La comisaría olía a café recalentado, papel húmedo y cansancio.
Vera llevaba cuarenta y tres minutos sentada frente a una mesa metálica.
Lo sabía porque había contado cada minuto.
No había reloj en la pared.
Eso le molestaba más de lo razonable.
Los lugares sin reloj parecían diseñados para que el tiempo perteneciera a otra persona.
Tenía las manos libres, pero seguía sintiendo el peso de las esposas en las muñecas.
El libro descansaba dentro de una bolsa transparente de pruebas sobre una mesa lateral.
Nadie lo había abierto.
Eso era bueno.
O quizá no.
Vera todavía no sabía qué ocurría cuando el libro permanecía cerrado demasiado tiempo.
Gael sí.
Gael sabía demasiado.
Y estaba muerto.
O eso decía la policía.
La puerta se abrió.
Entró un inspector de unos cincuenta años, delgado, cabello gris y expresión cansada.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Vera Aldunate.
—Ya hemos superado esa parte.
Él se sentó.
—Inspector Salvat.
—¿Estoy detenida?
—Está siendo interrogada.
—Eso no responde.
—Todavía no.
Vera miró la carpeta.
—¿Gael Orsini está muerto?
El inspector no mostró sorpresa.
—¿Quién es Gael Orsini?
Vera se quedó quieta.
—La víctima.
—La víctima se llama Gabriel Orsini.
Algo se tensó en su pecho.
—No.
Salvat abrió la carpeta.
Sacó una fotografía.
La deslizó hacia ella.
Vera no quiso mirarla.
Lo hizo.
Era Gael.
El mismo rostro.
El mismo cabello.
La misma cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda que había visto bajo la luz del café.
Pero debajo de la fotografía aparecía un nombre.
GABRIEL ORSINI
Edad: 39.
Profesión: periodista.
Fecha de fallecimiento: tres días atrás.
Vera levantó la vista.
—Esto es falso.
—¿La fotografía?
—La fecha.
—Murió el lunes.
—Lo vi esta noche.
—No.
—Hablé con él.
—No.
—Estaba sentado delante de mí.
Salvat apoyó ambos brazos sobre la mesa.
—La cámara del Café Mirador muestra que usted estaba sola.
Vera sintió frío.
—No.
—Entró sola a las veinte treinta y uno.
—Había una camarera.
—Sí.
—Habló con nosotros.
—Con usted.
—Dijo que éramos una pareja.
—Dijo que usted parecía estar discutiendo con alguien.
—Porque estaba Gael.
—Gabriel.
—Se llamaba Gael.
Salvat no discutió.
Aquello fue peor.
Sacó otra fotografía.
La mesa del café.
La pistola.
El cuchillo.
El libro.
Una sola silla ocupada.
Vera.
Frente a ella, una silla vacía.
—¿Dónde está el resto de la gente? —preguntó.
—¿Qué gente?
—Había clientes.
Salvat ladeó la cabeza.
—El café estaba casi vacío.
—No.
—Dos empleados. Una pareja al fondo. Nadie más.
Vera miró la fotografía.
No había pareja.
—Falta gente.
—Señora Aldunate...
—No me llame señora.
Salvat suspiró.
—Vera. Las cámaras no muestran a ese hombre.
—Entonces las cámaras están mal.
—Hay cuatro.
—Las cuatro.
—¿Y la camarera?
—¿Qué pasa con ella?
—Dice que usted habló sola.
Vera dejó de respirar durante un instante.
—Quiero verla.
—No.
—Quiero hablar con ella.
—No está aquí.
—¿Dónde?
—En su casa.
—Entonces llámela.
—No.
—¿Por qué?
Salvat cerró la carpeta.
—Porque esto no funciona así.
—Nada está funcionando como debería.
El inspector la observó.
Ya no con cansancio.
Con atención.
—¿Conocía a Gabriel Orsini?
—No.
—¿Nunca lo había visto?
—Hasta esta noche, no.
—Entonces es curioso.
—¿Qué cosa?
Sacó una tercera fotografía.
Vera la miró.
Y sintió que la habitación se desplazaba unos centímetros.
Era ella.
Gael estaba a su lado.
Los dos caminaban por una calle.
La imagen parecía antigua.
No mucho.
Quizá dos años.
Vera llevaba un abrigo que reconocía.
Lo había perdido durante un viaje.
Gael sostenía un paraguas.
—¿Dónde sacaron esto?
—Del ordenador de la víctima.
—No puede ser.
—Hay más.
Salvat colocó otras fotos.
Vera y Gael en una librería.
Vera y Gael tomando café.
Vera dormida en un sofá con la cabeza apoyada en su hombro.
Otra.
Un beso.
Vera apartó la mirada.
—No.
—¿Está segura de que no lo conocía?
—Sí.
—Las fotografías dicen otra cosa.
—Las fotografías pueden falsificarse.
—Claro.
El tono de Salvat no era burlón.
Era peor.
Comprensivo.
Vera se inclinó hacia delante.
—¿Encontraron metadatos?
El inspector arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Fecha de creación, dispositivo, ubicación.
Salvat la miró unos segundos.
—Algunas tienen más de tres años.
—Eso no significa que fueran tomadas entonces.
—Lo sé.
Aquella respuesta la sorprendió.
—¿Por qué me lo dice?
—Porque usted trabaja editando libros, no imágenes. Y aun así es la primera pregunta correcta que ha hecho desde que llegó.
—¿Y las demás?
—Habla de un hombre muerto como si acabara de conocerlo. Describe un café diferente del que muestran las cámaras. Dice que un libro cambia la realidad.
Vera miró hacia la bolsa transparente.
—No he dicho eso.
Salvat siguió su mirada.
—Todavía.
Silencio.
Vera lo observó.
—¿Lo abrió?
—No.
—No lo abra.
El inspector sonrió apenas.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Excelente argumento.
—Inspector.
—Sí.
—No lo abra.
Esta vez algo en su voz debió convencerlo.
Salvat miró la bolsa.
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thriller psicologico, misterio sobrenatural, realidad alterada
Editado: 02.10.2026