Hace 12.000 años, en el lejano planeta de NIM, los Naru dirigían un vasto imperio galáctico compuesto por 317 galaxias. Planetas enteros brillaban con ciudades refulgentes llenas de vida; algunos sistemas solares se dedicaban por completo a la fabricación y la industria pesada, mientras otros se enfocaban en la producción de alimentos y minería. Una enorme red de poder los convertía en los moldeadores de estrellas. Para muchas especies, los Naru eran vistos como dioses.
Pero todo aquello cayó en debacle cuando la corona tomó conciencia del peligro de la sobrepoblación. Se establecieron estrictos controles de natalidad, alimentación y energía. Nadie, sin importar su clase social o clan, podía consumir más recursos de los permitidos.
Esta medida llenó de desprecio a los clanes más poderosos del imperio, cuyos terratenientes eran dueños de sistemas solares enteros. Furiosos, sobornaron y presionaron a miembros del senado y del alto mando que eran sus aliados, logrando independizar por la fuerza el 40 % del territorio galáctico. Las tropas separatistas, que ahora se hacían llamar el Segundo Reino, tomaron por asalto miles de sistemas y declararon la ley marcial. Reclamaban el derecho a recuperar su libertad y prosperidad.
El ahora llamado Segundo Reino intentaba elegir a un líder representante, protegido por un miembro desertor del alto mando: el gran general Femvir Ahrlen, antiguo protector de la región 123. Los Naru dividían su territorio en 317 regiones, una por cada galaxia.
Femvir era despiadado y temido incluso por los demás generales. El alto mando quería evitar una confrontación que reviviera fantasmas del pasado, pero sus negociadores no consiguieron nada. Mientras tanto, a sus espaldas, el emperador Anzaer Zor-en había llamado a otro gran general: el protector de la región 257, conocida como la Región Maldita por su extrema peligrosidad.
Frente a la órbita de NIM, un grupo de naves de guerra se aproximaba. En la superficie, en la bulliciosa ciudad central cercana al palacio, los miembros del senado recibieron la noticia con incredulidad y temor: había llegado el llamado Loco de la 257, el Destripador de Flotas, el Carnicero de Antara… el general Orwim Borel.
La nave de Orwim salió de una de las escotillas de la nave nodriza y descendió velozmente hasta aterrizar en el campo de aterrizaje. Vestía una imponente armadura de guerra naru y su rostro permanecía oculto tras un casco marcado con cicatrices de batalla.
—Creí que solo regresaría muerto a este lugar tan aburrido —murmuró Orwim mientras descendía de la nave.
Frente a él apareció un joven teniente, con el uniforme adornado de insignias que demostraban su valor.
—¿Tiene todo listo? Tengo que regresar rápido, Arfin —dijo Orwim.
Arfin recibió las armas y objetos que su superior le entregaba y negó con la cabeza.
—Creo que no podremos regresar tan rápido, señor.
—Lástima —gruñó Orwim quitándose el casco—. Tengo mucho que hacer como para perder mi tiempo con estos inútiles.
Al revelar su rostro, mostró una mirada fría y depredadora, como la de un león acechando a su presa. Era un hombre de mediana edad —entre treinta y cinco y cuarenta años si se comparara con un humano—, de cabello rizado y algo largo, como una corta melena.
—Vámonos. El emperador me espera —ordenó con voz firme—. Seré breve con los inútiles del senado y del alto mando.
Al llegar al enorme domo del senado, rodeado de edificios futuristas de tecnología avanzada, Orwim cambió su armadura de guerra por un uniforme más ligero. Los guardias abrieron las gigantescas puertas de varios metros de altura. Dentro, el salón parecía un gran teatro de varios pisos. Los senadores, vestidos con túnicas grises y celestes adornadas con medallas y emblemas, lo observaban con asombro y miedo. En la parte alta se encontraban miembros del alto mando, algo inusual en una sesión del senado.
Con pisadas firmes, Orwim bajó la escalera central y se subió al podio bajo la mirada silenciosa de todos. La líder del consejo de senadores, Merfena Xorx, lo increpó:
—¿Podemos saber qué hace tan lejos de su región, señor Carnicero de…?
—Vengo desde lejos para hacer lo que ustedes, inútiles, no pudieron evitar —la interrumpió Orwim con voz cortante, levantando la mirada hacia los miembros del alto mando.
Otros senadores alzaron la voz.
—¡Cómo se atreve a faltarle el respeto a la líder del senado! —exclamó el senador Enkir.
—Y ustedes, ¿cómo se atrevieron a permitir que mutilaran nuestro sagrado territorio? —replicó Orwim.
—Viene aquí sin avisar y entra sin pedir permiso —intervino el senador Noran—. ¡El alto mando debe saber de esto! Será reprendido.
—Algunos de ellos están aquí y no los veo quejarse —respondió Orwim, señalando con la mano a los militares en la galería superior—. Ustedes son solo uniformes bonitos con medallas de juguete. ¿No pudieron evitar que los separatistas se llevaran el 40 % de nuestro territorio?
—¿Qué querías que hiciéramos? ¿Dispararle a nuestros hermanos? —preguntó el senador Mungar.
—Mungar, tu clan es viejo como el polvo —dijo Orwim con desdén—. Sabes que solo unidos como un solo pueblo hemos sido y seremos fuertes. ¿Cómo te atreves a dejar que nuestra gente se dejara manipular por esos traidores que ya no son nuestros hermanos?
De entre los invitados del alto mando surgió como un espectro el general Dulkan, supremo líder militar.
—¿Para qué quieres hacer un escándalo aquí, Orwim? Yo no te autoricé a hacerlo —gruñó molesto.
—Pero sí permitiste que Femvir se llevara una tercera parte de nuestras tropas —replicó Orwim, volviéndose hacia los líderes militares.
Dulkan no se atrevió a contestar.
—Aquí no veo soldados ni guerreros dispuestos a defender su nación —continuó Orwim con voz fuerte y desafiante—. Solo veo niños asustados que no pueden ni defender la entrada de su propia casa. Si hubiera querido perder el tiempo, me habría quedado en mi nave viendo a mis soldados cagando.
Orwim se retiró del podio mientras el senado y los militares protestaban.
—¡Cómo te atreves! ¡Soy tu superior y exijo respeto al senado! —gritó Dulkan a lo lejos.
—Solo me inclino ante el emperador, cobarde inútil —respondió Orwim sin detenerse.
Nadie más se atrevió a reprocharle. Todos sabían quién era Orwim: el único naru capaz de hacer temblar incluso a Femvir.
NIM era un planeta mitad agua y mitad tierra firme, con tres grandes continentes: Holm al este, Fryst al oeste y, en medio, el continente Krym. En este último se alzaba el gran palacio imperial, una estructura moderna y fortificada, tan alta como una montaña. Sus paredes y torres brillaban en tonos púrpura, azul y dorado, los colores sagrados de su especie. Su cielo, de un hermoso tono púrpura celeste, parecía coronar aquella obra maestra.
Dentro del palacio, en el Salón de la Corona, Orwim y Arfin fueron recibidos por la guardia real, ataviada con armaduras gris claro y púrpura. El vocero real, Balen Narmu, salió a su encuentro.
—Mis estimados señores, su majestad los espera.
Los escoltaron hasta un salón apartado lleno de tesoros y lujos. En el centro había un trono de madera oscura con detalles en gris y celeste. De una habitación contigua surgió el emperador.
—Con ustedes, nuestro gran emperador, señor del Imperio de NIM: su majestad Anzaer Zor-en —anunció Narmu con una profunda reverencia.
Anzaer, algo más joven que Orwim, vestía un elegante traje en los colores de su especie. No llevaba corona, sino un brillante collar celeste con el emblema imperial. Una toga cubría su cintura y sus brazos, con un alto cuello que le llegaba hasta la mandíbula, siguiendo una antigua costumbre de su linaje.
Arfin se arrodilló de inmediato. Orwim dio unos pasos más y, a un metro del emperador, se inclinó profundamente.
—Vine tan rápido como pude, mi señor.
—Excelente —respondió Anzaer—. ¿Sabes por qué te hice venir?
—Sí, mi señor.
—Quiero recuperar nuestro territorio… y especialmente a nuestros ciudadanos. Sobre todo, quiero las cabezas de todos los que se atrevieron a traicionarnos.
—Las tendrá, mi señor —respondió Orwim con firmeza.