No pegué un ojo en toda la noche. Ni uno, ni medio. Ni ese parpadeo sospechoso que uno finge para ver si el mundo explota mientras duerme.
Nada.
Porque mientras vigilo la entrada del cuarto como un guardián, la perezosa de Noreen ronca y parecía que estuviera compitiendo en un campeonato nacional. Un sonido largo, irregular, profundamente ofensivo. En algún punto parece que se ahoga. Luego se acomoda y sigue.
Viva, tranquila y muy inconsciente de que ayer invocó un fantasma.
Paso horas sentado frente a la puerta, con la cola rígida y los ojos bien abiertos. Mi plan es simple: si no lo miro, tal vez no existe. Si no existe, se va. Si se va, yo puedo dormir. Es lógica básica, felina y superior.
La noche avanza y nada pasa. Ni sombras raras, risitas burlonas o presencias flotantes.
Empiezo a creer que tal vez exageré y quizá fue el atún viejo o el trauma de la anestesia. Tal vez los humanos sí tienen razón y solo soy un gato dramático con imaginación. Pero, solo esta vez les voy a dar el beneficio de la duda.
El sol empieza a colarse por la ventana, lento y tibio. El departamento se llena de ese olor a mañana y malas decisiones.
Pero estamos bien y sobrevivimos.
Decido ir al baño. Una visita rápida, estratégica y con dignidad.
Pero, al caminar por la sala, lo veo. Sentado en el sillón con las piernas cruzadas como si pagara renta.
—Buenos días —saluda, levantando la mano con toda la tranquilidad del mundo— ¿Dormiste bien?
Me quedo inmóvil y mi cerebro felino se divide en tres pensamientos simultáneos:
El fantasma es molesto. No flota de forma terrorífica, no gime, no sangra por los ojos y tampoco atraviesa paredes dramáticamente. Está ahí, sólido en su propiedad, apoyado contra el respaldo, observándome como si yo fuera el raro.
—Tú puedes verme, ¿verdad? —pregunta, sonriente.
Lo miro fijamente.
No porque quiera, sino que si no lo hago, siento que va a empezar a hablarme de sus hobbies.
—Ah —dice—. Genial, siempre me han gustado los gatos. Son más educados que los humanos.
Doy dos pasos hacia atrás con mi cola se eriza y no bufo porque no quiero darle ese gusto.
—Relájate —añade—. No soy malo. Travieso, quizá. Pero malo, no.
Ajá, eso también dijo Thanos antes de matar a medio mundo.
—Me llamo Isaac —continúa—. Y, honestamente, estaba bastante aburrido antes de que la humana me llamara.
Me tenso aún más.
¿Llamarlo? ¿Así como así? ¿Con velas mal combinadas y una cortina quemada? ¿A poco existe una línea directa?
—Dile gracias de mi parte —dice Isaac, señalando con la cabeza hacia el cuarto—. Tenía años sin que alguien hiciera algo tan caóticamente entusiasta. Ella quería buena suerte para su trabajo, para la entrevista.
La miro dormir desde la puerta del cuarto. Está hecha bolita, abrazando una almohada, con la boca entreabierta, parece inofensiva, tierna y absolutamente incapaz de sobrevivir a una invasión espiritual sin supervisión.
—No tenía intención de quedarme tanto —agrega Isaac—. Pero despertaste y he pensado: oh, mira qué lugar tan acogedor. Y luego escuché que alguien roncaba como un demonio y me dio curiosidad.
Aprieto los dientes.
Esto no puede estar pasando, pues solo quería una mañana tranquila con atún, sol y varias siestas.
—Tranquilo —dice, levantándose del sillón y estirándose como si tuviera músculos—. No voy a poseer a nadie. Ni romper cosas. Bueno, tal vez mover una que otra, pero con estilo.
Se inclina hacia mí.
—Además —susurra—, ella tiene buena energía, es desordenada, emocional, un poco triste, pero buena.
Mis bigotes tiemblan, eso no me gusta.
—Y tú —continúa—, tú eres interesante. No todos los gatos se toman su trabajo tan en serio.
No es un trabajo. Es una misión.
Isaac vuelve a sentarse, cruzando los brazos.
—Así que, supongo que seremos compañeros de casa por un tiempo.
Compañeros de casa.
Miro la puerta, luego a Noreen y regreso al fantasma.
Exhalo lentamente.
Me siento frente a él, decidido, está bien. Si este tal Isaac piensa quedarse, va a aprender que este departamento tiene reglas y soy el gato de la buena suerte.
Poco después Keyton sale de su habitación arrastrando los pies, con la mirada perdida de alguien que aún no recuerda su nombre completo. Pasa frente a mí sin saludar, el grosero y entra al baño.
La puerta se cierra.
Isaac se acerca un poco más cerca del pasillo, curioso, estaba viendo su programa matutino favorito.
—Este humano —susurra—. Tiene cara de buena persona y que duerme poco.
Desde el baño llegan ruidos de agua, un bostezo exagerado y un golpe seco contra algo que claramente era el codo de Keyton contra el lavabo.
Bien, l día empieza fuerte y todo porque no me ha saludado.
Minutos después, Keyton sale, se frota la cara y va directo al fregadero. Se lava las manos con esa concentración que tienen los humanos cuando todavía no están completamente vivos. Luego abre el refrigerador y empieza a sacar huevo, pan y sartén.
Isaac se sienta en la barra de la cocina, atravesándola a medias y parecía lo más normal del mundo, observándolo con diversión.
—Me gusta este —dice—. Tiene energía de me voy a preocupar por todos, aunque nadie me lo pida.
Estoy muy arisco y con la cola moviéndose de un lado a otro igual a un metrónomo del desastre, por lo que Keyton se da cuenta, claro.
—Eh, Salem —dice, agachándose un poco—. Oye, siento lo de ayer.
Levanto una oreja.
—Sé que odias al veterinario —continúa—, pero era justo. Tus dientes lo necesitaban.
Mis dientes estaban perfectos ayer.
—Te traje atún después —añade, en tono conciliador—. Eso debería contar como perdón parcial.
Isaac se inclina y, sin ningún respeto por las leyes del universo, me acaricia la oreja izquierda. Mi oreja buena.
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Editado: 19.03.2026