Mientras la batalla ardía en los planetas granja, en NIM, Orwim recibió la señal de alerta.
—Capitán Arkani, ¿qué ocurre? —preguntó.
Arkani, al mando de la nave insignia, respondió con urgencia:
—General, se reporta un ataque separatista en los planetas granja de la sección 128. Es territorio de la general Enera.
Orwim frunció el ceño.
—¿Por qué no responde Enera a los ataques? —Golpeó la pared con fuerza, visiblemente molesto.
Desde atrás, Arfin intervino mientras observaba un mapa holográfico de la flota:
—La flota principal de la general Enera se encuentra al otro lado de la galaxia. Parece que el Segundo Reino está interfiriendo las señales de auxilio.
—Basta —ordenó Orwim—. Arfin, que todas nuestras naves se preparen de inmediato. Rumbo a la sección 128, salto al hiperespacio.
—Sí, señor.
El desfile de soldados fue impecable. En todas las naves sonó la sirena de combate mientras los soldados se colocaban los trajes de batalla con precisión milimétrica. Desde la distancia, el espectáculo era imponente: las naves se alinearon en perfecta formación de pelotón y, con un destello cegador, activaron sus motores de salto espacial. El espacio se dobló a su alrededor y la flota desapareció a velocidades superiores a la luz.
En las oficinas del Alto Mando, el exgeneral Dulkan se enteró de la salida de Orwim sin autorización previa.
—Maldito insolente… —masculló con rabia.
Activó una serie de botones traslúcidos en su escritorio y frente a él surgió una pantalla holográfica de tecnología avanzada.
—Narmu, ¿te das cuenta de la insolencia de Borel? Está poniendo en peligro las conversaciones que el mediador del Alto Mando ha estado llevando.
El rostro translúcido del exgeneral Barak Narmu, segundo líder del Alto Mando y vocero del mismo apareció en la proyección.
—Tenemos que detener su locura. Ese carnicero solo empeorará la situación. Convocaré al resto para una sesión urgente. Le pondremos un alto a Borel.
Mientras tramaban su plan contra Orwim, la acción regresó a la sección 128.
Yullen detectó el salto espacial justo cuando las naves de Femvir seguían bombardeando los planetas granja.
—Señor, se acerca una flota… Es la del general Borel.
—Que venga —respondió Femvir, mirando desde el puente los devastadores bombardeos. Su voz intentaba transmitir seguridad, pero el miedo era evidente. Su plan fallido de provocar un ataque limitado había atraído al peor enemigo posible.
Como titanes emergiendo de la nada, las naves de Orwim aparecieron detrás del planeta, dejando tras de sí una brillante estela de energía.
Desde el puente de su nave insignia, Orwim observó la flota enemiga con mirada fría.
—Señor, ¿qué hacemos? Tienen devastadores, nosotros no —dijo Anfir.
—Los dejamos en casa porque los consideré innecesarios —respondió Orwim—. No importa. Capitán Arkani, libere las naves de asalto. Rodeen a los devastadores, son más lentos y tardan en apuntar. El resto de la flota y los cazas, ataque frontal.
De los costados de las naves capitales se desprendieron decenas de naves más pequeñas, cargadas de misiles de energía.
El intercambio de fuego comenzó. Las naves de ambos bandos se sacudían violentamente bajo el impacto de los disparos. En la superficie de los planetas, los pocos sobrevivientes observaban aterrorizados el espectáculo celestial.
En el puente enemigo, Yullen informó:
—Señor, la flota de los fieles a la Corona no trae devastadores.
—Idiota, ¿qué pretende con eso? —gruñó Femvir.
De vuelta en la nave de Orwim, el general dio la orden:
—Arkani, ahora.
—Listo, señor.
Las naves se dividieron en dos grupos y realizaron un salto hiperespacial extremadamente corto, lanzándose como misiles justo al lado de los devastadores enemigos.
—Señor, es muy arriesgado —advirtió Anfir, asustado—. La sacudida podría dañar las naves o podrían chocar contra el planeta.
—Resistirán —respondió Orwim con calma—. Además, Femvir ya dañó el planeta, ¿no? Que las fuerzas de reconstrucción se encarguen después.
Las naves de Orwim reaparecieron tan cerca de los devastadores que la gravedad de estos enormes acorazados casi las arrastraba.
—¡Disparen todo a los motores! —ordenó Arkani.
Antes de que los colosos pudieran girar sus cañones, una lluvia de misiles y disparos de energía impactó sus motores. Explosiones en cadena comenzaron a sacudir los gigantes.
—Señor, tenemos cuatro devastadores con motores dañados, incluso los de gravedad —reportó Yullen.
—Maldición… —susurró Femvir—. Sin motores de gravedad empezarán a atraerse y chocar entre sí… y contra las demás naves.
Cuando Femvir levantó la vista, la flota de Orwim avanzaba firme hacia ellos.
—General, hemos perdido varios escuadrones y tenemos muchas naves dañadas. ¿Qué hacemos, señor? ¿Señor?
Femvir no respondió. Miraba fijamente la nave insignia de Orwim, que se aproximaba directamente hacia la suya.
—¿Infeliz… no estarás pensando en chocar de frente conmigo, verdad? —murmuró aterrado.
Se abrió una comunicación entre ambas naves.
—¿Quieres que lo haga? —preguntó Orwim con voz firme y burlona.
Femvir palideció.
—¡Todos, den la vuelta inmediatamente! No perderemos más naves hoy.
Mientras la flota del Segundo Reino huía en desbandada, la voz de Orwim resonó por última vez, helando la sangre de Femvir:
—Cuando te atrape… desearás que tu madre nunca te hubiera parido.
Cuando las últimas naves separatistas escapaban, la flota de la general Enera finalmente llegó al sistema.
—Qué pasó aquí… —dijo Enera, sorprendida al ver el daño—. Mis técnicos detectaron interferencia en las comunicaciones y vinimos lo más rápido posible.
Orwim la miró con frialdad.
—Llegas muy tarde. Era tu responsabilidad defender este territorio. No dejes que yo tenga que hacerlo por ti.
Enera, conocida por su refinamiento y puntualidad como guardiana de la sección 128, se quedó sin palabras.
—Bien —continuó Orwim—. Tengo que atender a mis soldados heridos y a mis naves dañadas. Tú encárgate de los prisioneros y del informe para el Senado y el Alto Mando.
Como un conquistador tras la victoria, Orwim ordenó el regreso a NIM.