerando quién es ella, eso significa evitar accidentes todos los días.
—Salem —dice, aún con los ojos cerrados—. A veces creo que tú me cuidas.
Oh, humana. No tienes idea.
Cuando Noreen termina su interpretación artística de ritual, suspira con satisfacción tal vez cree que acaba de cerrar trato directo con el universo.
—Listo. Abundancia garantizada —dice, orgullosa.
Ah, la ignorancia brilla más que las velas encendidas.
Se levanta, se sacude la falda.
—Voy por agua, Salem. No toques nada.
Esa última indicación claramente significa: Toca todo. Sálvame de mí misma.
Apenas la puerta se cierra, me acerco a las velas con la urgencia de un héroe no reconocido.
La vela negra primero, esa siempre va directo al apagado con un zarpazo y queda muerta. La dorada la sigo porque nunca se sabe qué tontería energética dejó abierta.
Estoy por apagar la verde cuando escucho el clic de la puerta del departamento se abre.
—¡Oye, hechicitos! ¡Traje helado! —anuncia una voz masculina, alegre, cansada y cubierta del aroma inconfundible de cables, luces de escenario y sudor humano.
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Editado: 17.02.2026