La lluvia golpeaba suavemente los cristales de la vieja casa.
En el salón, el fuego de la chimenea iluminaba las paredes cubiertas de libros, frascos y extraños instrumentos de cobre.
Sentado frente a una mesa, Elias observaba una pequeña botella de cristal.
Dentro había un líquido dorado.
—Una gota más... —murmuró.
Tomó unas pinzas y dejó caer una pequeña esfera de cristal en el recipiente.
El líquido comenzó a burbujear.
Detrás de él, sobre un enorme cojín verde, un gato negro abrió lentamente los ojos.
Salem levantó la cabeza.
Sus ojos verdes reflejaron el fuego.
—No lo hagas.
Elias se quedó inmóvil.
La botella cayó de sus manos.
El cristal golpeó la mesa, pero no llegó a romperse.
El hombre giró lentamente.
Salem estaba sentado sobre el cojín.
—¿Qué dijiste?
El gato parpadeó.
—Que no lo hagas.
Elias retrocedió.
—No... No puede ser.
Salem se levantó y caminó tranquilamente hasta la mesa.
—Después de tantos años, sigues siendo igual de dramático.
Elias se llevó una mano al pecho.
—¡Tú... tú hablas!
—Desde hace mucho tiempo.
—¡Nunca habías hablado!
—Nunca me habías preguntado.
El alquimista permaneció en silencio.
Salem saltó sobre la mesa y se sentó frente a él.
La piedra verde que llevaba alrededor del cuello comenzó a emitir una tenue luz.
Elias la reconoció inmediatamente.
—El jade...
—Sí.
—Pensé que era una simple piedra protectora.
—Eso es lo que quería que pensaras.
Elias miró al gato con incredulidad.
—¿Quién eres?
Salem bajó la mirada.
Por primera vez parecía triste.
—Soy el último guardián de la Casa de Alquimia.
El fuego de la chimenea crepitó.
—Hace trescientos años —continuó Salem—, mi maestro creó una fórmula capaz de detener el envejecimiento.
Elias sintió un escalofrío.
—La piedra filosofal...
—No exactamente.
Salem se acercó a la botella dorada.
—La piedra filosofal podía transformar los metales y prolongar la vida. Pero mi maestro buscó algo diferente.
—¿Qué?
—Quería devolver la vida a alguien.
Elias frunció el ceño.
—¿A quién?
Salem lo miró directamente.
—A su hija.
El alquimista guardó silencio.
—Ella murió durante una epidemia —continuó el gato—. Mi maestro se negó a aceptar su muerte. Durante décadas buscó una manera de recuperarla.
—¿Lo consiguió?
Salem negó lentamente con la cabeza.
—No.
La luz del colgante se intensificó.
—La fórmula funcionó... pero necesitaba un ingrediente que ningún alquimista había conseguido encontrar.
—¿Cuál?
Salem respondió:
—Un recuerdo entregado voluntariamente.
Elias sintió que el corazón le pesaba.
—¿Un recuerdo?
—El más importante de tu vida.
El alquimista miró la botella.
Comprendió entonces por qué todos sus experimentos habían fracasado.
Había intentado crear la fórmula con minerales, hierbas, sangre y metales.
Pero le faltaba aquello que no podía comprarse ni fabricarse.
Un recuerdo.
—¿Y por qué me lo cuentas ahora?
Salem caminó hasta el borde de la mesa.
—Porque ya encontraste la fórmula.
Elias abrió los ojos.
—¿Esta?
—Sí.
El líquido dorado comenzó a brillar.
—Solo falta el último ingrediente.
—Mi recuerdo.
—Exactamente.
Elias observó el frasco durante varios minutos.
Podía sentir que estaba cerca de conseguir aquello que había perseguido durante toda su vida.
La inmortalidad.
El conocimiento absoluto.
La respuesta a todas sus preguntas.
Pero entonces recordó algo.
Su madre.
Recordó su voz.
Recordó las tardes junto a ella.
Recordó cómo, cuando era niño, le acariciaba el cabello mientras le contaba historias.
Recordó su último día.
Y comprendió.
Si entregaba ese recuerdo...
podría vivir para siempre.
Pero ya no recordaría a la persona que había hecho posible que él existiera.
—No puedo.
Salem inclinó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque si tengo que olvidar a mi madre para vivir eternamente... entonces no quiero la eternidad.
El gato sonrió.
Sí.
Sonrió.
Elias lo observó sorprendido.
—¿Qué?
—Finalmente lo entendiste.
La piedra de jade brilló con una intensidad cegadora.
La botella comenzó a elevarse.
El líquido dorado salió de ella como una pequeña esfera de luz y flotó frente a Elias.
—La verdadera fórmula nunca fue para crear inmortalidad —dijo Salem—. Era una prueba.
La luz entró en el colgante.
El jade se agrietó.
Y entonces algo increíble ocurrió.
La vieja casa comenzó a transformarse.
Los libros cerrados se abrieron.
Las plantas secas recuperaron sus hojas.
Las flores aparecieron en los rincones.
El fuego de la chimenea se volvió blanco.
Y sobre la mesa apareció un pequeño frasco.
Dentro había una sustancia dorada.
Elias lo tomó.
—¿Qué es?
—La verdadera piedra filosofal.
—¿Y qué hace?
Salem saltó al suelo.
—Nada.
Elias lo miró confundido.
—¿Nada?
—No convierte plomo en oro. No concede inmortalidad. No devuelve muertos a la vida.
El gato caminó hacia la chimenea.
—Pero puede enseñarte algo mucho más difícil.
—¿Qué?
Salem se volvió.
—A vivir.
Elias sonrió.
Por primera vez en muchos años, dejó de buscar la manera de vencer a la muerte.
Guardó la pequeña piedra en un cajón.
Y aquella noche no volvió a trabajar.
Se sentó frente a la chimenea con Salem sobre sus piernas.
Afuera seguía lloviendo.
—Salem.
—¿Sí?
—¿Seguirás conmigo?
El gato cerró los ojos.
—Mientras tengas historias que contarme.
Elias acarició suavemente su cabeza.
—Entonces tendrás que quedarte mucho tiempo.
Salem ronroneó.
—Eso estaba pensando.
Y mientras las llamas iluminaban la habitación, el alquimista comprendió finalmente el secreto que tantos siglos de estudios no habían podido enseñarle:
La vida no se vuelve eterna cuando dejamos de morir.
Se vuelve eterna cuando encontramos algo que vale la pena recordar.