El rugido del agua aproximándose por el fondo de la avenida se transformó en un silbido siseante y aterrador. La mezcla de lodo, escombros y agua de la presa rota avanzaba como una pared líquida por el cañón del Gran Desgarro. Abajo, en el asfalto licuado, Julián reaccionó con la rapidez que solo da la desesperación.
—¡Hay que subir por el terraplén ya! —bramó, empujando a Sandra hacia la pendiente de tierra y rocas donde Olivia y Rafa intentaban asegurar una cuerda de rescate desde las alturas.
Lucía y Juan Carlos se colocaron a los flancos, sirviendo de apoyo físico en una escalada agónica. El suelo del terraplén, compuesto por arcilla y grava suburbana, comenzó a deslizarse bajo el peso de sus botas. Cada paso hacia arriba implicaba retroceder medio metro en un lodo resbaladizo que amenazaba con arrastrarlos de vuelta al sumidero de la avenida baja.
Desde lo alto, Rafa tensó la soga técnica alrededor de un robusto poste de alta tensión que milagrosamente permanecía anclado en la roca madre. Olivia se asomó al borde, extendiendo la mano hacia Sandra.
—¡Agarrad la cuerda! ¡La riada va a golpear la base en menos de un minuto! —gritó la sismóloga, con los ojos fijos en la marea negra de lodo que ya devoraba los primeros vehículos abandonados a los pies de la colina.
La ruptura del subsuelo.
Justo cuando Julián lograba aferrar a Sandra para que Olivia la izara, una réplica sísmica de alta frecuencia vertical sacudió la colina con un impacto seco. El temblor no solo desprendió una porción del terraplén, sino que fracturó una de las arterias principales de distribución de gas natural de alta presión que corría paralela a la autopista superior.
El acero de la tubería se rasgó con un estallido sónico. Una fracción de segundo después, las chispas provocadas por los cables eléctricos colapsados encendieron el gas liberado, creando una cortina de fuego colosal que ascendió más de treinta metros hacia el cielo ocre. La radiación térmica del incendio fue tan intensa que calcinó instantáneamente la pintura de los coches cercanos y obligó al grupo a cubrirse el rostro para no sufrir quemaduras en las vías respiratorias.
—¡El fuego va a aislar la ruta norte! —advirtió Juan Carlos, trepando por la soga con la agilidad de sus años de servicio en emergencias—. ¡Si esa línea de gas sigue ardiendo, la presión hará estallar los tanques de almacenamiento del subsuelo!
Julián, haciendo un último esfuerzo sobrehumano, impulsó a Lucía y saltó hacia la cornisa de piedra sólida justo cuando la primera oleada de lodo y agua impactaba contra la base del terraplén, tragándose la soga y la mediana de hormigón que les habían servido de refugio minutos antes.
Los seis en la roca madre.
Por primera vez desde que la Tierra se quebró, los seis protagonistas se encontraban físicamente en el mismo punto, a salvo temporalmente sobre la plataforma de roca sólida del parque norte. Jadeando, cubiertos de barro grisáceo y con el reflejo anaranjado de las llamas bailando en sus rostros, se miraron en un silencio cargado de impacto psicológico.
—Gracias —alcanzó a decir Sandra, apoyando la espalda contra el poste de anclaje, mirando a Olivia y a Rafa.
—No hay tiempo para agradecimientos —respondió Olivia con firmeza, ayudando a Julián a ponerse en pie—. Soy Olivia, de sismología, y él es Rafa. Los datos satelitales confirman que el bloque del centro financiero se está hundiendo por completo. Toda esta colina va a convertirse en una isla rodeada por el desgarro tectónico si no cruzamos hacia la cordillera antes de que caiga la noche.
Julián miró hacia el frente, donde la cortina de fuego de la tubería de gas bloqueaba el único puente peatonal que conectaba con la ruta de escape de la montaña. La acción y el peligro se ramificaban a cada segundo: el agua abajo, el fuego al frente y la tierra hundiéndose a sus espaldas al más puro estilo de una superproducción.
Fin del Capítulo 5.
Editado: 23.06.2026