El gato de la mala (buena) suerte

Cuatro

Entramos al departamento y Keyton, igual a un ser humano funcional, deja las llaves en el bowl de la entrada y saca sus apuntes de su habitación que siempre cierra, porque se asegura de que no entre, que le da miedo que vaya a destruir sus plantas.

—De acuerdo —suspira—, repasemos las preguntas más comunes de las entrevistas.

¡Bien! ¡Por fin alguien es sensato en esta casa! Pero, claro, mi humana no puede simplemente seguir ese plan.

No.

Noreen va directo a la cocina, parecía que alguien le hubiera dicho que ahí escondieron un tesoro ancestral.

Abre la alacena, mete la cabeza dentro y saca frascos:

—Canela, vainilla, sal, miel ¡Lavanda! Ay, no tenía tanta. Bueno, igual sirve.

¿Para qué sirve? ¿Para suicidar tus oportunidades laborales?

Keyton la ve y suspira.

—Noreen. La entrevista es mañana. Tal vez deberías, no sé, enfocarte en eso.

Aunque ella ya va rumbo a su cuarto por velas, ignorando por completo a Keyton.

Velas para un baño mágico mientras tiene una entrevista importante. Excelente manejo de prioridades.

Bufo fuerte y dramático, como debe ser.

Sigo a Noreen, igual que si fuera un guardia de seguridad frustrado. Cuando regresa a la cocina con las velas, ya tengo un plan maestro.

Ella abre un cajón, pero lo cierra.

Noreen vuelve a intentarlo, pero lo cierra.

—¡Salem! —se queja— ¿Qué haces?

Lo que tú no, humana: salvar tu futuro.

Maúllo sin parar, señalando a Keyton con la cabeza, literal. Vuelvo la mirada hacia él, después a ella y otra vez a él.

¡Es obvio lo que intento decir!

El chico se ríe.

—Creo que te está diciendo algo. —Me apuntó con el dedo índice el grosero.

Pero, sí.

Le estoy diciendo que deje la magia, pusiera a practicar o el universo se va a reír de ella.

Pero ella, por supuesto, lo interpreta todo lo contrario.

—Ay, Salem quiere ayudarme con el ritual —asegura sonriente.

¿Qué?
Maúllo aún más fuerte, tratando de negarme. Camino hacia Keyton, le doy un cabezazo en la pierna para que haga lo lógico. Regreso con Noreen y la empujo con la pata.

Maúllo otra vez, pero no me quiere escuchar. Keyton parpadea, confundido.

—¿Será que quiere que ensayemos contigo?

¡Muy bien, pecoso! ¡Un punto para ti!

Pero Noreen ya está colocando todo en la mesa.

—No, no. —Niega con la cabeza—. Él está emocionado por el ritual. Siempre lo está. Es un gato muy espiritual.

Soy espiritual, sí, pero espiritualmente cansado de sus decisiones, humana.

Ella enciende una vela, aunque la apago con la cola. Vuelve a encender la otra, pero la interrumpo y cada vez que lo intenta, salvo a este mundo.

Me siento detrás, pero me doy impulso.

Y las apago de nuevo.

Keyton ya se está riendo a carcajadas.

—Creo que se está enojando contigo —informa.

Ni Colón tardó tanto en descubrir América.

Noreen cruza los brazos.

—Salem, si no me dejas hacer mi ritual no voy a tener abundancia.

Ah, claro, porque practicar la entrevista y dormir ocho horas no funcionaría. Obvio no. Mejor llamar energías elementales con miel de la alacena.

Sí, suspiro con cansancio.

Me subo al mueble y me siento encima del frasco de canela. Es territorio felino ahora, propiedad privada y no la puede evitar.

Noreen intenta agarrarlo, pero la golpeo con la pata. Ella abre la boca, indignada.

—¡Salem!

De nada.

Keyton se pone de pie, toma los apuntes.

—Vamos a practicar. Ya, ven acá.

Ajá, eso. Eso es lo que quería.

Maúllo victorioso.

Camino con la cola en alto, pues soy el dueño del departamento. Me siento frente a los dos para que no trataran de engañarme.

Noreen bufa pero se sienta en el sofá.

—Está bien —se resigna—. Práctico, pero sólo un rato. Luego sí hago mi ritual.

Caigo sentado de golpe ¿Por qué es así?

Keyton sonríe, ignorándola.

—Pregunta número uno: “Háblame un poco sobre ti y tu experiencia”.

Noreen respira, se endereza. Parece seria, concentrada.

—Bueno —Frota las manos—. Soy diseñadora gráfica.

¡Maúllo fuerte! ¡Lo está haciendo bien!

Ella me lanza una mirada asesina.

—Salem, por favor.

Es apoyo emocional, mujer. Agradece.

Keyton ríe y sigue.

Mientras practican, me acomodo entre ellos, igual que un amuleto viviente que protege del caos mágico, porque alguien tiene que hacerlo.

Soy un gato responsable y un héroe no reconocido y si no los vigilo, Noreen va a terminar invocando pobreza, frustración, o peor:

Un espíritu con mala vibra que pida sacrificios de atún y eso sí que no lo permitiré.

Los humanos siguen con las preguntas de entrevista, cada vez más metidos en su propio mundo y emocional mientras que me siento en el respaldo del sofá, igual a un espía profesional con pelo suave. Ni siquiera sé cuánto tiempo ha pasado desde que iniciaron, pero muy a lo lejos los escucho.

—De acuerdo, última pregunta —dice Keyton, bostezando— “¿Por qué deberíamos contratarte?”

Noreen piensa un momento, con el ceño fruncido.

—Porque… —murmura, alargando cada letra—. Soy buena, trabajo mucho, y quiero demostrar que puedo hacerlo.

Su voz se quiebra un poquito. No lo suficiente para llorar, pero sí para hacer que Keyton la vea con esos ojos verdes gigantes, sorprendido.

—Oye —dice él, despacio—. Tú puedes. En serio. Eres genial. Sólo tienes que creértelo.

Ella baja la mirada.

Por favor. Esto es tan humano, inevitable y cursi.

Noreen apoya la cabeza en el respaldo del sofá, todo el cansancio del día le caía encima de golpe. Keyton mueve un cojín y se lo pone detrás.

—Así —afirma, sonriendo—. Para que no te duela el cuello mañana.

Ah, ya empezamos. Pequitas en modo cuidador, pues lo he visto antes, he sufrido y lo he olido

Ella sonríe, apenas, ahí está la vibra rara.

No es una tensión romántica como en las películas. Es más suave, parecido a cuando te rascan detrás de la oreja sin avisar.




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