"—Esta muy cerca de ti Adeline— escuchaba esa misma voz femenina que ya me era familiar.
Una vez más intentaba ver su rostro, pero lo único que observaba era una enorme mancha blanca y borrosa."
—Otra vez esa voz— murmuro suspirando y estiro mi mano para intentar apagar el despetador.
¿Qué significaba ese sueño?
Ya estaba comenzando a dejar de darle importancia porque era un sueño recurrente y sin mucho sentido.
Ese molesto ruido de la alarma no dejaba de sonar desde hace unos minutos ¿Es que acaso no merecía dormir diez minutos más?
Suelto un largo bostezo mientras intento sentarme en la cama y despegarme de las cálidas sábanas.
¡Demonios!
Es tan difícil tener que levantarse tan temprano después de una gran fiesta como la de anoche y sí, sé que debí de hacerle caso a mi conciencia y no haber aceptado esa salida a mis compañeros.
¿Quién sale de fiesta un lunes? Nadie, absolutamente nadie.
Solo una persona consciente de que su jefe la odia y que jamás le perdonaría llegar tarde a su trabajo, mucho menos estar distraída por la cruel resaca. Exacto, si buscas a alguien tan estricto, puntual y literalmente casado con su trabajo, ese es mi adorado y tierno jefe. Ademas, debo agregar que creo que ahora mismo es una de las personas que más me odia en el mundo.
¿Podría ser más afortunada? Mi jefe me odia.
Desde el día que llegué me dejo muy en claro el hecho de que no me quería aquí y desde entonces no ha habido un solo momento en el que no me lo recuerde.
Todos lo adoran, pero yo no comparto ese mismo cariño, porque el maldito es como un jodido grano en el trasero, nunca para de molestar.
—Señorita Miller, tenga un lindo día— saluda mi amable vecino.
El anciano se acercó y me entrega una hermosa rosa amarilla de su jardín.
—Espero que tenga razón, Don Guille— le respondo con una sonrisa aceptando la hermosa rosa.
Parece confundido y ladea la cabeza mirándome con cierta preocupación.
—¿Sigue teniendo problemas con su jefe?— pregunta con una leve inquietud en su tono.
Enconjo los hombres —Es que no le agrado— respondo negando con la cabeza y trato de sonreír para no preocuparlo.
Hace tiempo había aceptado que posiblemente nunca le agradaría y que solo lo vería sonreír el día que finalmente lograra echarme del lugar.
—Pero eso es imposible— comenta y niega con su cabeza —Todos la adoran— asegura frunciendo el seño y me sonríe.
—Todos menos él— le respondo resignada mientras le acomodo su corbata.
—Entonces hace muy mal— añade con seriedad y noto su descontento.
Alcé mis hombros —Da igual, eso no perjudica mi desempeño en el trabajo y es lo que me importa— suelto desinteresada.
Su rostro se relaja y me permite tomarlo del brazo para cruzar la calle rumbo a su casa.
—Esta bien— pronuncia con tono resignado cuando nos detenemos en el umbral de su casa y me da un cálido beso en la mejilla antes de entrar.
Don Guille, es como un abuelo más para mi y también es el ser más amable que he conocido, él fue la primera persona que me hizo sentir cómoda desde mi llegada a este país, ya que al principio me desanimada y un poco deprimida al estar tan lejos de casa. Pero él me hizo compañía y poco a poco fui sintiéndome cómoda.
Caminé hacia la acera donde me esperaba mi motocicleta, me puse el casco, arranqué y salí rumbo al trabajo, cruzando los dedos para que no fuera un mal día.
El camino hacia mi trabajo era poco largo, ya que en realidad quedaba a las afueras de la ciudad y el trayecto duraba aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos a mi ritmo.
Tomé la avenida principal como de costumbre hacia el centro de la cuidad y luego di ese giro rutinario tomando el pequeño atajo por esa carretera que se encuentra un poco desolada, aunque en realidad casi siempre se pueden apreciar muchos animales por el lugar. Debo añadir que la vista es realmente hermosa y podría arriesgarme a decir que hasta mágica.
En ocasiones me detengo a apreciar lo hermosa que es la naturaleza e intento olvidar todo el caos.
—Miller M121— anuncié al interruptor esperando una respuesta o que las enormes puertas frente a mi se abran permitiéndome ingresar al sitio.
La luz verde del interruptor se enciende y las puertas comienzan a abrirse dándome paso.
Ingreso como de costumbre saludando a los compañeros que me encuentro por el camino mientras conduzco en dirección al estacionamiento. Cuando llego al segundo piso estaciono mi motocicleta en mi lugar asignado y me quito el casco asegurándome de no tener el pelo tan alborotado.
El casco y mi pelo viven en una constante lucha, ambos se odiaban mutuamente.
Camino por el enorme estacionamiento que tiene al menos tres plantas hacía abajo, en este lugar se encuentran todo tipo de autos desde clásicos, modernos, deportivos, convertibles, híbridos y de lujo.
Me detengo justo frente a uno en especial el hermoso buggati negro W16 mistral el auto de mi jefe y pienso ¿que pasaría si le hago unos pequeños cambios?
—No estarás pensando en sabotearlo para que él tenga un accidente— comenta una persona a mi espalda.
Se acerca a mi mientras ríe divertido y no hace falta que me giré para reconocer de quién se trata.
—No, aunque debo aceptar que esa es una estupenda idea— respondo riendo y dándole una palmada en el brazo.
Saludo con un abrazo como de costumbre al atractivo rubio a mi lado y le alboroto su cabello porque no puedo permitir que se vea mejor que yo.
—Debo de confesar que cuando observo como te trata pienso en hacerlo— pronuncia en tono serio mientras caminamos.
Posiblemente sea uno de los pocos que en realidad saben como es mi adorado jefe, ya que para el resto es como un santo y es que nadie tiene una carrera tan impecable como la suya. Esa es una de las razones por las que jamás tomaría acciones en su contra.