Despierto porque vibra. No es un ratón, no es un fantasma, aunque con Noreen nunca estoy seguro. Es su celular. La humana suelta un gemido y estira la mano a ciegas hasta dar con el aparato. Se frota la cara, lo mira y su expresión pasa de adormilada a horror cinematográfico.
—¡Salem! —me grita con voz temblorosa.
No, no y no. Cada vez que dice mi nombre así, algo malo viene, baño, medicina, o alguna ridícula prenda. Me incorporo con dignidad felina, pero por dentro estoy rezando a un dios.
—Hoy es tu limpieza dental —informa ella igual a una sentencia de muerte.
Ah, perfecto. Genial. Maravilloso. Díganme si los dioses del caos no tienen un fetiche especial conmigo.
Abro los ojos con lentitud, tratando de comunicarle telepáticamente que no es un buen día, que mis colmillos están perfectamente limpios, que puedo sonreír si quiere comprobarlo. Ella no entiende nada y me toma en brazos.
—No me mires así, Salem. Es por tu bien.
Claro, es lo mismo a cuando me dice que el baño es necesario o que la pasta de dientes sabor pollo no sabe tan mal. No le creo nada.
Mientras planeo mi escape, Noreen ya está caminando hacia la cocina, despeinada, ojerosa, con la ropa del día anterior. De verdad intenta verse seria, pero parece un huevo quemado.
La veo acercarse a la alacena, pero no sé si es para el cereal o para la canela.
Maúllo, firme, autoritario, marcando mi postura, ya que no pienso permitir un ritual de abundancia a las siete de la mañana con mi boca en peligro, aunque no tengo tiempo de pelear porque Keyton aparece desde el pasillo, ya vestido, oliendo a jabón, café y responsabilidad.
Qué molesto, pero útil.
—¿Qué pasa? —pregunta, viendo a Noreen congelada frente a la alacena sin saber qué hacer.
Ella suspira.
—Hoy es la limpieza dental de Salem y quería terminar mi retrato para clase y bueno, no me va a dar tiempo.
Keyton, sin dudar, se acerca y me rasca la cabeza.
—Puedo llevarlo yo —ofrece con una sonrisa que probablemente derrite a las humanas.
Aunque solo lo tolero porque rasca bien.
—¿En serio? —Noreen abre los ojos, aliviada.
—Claro. Tengo que salir, paso cerca de la veterinaria. Es fácil.
A ver, humano de mandíbula marcada y moto ruidosa, fácil para ti, para mí no.
Keyton saca la mochila rosa de Noreen del mueble de mis cosas. Ella siempre viste de negro hasta su labial y la cosa que se pone en los ojos, ¿por qué todas mis cosas son rosas? No tiene ningún sentido para mí.
La mochila tiene una ventana y es mi cárcel portátil.
—Vamos, campeón —me dice mientras me mira con cuidado.
No quiero ir, pero Keyton es sorprendentemente hábil en esto y antes de que pueda activar mi modo ninja, ya estoy asegurado como un prisionero de lujo.
—Pórtate bien —ordena Noreen, dándome un beso en la cabeza.
Claro, porque eso cambiará mi destino.
Keyton se pone la mochila, se pone el casco y abre la puerta.
—Nos vemos en un rato —le dice a Noreen.
—¡Espera! —grita ella desde la cocina.
Keyton se detiene, igual que yo, porque sospecho lo peor.
—¿Vas a desayunar? —pregunta él, con esa media sonrisa peligrosa.
Ella se ruboriza.
—¡Cereal! ¡Obvio! ¡Necesito energía! —se justifica.
Ya estoy secuestrado en la mochila, así que solo puedo maullar fuerte para advertirle.
—Tranquilo, Salem —murmura ella, poniendo una cucharada de cereal en el tazón—. Todo va a ir bien con el veterinario.
No le creo nada, pero Keyton ya ha salido del departamento y va a encender la motocicleta y el motor retumba. Mientras arranca, siento el vehículo vibrar y me muevo con ella.
Voy en una prisión transparente rumbo al dentista, así de bajo he caído.
Pero supongo que hay algo bueno, al menos Noreen no hará magia, porque tiene tarea y una entrevista. Por ahora.
La moto acelera, maúllo indignado, Keyton se ríe y pienso que soy víctima del destino, prisionero de una mochila, rumbo a que me pulan los colmillos.
La moto se detiene frente al edificio más temido de toda la ciudad, la veterinaria y ese lugar huele a tres cosas: miedo, desinfectante y traición.
Keyton apaga la moto y se quita el casco en lo que sigo dentro de mi jaula mirando alrededor con el pánico de un soldado que ya sabe que no regresará igual.
—Tranquilo, Salem.
Cree que sus palabras tuvieran poder mágico, no las tienen. Créeme, lo he comprobado.
Keyton me carga, entra al lugar y el sonido de perritos ladrando me recibe en una bienvenida del infierno. Un chihuahua me gruñe, sentí que quería devorarme.
Idiota, podría aplastarlo con un estornudo si no estuviera atrapado aquí adentro.
Nos acercamos al mostrador. La recepcionista levanta la vista y sonríe.
—¿Limpieza dental para Salem?
—Sí —responde Keyton, ajustando la correa de la mochila.
Suelto un maullido grave, lento, profundo en una advertencia. Quizás se traduce a que, si me deja aquí, humano, va a lamentarlo.
Él solo me mira y sonríe.
—Vas a estar bien, pequeño.
Pequeño ¿Quiere ver pequeño, humano hermoso y tonto?
Voy a arrancarle todas las plantas de su cuarto una por una en cuanto dejes la puerta abierta. Especialmente esa que riega con tanto amor.
Quiero ver tu cara de tragedia cuando encuentres las hojas regadas por el piso, pues ese será mi arte.
La asistente se acerca y abre la mochila.
—Hola, guapo —saluda, creyendo que caería en su trampa.
La miro con mis ojos más fríos, pues no me engaña.
Intento quedarme pegado a la mochila, resisto, me vuelvo aire y un espíritu, pero no. Me agarran y me levantan.
Soy derrotado.
Keyton me acaricia la cabeza rápido, diciéndome adiós.
—Nos vemos en un rato, Salem. Pórtate bien, ¿sí?
Doy un maullido cargado de significado que no me voy a portar bien. Voy a gritar, a hacer un drama y marcar territorio en su casco si fuera necesario.
#721 en Fantasía
#439 en Personajes sobrenaturales
fantasmas demonios y hechiceros, fantasa magia viajes brujas, fantasmas demonios romance
Editado: 19.03.2026