El Gran Desgarro..

Capítulo 9: El sumidero de la cordillera.

​El eco del colapso de la tubería hundiéndose en el vacío se extinguió en la negrura de la sima. Tumbados sobre el hormigón agrietado del túnel norte, los seis supervivientes intentaban recuperar el aliento en mitad de una atmósfera que cada vez se sentía más densa y cargada. Julián se incorporó con dificultad, limpiándose el sudor de la cara con el brazo y comprobando que su linterna seguía operativa.
​—El puente de servicio ha desaparecido —anunció Juan Carlos, mirando hacia el abismo que acababan de dejar atrás—. Ya no hay vuelta atrás. Solo queda una dirección.
​—Y tenemos que darnos prisa —advirtió Lucía, ajustándose el cinturón de paramédico—. La presión en el aire sigue aumentando de manera sutil. Si la estación de bombeo de la que habló Julián está cerca, sus conductos de ventilación son nuestra única oportunidad antes de que el oxígeno se vuelva tóxico.
​Olivia y Rafa lideraron la marcha utilizando el mapa digital sin conexión que aún resistía en la memoria local de su tableta. Tras avanzar unos ochocientos metros por la galería en penumbra, el túnel de trenes desembocó en una inmensa caverna de hormigón reforzado: la planta de bombeo profundo de la ladera norte. La estructura, diseñada para desalojar los acuíferos subterráneos de la cordillera, se presentaba ahora como un laberinto de turbinas colosales y tuberías de alta presión suspendidas en el techo.
​La trampa hidráulica.
​La tranquilidad del búnker mecánico se rompió cuando Sandra se detuvo, señalando con su linterna hacia el suelo de las rejillas de mantenimiento inferiores.
​—¡Julián, mira abajo! —exclamó con urgencia.
​Un líquido oscuro, denso y cargado de lodo comenzó a borbotear desde los pozos de succión de las turbinas. El agua de la presa rota en la superficie, filtrándose a través de las inmensas fisuras que el Gran Desgarro había esculpido en la montaña, había alcanzado los niveles freáticos más profundos. El complejo de bombeo se estaba transformando rápidamente en un sumidero gigante. El nivel del agua subía a razón de varios centímetros por minuto, inundando las salas de control y los paneles eléctricos inutilizados.
​—¡El agua está inundando el colector principal! —bramó Rafa, buscando con el haz de su linterna una vía de escape vertical—. Si el nivel llega a la bóveda del túnel, la presión hidráulica sellará la planta por completo. ¡No podremos salir!
​—¡Allí! ¡La escala de mantenimiento del eje de ventilación norte! —señaló Olivia, divisando una estructura metálica galvanizada que ascendía de forma vertical por la pared de granito de la caverna, perdiéndose en un pozo oscuro que apuntaba directamente hacia la superficie.
​La ascensión definitiva.
​El grupo corrió por las pasarelas metálicas suspendidas mientras el agua fangosa golpeaba ya los niveles intermedios, salpicando sus botas con fuerza. Juan Carlos y Julián ayudaron a Sandra y a Lucía a encaramarse a los primeros peldaños de la escala de acero. La subida era un reto físico extremo: los músculos protestaban por el cansancio acumulado de la jornada y el aire húmedo y caliente que ascendía desde el sumidero dificultaba cada bocanada de oxígeno.
​Rafa y Olivia cerraban la marcha, asegurando que nadie se quedara atrás mientras el rugido del agua turbulenta llenaba toda la caverna inferior como el eco de un monstruo atrapado. Cada paso hacia arriba los alejaba de la tumba hidrodinámica en la que se estaba convirtiendo la Línea 4, pero los aproximaba al gran misterio del exterior: ¿qué encontrarían al salir a la superficie después de que la Tierra se quebrara por completo?
​Un destello de luz natural, pálida y filtrada por una densa nube de polvo, comenzó a vislumbrarse en lo alto del pozo vertical. El clímax final de su viaje estaba a solo unos metros de distancia.
​Fin del Capítulo 9.



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En el texto hay: drama, catastofre, seísmos

Editado: 23.06.2026

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