Es viernes y eso significa una sola cosa: Pizza.
Pizza grasosa, deliciosa, llena de olor a queso, pero lo más importante, mi humana y su pelirrojo siempre salen juntos a buscarla.
Eso significa otra cosa más, la bolsa del mandado.
Escucho el sonido sagrado incluso desde mis sueños más profundos el ruido de las bolsas plásticas al estirarse.
Mis ojos se abren, mis orejas se levantan y mi alma regresa a mi cuerpo.
Ese es mi llamado.
Me levanto, todavía medio dormido, y salto desde el sillón con la elegancia que me caracteriza, camino directo hacia ella y ahí está la bolsa, vacía, abierta y esperándome.
Mi lugar, mi trono y mi templo personal.
Me lanzo dentro sin pensarlo, aplastando un recibo y unas servilletas, parecía que son mis enemigos.
—¡Salem! —Noreen ríe mientras intenta sacar la billetera del fondo— ¡Aguanta! ¡Necesito usar la bolsa!
No, no la necesita. La necesito yo, este es el contrato, la ley y el orden natural del universo.
Maúllo, acomodándome enroscado, apropiándome del espacio, siendo el dueño legítimo.
—Déjalo, hechicitos —dice Keyton desde la puerta, ajustándose la chaqueta—. Él vive para esa bolsa.
Exacto, humano, al fin dices palabras con sentido.
Pero entonces Noreen comete el peor error posible, me agarra de la pancita y me saca de mi santuario sagrado.
—¡Ven acá, señorito! —dice mientras me sostiene en el aire—. No te vas a meter en la bolsa hoy, porque vamos a llevarte con correa.
¿Con qué?
Abro los ojos, horrorizado y toma una correa rosada con un cascabel.
Un CAS-CA-BEL.
Maúllo en lenguaje que los dioses felinos usaban para maldecir a los humanos que no respetaban a sus guardianes.
Di otro maullido en advertencia, después grito en forma de protesta, pero ella sonríe.
—Ay, Salem, ya. Te ves precioso con esto.
El insulto más grande.
Keyton intenta no reírse, pero su boca tiembla y lo traiciona.
—No lo va a usar —dice entre carcajadas—. Ya viste cómo se pone, parece que le estás poniendo una bomba.
Giro la cabeza lentamente hacia él con juicio. Así que él también se burla. Perfecto, lo anotaré en la lista, podré vengarme con sus plantas que atesora con el alma.
Noreen insiste, me pasa la correa por el cuello y ajusta el broche. El odioso cascabel suena y me congelo, porque estoy humillado.
—¡Mira qué lindo! —grita ella, emocionada.
No soy lindo. Soy oscuro, misterioso y un felino ancestral lleno de sabiduría y poder que ahora sueno igual a una decoración navideña barata.
—Vamos, Salem —dice, levantándome en brazos—. Solo vamos abajo a la pizzería. No te va a pasar nada.
Maúllo fuerte, aunque ella lo interpreta a un quejido dramático.
—Va ¿Podemos pedir una pizza vegetariana a Salem? —bromea Keyton mientras baja las llaves del estante.
No, no quiero pizza vegetariana.
Quiero respeto y tal vez salmón fresco, pero principalmente respeto.
Lo miro de arriba abajo.
Keyton tiene esas dos líneas de metal incrustadas en el labio inferior y dice que son piercings. Lo pronuncia con orgullo. Como si eso lo acercara a lo salvaje, tal vez cree que ponerse eso en la boca lo convirtiera en una especie de felino urbano.
Por favor.
Tengo colmillos naturales, retráctiles y funcionales, por otra parte, él tiene metal decorativos.
A veces creo que intenta parecerse a mí. El cabello despeinado estratégicamente. La mirada intensa frente al espejo. Incluso la forma en que se estira por las mañanas, marcando territorio.
Pero no, humano.
Puedes perforarte el labio todo lo que quieras, pero nunca vas a ser un gato.
Mientras avanzamos hacia la puerta, me pienso seriamente mis opciones:
—Listo —dice abriendo la puerta— ¡Pizza time!
Dejo caer mi cabeza hacia atrás y maúllo como si estuviera protagonizando una escena trágica.
Ella ríe, Keyton también, por lo que pienso que esta humillación va a manchar mi reputación en el barrio.
Mi humana abre la puerta del departamento con una emoción que debería reservarse para eventos importantes, tipo ganarse la lotería o descubrir que el alquiler bajó, pero no. Ella está emocionada porque cree que voy a caminar con la correa.
Pobre ilusa.
Bajamos por el pasillo y ya estoy arrastrando el cuerpo en la alfombra para que aprenda quien es el que lleva las riendas en esta relación
—Vamos, Salem, camina —suplica, dando un tirón suave.
No camino, me derrito,soy líquido y me transformo en una serpiente derrotada por la vida.
Keyton se dobla de la risa.
—Parece fideo.
Anoto eso también en mi lista. Dos ofensas en menos de cinco minutos, debería de dormir con un ojo abierto.
Llegamos al elevador y la esclava sigue intentando persuadirme. Ella debe de hacer lo que digo, no al revés.
—No es tan difícil, Salem. Solo da pasitos.
Doy un pasito, sí. Uno y después me dejo caer de lado dramáticamente mientras la correa hace un ruido.
La puerta del elevador se abre, entra una señora con una bolsa más bonita que la mía, por lo que la miro con tristeza y ella con compasión.
—Ay, pobrecito no le gusta la correa, ¿verdad? —pregunta con un mohín en la boca.
No, señora de buen gusto en bolsas. No me gusta. Denúncielos por maltrato estético, por favor.
—Es que no quiere caminar —se excusa mi humana, tirando suavemente de mí.
Me hago el muerto o casi, pues mis ojos están abiertos, así que es más parecido a la muerte consciente y rencorosa.
La señora suelta una risita traviesa para luego ofenderme.
—Ay, qué cosita.
Perfecto, me están destruyendo emocionalmente.
Cuando el elevador llega al lobby, Noreen suelta un suspiro derrotado.
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Editado: 17.02.2026