Vera eligió el café.
No porque obedeciera al libro.
Se repitió aquello mientras bajaba en el ascensor.
Elegía el café porque era un espacio público, iluminado y lleno de personas. Si alguien estaba detrás de la broma, resultaba preferible enfrentarse a él entre camareros y clientes que recibirlo sola en el apartamento.
Eso era racionalidad.
No obediencia.
Aunque, cuando las puertas del ascensor se abrieron, el libro estaba dentro de su bolso.
Vera no recordaba haber decidido llevárselo.
La lluvia continuaba.
Había disminuido hasta convertirse en una cortina delicada, casi estética, suspendida bajo las farolas.
Vera la detestó por eso.
En cualquier otro momento le habría parecido agradable.
Ahora parecía escenografía.
Caminó dos calles.
El Café Mirador ocupaba una esquina de ventanales altos y lámparas ámbar. Vera había pasado cientos de veces delante sin entrar.
Aquella noche había música de piano.
Por supuesto.
También había velas.
Por supuesto.
Y en la mesa del fondo, junto al cristal cubierto de lluvia, había un hombre solo.
Vera se detuvo antes de cruzar la puerta.
No era extraordinariamente atractivo.
Eso habría resultado demasiado evidente.
Era peor.
Tenía exactamente el tipo de rostro que una novela describiría sin exagerar: unos treinta y ocho años, cabello oscuro ligeramente mojado, barba corta, abrigo gris, manos largas alrededor de una taza.
Nada perfecto.
Todo cuidadosamente imperfecto.
Como si alguien hubiera comprendido que la perfección moderna necesitaba parecer accidental.
El hombre levantó la mirada.
La vio.
Y sonrió con tristeza.
Vera sintió algo.
No atracción.
Reconocimiento.
Una sensación breve y absurda de haberlo echado de menos.
Retrocedió.
El hombre se levantó.
No avanzó hacia ella.
Eso hizo que Vera desconfiara todavía más.
Entró.
Una camarera apareció de inmediato.
—Señorita Aldunate.
Vera la miró.
—¿Nos conocemos?
—Su mesa está preparada.
—¿Quién hizo la reserva?
La camarera miró hacia el hombre.
—Pensé que usted.
—¿Quién llamó?
La joven dudó.
—No sabría decirle.
—¿Hombre? ¿Mujer?
—Creo que...
Su expresión cambió.
—No lo recuerdo.
Vera sintió un escalofrío.
—¿Hace cuánto?
—¿Perdón?
—La reserva.
La camarera pestañeó.
—Siempre ha estado reservada.
Vera no respondió.
Aquello no tenía sentido.
La camarera sonrió educadamente y se alejó.
El hombre seguía de pie.
—No deberías haber venido —dijo.
Vera se quedó inmóvil.
Era la frase.
No exactamente la del libro.
La escrita a mano decía No vayas.
Pero algo en el tono...
Algo.
—¿Cómo te llamas?
El hombre pareció sorprendido.
—Gael.
—Apellido.
—Orsini.
Vera abrió el bolso.
Sacó el libro.
Lo colocó sobre la mesa sin dejar de mirarlo.
—¿Gael Orsini?
—Sí.
Abrió el capítulo.
Buscó la página que había leído antes de salir.
El texto había cambiado.
Él la esperará junto a la ventana.
Se llamará Gael Orsini.
Vera levantó la vista.
—¿Conoces este libro?
Gael miró la cubierta.
Y perdió el color.
Fue la primera reacción auténtica que Vera vio en él.
—Ciérralo.
—¿Qué?
—Vera, cierra el libro.
Ella sintió un vacío en el estómago.
—No te he dicho mi nombre.
Gael miró alrededor.
La música seguía sonando.
La camarera colocaba copas detrás de la barra.
Una pareja reía a tres mesas de distancia.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
—Tienes que cerrarlo ahora.
—¿Quién eres?
—No aquí.
—¿Quién eres?
—Alguien que cometió el error de leer demasiado.
Vera no se movió.
—¿Entraste en mi apartamento?
—No.
—¿Dejaste el libro?
—No.
—¿Cómo sabes lo que es?
Gael bajó la mirada hacia las páginas.
—Porque antes tenía otro título.
Vera sintió que el ruido del café desaparecía.
—¿Cuál?
Él tardó en responder.
—El género de mi salvación.
Una taza cayó en algún lugar.
El sonido se extendió por el local.
Nadie reaccionó.
Vera miró hacia la barra.
La camarera seguía limpiando un vaso.
No había taza rota en el suelo.
—Estás mintiendo.
—Sí.
La respuesta la sorprendió.
Gael volvió a sentarse.
—Pero no sobre eso.
—¿Sobre qué mientes?
—Depende del capítulo.
Vera cerró el libro.
La música se detuvo.
No terminó.
No descendió.
Simplemente desapareció.
Las conversaciones también.
Vera miró alrededor.
La gente seguía moviendo los labios.
No salía sonido de sus bocas.
Durante aproximadamente dos segundos, el café entero quedó reducido a una película muda.
Luego el ruido regresó de golpe.
Cubiertos.
Voces.
Lluvia.
Máquina de espresso.
Vera apretó los dedos contra la tapa.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Ellos?
—No.
—¿Qué ha sido?
Gael se inclinó hacia ella.
—Cuando lo cierras durante un capítulo activo, la historia pierde cohesión.
—Eso no significa nada.
—Todavía no.
—No existe un «capítulo activo». Esto es un libro.
—Entonces vete.
Vera lo miró.
—¿Qué?
—Vuelve a tu apartamento. Déjalo sobre la mesa. Haz como si nunca lo hubieras abierto.
Era exactamente lo que quería escuchar.
Por eso no le creyó.
—¿Qué pasará?
Gael sostuvo su mirada.
—Si es solo un libro, nada.
—Y si no lo es.
Él calló.
Vera abrió de nuevo la tapa.
Gael extendió la mano.
—No.
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thriller psicologico, misterio sobrenatural, realidad alterada
Editado: 02.10.2026