El gato en el techo

El gato en el techo

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Era alrededor de la medianoche de un enero horrible para Tania. Había tenido que irse a vivir con su tía Susana y el tío Micky: los odiaba. Odiaba su casa, odiaba donde vivían, odiaba su habitación que daba a la calle, odiaba su cama, odiaba todo lo que tuviera que ver con su “nueva vida”. Lo único que quería era volver con sus padres, pero apenas unas semanas atrás, en plena navidad, habían tenido un accidente en carretera. Tania había resultado con unos cuantos golpes, pero sus padres no tuvieron tanta suerte. La escena sería descrita por algunos testigos como escalofriante. Ella no recuerda exactamente cómo pasó ya que estaba somnolienta en el momento. Sólo recuerda un fuerte estallido, seguido de ramas, rocas y vidrio volando por todos lados.

—Tranquila, todo estará bien— dijo su tía cuando la fue a recoger al hospital un día después del accidente. Pero Tania sabía que no era así, sabía que sus padres se habían ido, que no había forma de traerlos de vuelta. Ahora estaba completamente sola.

Los tíos no eran malas personas, ni mucho menos, al contrario, intentaban que Tania se sintiera acogida con ellos. Pero esa actitud tan positiva no le agradaba, no podía evitar estar a la defensiva: los sentía falsos. No hacían más que mentirle en la cara con ese “todo estará bien”. Desgraciadamente, no le quedaba más que aceptar toda esa sarta de mentiras.

Cada noche lloraba hasta quedarse dormida, tenía miedo por lo que le pudiera pasar sin sus padres presentes: no más beso de mamá al irse a dormir, no más risas con papá al ver caricaturas por la mañana, no más momentos en familia, no volvería a escuchar sus voces, ¿Qué pasaría si las olvidará con el tiempo? No podía con aquellas ideas. ¿Acaso era su culpa? ¿Había hecho algo que molestó a dios y por eso la había castigado llevándoselos?

Esa noche Tania despertó de repente por una serie de maullidos desesperados. Sus tíos tenían una gatita llamada Mozzarella; era una bella gatita naranja de cuatro años, se había vuelto la mejor amiga de Tania rápidamente y cada día la buscaba para dormir en su regazo o en sus pies, le ronroneaba en el pecho, se restregaba contra ella al caminar, simplemente Mozzarella amaba a Tania y viceversa. Era la única que la hacía sentir segura, acompañada, la única a la que sentía real. Es por eso que al escuchar aquellos maullidos tan desesperados se despertó de golpe. Miró su ventana abierta, la calle estaba desierta, las demás estaban totalmente a oscuras. Algunas veces la gatita se queda largo rato mirando por la ventana, vigilante, expectante del mundo exterior, incluso sale a dar rondines por el techo, siempre siendo la ventana su punto de salida y llegada. Por ello la ventana siempre se queda abierta.

Vio dentro de la habitación pero no había rastro de Mozzarella por ningún lado. Esa noche estaba sola, sus tíos habían ido a visitar a un amigo en la ciudad, le dijeron que volverían pasada la medianoche, le pidieron a la niña que los acompañara pero Tania prefirió quedarse con Mozzarella.

La casa era algo vieja, antes le pertenecía a sus abuelos, que al fallecer se la heredaron a la tía Susana, no era precisamente grande pero tampoco era pequeña; al frente de la casa estaban todas las habitaciones, en el piso inferior la sala, comedor y cocina, el segundo piso tenía una gran área común que conectaba con la sala por medio de unas escalera de madera, de igual forma el área común daba a las diferentes habitaciones, la de Tania era la primera puerta a la derecha. Aquella área tenía una salida al patio trasero, un largo pasillo, que terminaba con unas escaleras que bajaban al patio, pero también con otras que subían al techo: un lugar que sólo era el área de lavado, con un calentador solar y tinacos.

Ya se ha mencionado que en la parte de atrás de la casa había un patio, un gran patio al aire libre que durante el día era hermoso: tenía pasto verde que desprendía un olor agradable, fresco, como si el aire al pasar por el patio se limpiará de cualquier contaminante. Se encontraba bardeado por muros de alrededor de tres metros de alto de ladrillo rojo brillante, los cuales hacían sentir al patio acogedor, íntimo, un lugar perfecto para jugar. Pero, durante la noche, se volvía un hoyo negro que podía absorber cualquier luz o cosas que se le atravesara. Se volvía amenazante, era como ver un vacío y sentir que este te devolvía la mirada.

Tania no se animaba a levantarse de la cama, pero los maullidos persistían, sólo que ahora no era un maullido sino que eran dos, uno siendo más grave y amenazante que el otro, seguido de bufidos rasposos, continuaron por alrededor de un minuto hasta que finalmente escuchó golpes y gritos en el techo. Temiendo que Mozzarella estuviera en peligro, finalmente se levantó de un salto, tomó su teléfono a modo de linterna y fue encendiendo todas las luces en su camino hasta estar frente a aquel pasillo: el exterior era totalmente oscuro. Tenía miedo, pues siempre le había temido a la oscuridad, siempre sentía que algo habitaba en ella, algo que esperaba un momento de distracción para llevársela, para devorarla.

Aun con el cuerpo tembloroso, se envalentonó y salió con paso firme.

— ¡Mozzarella!— gritó esperando que bajara corriendo, pero en su lugar le respondieron unos gruñidos aterradores. Llegó al extremo del pasillo donde había otro apagador, lo encendió logrando iluminar parte del patio y de la escalera superior.

— ¡Mozzarella, ven!— pero nuevamente sólo escuchó bufidos y maullidos que bien podrían ser el llanto de un bebé. Tania se sobresaltó. Se encontraba frente a la escalera que llevaba al techo, el aire era frío, no había luna en el cielo ni nubes, al igual que no había ningún otro ruido que no fueran aquellos maullidos espantosos.




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