El género de mi muerte

4. Nadie recuerda haber entrado

El apartamento estaba abierto.

Vera lo supo antes de bajar del ascensor.

La puerta principal quedaba frente al rellano y, desde varios metros, podía distinguir una línea negra entre la hoja y el marco.

Salvat alzó el arma.

—Detrás de mí.

—Es mi casa.

—Y hay un cadáver abajo.

—No dentro.

—Todavía.

Vera lo miró.

—Está aprendiendo rápido.

—No es el momento.

Dos agentes subieron por las escaleras.

Salvat hizo una señal.

Avanzaron.

La puerta no estaba forzada.

Eso era lo peor.

Vera había cerrado con dos vueltas.

Recordaba hacerlo.

El inspector empujó lentamente.

—Policía.

Silencio.

Entraron.

Vera se quedó en el umbral.

Todo parecía normal.

La taza de café seguía sobre la encimera.

Los sobres en la mesa.

El bolígrafo azul.

Pero el libro ya no estaba allí, claro.

Lo sostenía Salvat dentro de la bolsa.

—¿Algo fuera de lugar?

Vera observó.

—No.

Entonces vio la fotografía.

Sobre la mesa había una foto que antes no estaba.

Ella y Gael.

Otra vez.

Esta vez dentro de aquel mismo apartamento.

Él estaba sentado en el sofá.

Vera aparecía de pie detrás, riendo.

En el reverso había una fecha.

14 de noviembre de 2024.

Vera sostuvo la fotografía por los bordes.

—Nunca ocurrió.

Salvat se acercó.

—¿Reconoce el lugar?

—Es mi salón.

—Eso veo.

—Pero él nunca estuvo aquí.

Un agente apareció desde el pasillo.

—Habitaciones despejadas.

—¿Balcón?

—Vacío.

Salvat guardó el arma.

Vera seguía mirando la foto.

Algo le llamó la atención.

Detrás de Gael, sobre una estantería, había un libro.

Tela gris.

Título negro.

EL GÉNERO DE MI MUERTE

Vera giró la fotografía hacia Salvat.

—Mire.

Él palideció.

—¿Esa foto es de hace dos años?

—Eso dice.

—Pero el libro apareció hoy.

—Eso creía.

Un ruido llegó desde el dormitorio.

Todos se volvieron.

Un golpe.

Seco.

Después silencio.

Salvat levantó otra vez el arma.

—Ustedes dos, conmigo.

Vera avanzó detrás.

—Quédese.

—No.

—Vera.

—Si algo aquí depende de mí, quiero verlo antes de que ustedes lo conviertan en prueba.

Salvat no respondió.

Llegaron al dormitorio.

Vacío.

El armario estaba cerrado.

Otro golpe.

Desde dentro.

Uno de los agentes tomó el tirador.

Salvat negó.

Se acercó.

—Policía. Salga con las manos visibles.

Silencio.

Vera sintió un escalofrío.

El libro dentro de la bolsa se abrió.

Una página pasó.

Salvat lo vio.

—No.

Vera leyó desde lejos.

THRILLER

Debajo:

La puerta correcta no es la que parece peligrosa.

—No abra el armario —dijo.

Salvat la miró.

—¿Por qué?

—Porque quiere que miremos ahí.

Otro golpe dentro.

—También puede haber una persona.

—Precisamente.

Vera miró alrededor.

Dormitorio.

Ventana cerrada.

Baño.

Puerta abierta.

Espejo.

Mesita.

Nada.

Entonces vio algo extraño.

La puerta del pasillo.

Había otra.

Al fondo.

Una puerta que no pertenecía a su apartamento.

Oscura.

Estrecha.

Sin picaporte.

Vera dejó de respirar.

—Inspector.

Salvat siguió su mirada.

—¿Esa puerta estaba ahí?

—No.

Los dos agentes se volvieron.

Uno frunció el ceño.

—¿Qué puerta?

Vera sintió frío.

—Ésa.

El agente miró directamente hacia ella.

—Ahí no hay ninguna puerta.

Salvat lo observó.

—¿No la ve?

—¿Ver qué?

Vera y Salvat se miraron.

Él sí podía verla.

Eso significaba algo.

No sabía qué.

El golpe en el armario volvió a sonar.

Tres veces.

Salvat apuntó a la puerta nueva.

—¿Qué hacemos?

—No sé.

—Magnífico.

Vera abrió el libro.

La página tenía una línea nueva.

Cuando dos personajes ven lo que los demás no pueden ver, uno de ellos ya no pertenece a la realidad correcta.

Vera leyó dos veces.

Salvat también.

El inspector bajó lentamente el arma.

—¿Cuál de los dos?

Vera levantó la vista.

Antes de responder, alguien habló desde el interior del armario.

—Vera.

Era la voz de Gael.

Ella se quedó inmóvil.

—No abras la puerta nueva.

Salvat apuntó al armario.

—Identifíquese.

La voz rio suavemente.

—Él todavía cree que eso importa.

Vera se acercó.

—Gael.

—No.

—¿Eres tú?

—Depende.

—¿De qué?

—Del género.

El libro tembló entre sus manos.

Una página comenzó a pasar.

Vera la sujetó.

—No.

La hoja luchó contra sus dedos.

Salvat miró.

—¿Qué ocurre?

—Quiere cambiar.

—¿A qué?

La página se soltó.

Pasó.

Una palabra apareció lentamente.

HORROR

Las luces del apartamento se apagaron.

Los agentes maldijeron.

Uno encendió una linterna.

La puerta nueva seguía allí.

Ahora todos podían verla.

El agente más joven dio un paso atrás.

—Eso no estaba ahí.

Vera sintió que el aire cambiaba.

Más frío.

Más pesado.

Desde el armario llegó un sonido de uñas rozando madera.

La voz de Gael volvió a hablar.

Pero ya no sonaba exactamente como él.

—Vera.

Ella no respondió.

—Vera.

Salvat susurró:

—¿Por qué no contesta?

—Porque en horror no se responde cuando algo conoce tu nombre.

La voz golpeó desde dentro.

—Vera.

Más fuerte.

—Sé lo que hiciste.




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