El crujido del granito al borde de la sima no dejó espacio para debates. Una réplica de asentamiento vertical sacudió el túnel fracturado, haciendo que una lluvia de rocas y cascotes se desprendiera del techo abovedado. El borde del precipicio donde se encontraban los seis protagonistas comenzó a desmoronarse, hundiéndose en la negrura del abismo sin fondo.
—¡El labio del túnel va a ceder! —bramó Julián, perdiendo el equilibrio mientras el hormigón bajo sus botas se resquebrajaba—. ¡Al tubo! ¡No hay otra opción!
Juan Carlos, tirando de su experiencia en situaciones límite, se deslizó el primero por el flanco izquierdo de la grieta geológica, utilizando los restos de un cable de alta tensión suelto como línea de descenso. En cuestión de segundos, los seis supervivientes se encontraron hacinados sobre la precaria y retorcida estructura metálica de la tubería de conducción. El conducto de acero de un metro de diámetro osciló violentamente bajo el peso combinado del grupo, emitiendo un agudo lamento metálico que hizo eco en el vacío.
—¡De uno en uno! —ordenó Julián, conteniendo el aliento mientras estabilizaba el cuerpo contra la pared de la falla—. Sandra, tú vas detrás de Juan Carlos. Gatead por el lomo del tubo. No miréis abajo y mantened el centro de gravedad lo más bajo posible. Si el metal empieza a balancearse, deteneos de inmediato.
La cuerda floja del mañana.
Sandra se deslizó con el corazón desbocado, aferrándose con las manos y las rodillas a la superficie rugosa y fría del acero. Debajo de ella, la linterna de Rafa revelaba un vacío absoluto que parecía succionar la luz. El calor residual del gas que ardía en la superficie lograba filtrarse por las fisuras de la piedra, saturando el ambiente del abismo con un olor azufrado y un vaho sofocante.
A mitad del trayecto, a unos veinte metros del labio seguro, la tubería dio un latigazo seco. Uno de los pernos de sujeción del extremo norte saltó con la fuerza de un proyectil, repicando contra las paredes de la sima.
—¡Alto! ¡Nadie se mueva! —gritó Rafa, deteniendo el paso de Olivia y Lucía, que cerraban la marcha.
El conducto se inclinó tres grados hacia el abismo, amenazando con rodar sobre su propio eje y lanzar a los supervivientes al vacío. Sandra cerró los ojos, clavando las uñas en las uniones de los remaches de la tubería. Julián, desde la retaguardia, calculó el vector de tensión con la mente en blanco: si la estructura cedía un perno más, el efecto palanca arrancaría el puente improvisado por completo.
—¡Juan Carlos, Sandra, ya estáis cerca del labio norte! —bramó Julián, con la voz quebrada—. ¡Dad el salto final hacia la plataforma de la vía antes de que el peso fatigue el último anclaje!
El salto al nuevo mundo.
Juan Carlos estiró el brazo y logró aferrarse al raíl de acero expuesto en la sección rota del túnel norte. Con un esfuerzo sobrehumano, se izó sobre la plataforma de hormigón firme y se giró de inmediato para sujetar a Sandra por las muñecas, tirando de ella hacia la seguridad de la galería.
Uno a uno, impulsados por la adrenalina pura, Lucía, Olivia y Rafa cruzaron los últimos metros críticos. Justo cuando Julián daba el último paso, la estructura de la tubería cedió de manera definitiva. Con un estruendo ensordecedor que rasgó el silencio subterráneo, el gigantesco cilindro de acero se desprendió de los anclajes del muro, precipitándose hacia el fondo del Gran Desgarro en una espiral de chispas y metal retorcido.
Julián quedó suspendido en el aire, agarrado únicamente por la mano firme de Juan Carlos y los brazos de Sandra, que tiraban de él hacia arriba con las últimas fuerzas que les quedaban. Con un gemido de puro esfuerzo, el ingeniero logró encumbrar el labio de la falla, cayendo de rodillas sobre la roca sólida del túnel norte. Estaban a salvo del precipicio. Los seis seguían con vida, pero el camino de regreso se había borrado para siempre.
Fin del Capítulo 8.
Editado: 23.06.2026