El Gran Imperio

PARTE 4. SED DE VENGANZA

En la superficie del planeta granja Rokan, Addak, el único sobreviviente de su familia, se encontraba de rodillas entre los escombros. A su alrededor, los soldados imperiales recogían a los heridos mientras contaban los muertos por millares. Las naves de auxilio descendían en oleadas, pero ya nada podía borrar lo que había ocurrido.
Addak contemplaba con ojos vacíos el polvo gris que cubría el suelo: los restos de lo que alguna vez fue su hogar y su familia. Su amigo Lugan se acercó y colocó una mano firme sobre su hombro.
— Tienes que ser fuerte, Addak —murmuró—. Sé fuerte por ellos.
— Los vengaré —respondió Addak con voz rota—. Primero encontraré al maldito culpable de esto… y acabaré con él.
Sus lágrimas cayeron sobre la tierra quemada, mezclándose con el polvo de sus seres queridos.
La destrucción era tan vasta que nadie en todo el territorio fiel a la Corona podía creerlo.
De vuelta en NIM, la reunión extraordinaria convocada por Narmu se había convertido en una burla. Habían pasado siete días y la flota de Orwim seguía sin aparecer. Los senadores y miembros del alto mando se preguntaban en voz baja: ¿dónde estaba? ¿Qué estaría tramando?
En su palacio, el Emperador Anzaer observaba en silencio los dos soles que se levantavan en el horizonte, tiñendo de púrpura el cielo de la capital.
Habían pasado algunos días más. En Rokan, Addak intentaba por segunda vez enlistarse en el ejército imperial. Una vez más, fue rechazado.
Un oficial lo sacó a empujones del cuartel.
— Vuelve a tu casa, muchacho. Termina tu duelo y piensa bien las cosas.
— ¡Mi familia murió por esos malditos! ¡Al menos déjenme vengarlos! —gritó Addak.
— No estamos reclutando por el momento —respondió el oficial con cansancio—. Vuelvan a sus hogares.
Lugan, que lo acompañaba, intentó intervenir:
— Addak, ya lo intentamos tres veces. Entiendo tu dolor, pero…
— ¡Tú no perdiste a tus padres ni a tu hermano menor! —lo interrumpió Addak, lleno de ira y dolor.
Con el corazón ardiendo de rabia y remordimiento, tomó una decisión.
— Ya sé qué hacer. En la capital… seguro me aceptan allí.
Lugan lo miró sorprendido.
— ¿Quieres ir a NIM?
— No tengo nada que perder —respondió Addak, caminando ya hacia la ciudad—. Vamos. Conseguiré un boleto en una nave de transporte.
Lugan lo siguió, resignado.
— De acuerdo… pero esta será la última vez que te acompañe. Mis padres se van a enfurecer cuando se enteren.
Mientras caminaban hacia la ciudad, el paisaje de Rokan se extendía a su alrededor: enormes granjas mecánicas flotaban sobre los campos. Eran esferas metálicas con múltiples brazos articulados que recolectaban frutos e hierbas con precisión quirúrgica. Nada que ver con las antiguas cosechadoras de la Tierra. Los árboles nativos, de ramas grisáceas y sin hojas, se alzaban como esqueletos silenciosos .
En NIM, la flota de Orwim finalmente apareció, estacionándose frente a una de las dos lunas del planeta capital. Mientras tanto, en los cuarteles del alto mando, lejos de los relucientes rascacielos, el consejo esperaba con impaciencia.
— Es increíble —gruñó Dulkan con sarcasmo—. Se atreve a llegar con varios días de retraso después de su “victoria”.
— ¿Qué será del pacto de no agresión que consiguió el mediador Ereshki? —preguntó Narmu.
En ese momento, un holograma translúcido apareció en el centro del salón: Orwim junto al Emperador Anzaer.
Todos los presentes se pusieron de pie e inclinaron la cabeza en señal de respeto.
— Su Majestad —dijo Dulkan—, estábamos a punto de levantar una sesión sobre el comportamiento del general Orwim.
— ¿Y cuál era exactamente el punto de esa sesión? —preguntó Anzaer con voz firme y autoritaria—. Sé sincero, Dulkan.
— ¿Cómo es posible que el general Borel tomara la decisión de atacar territorio de otro general sin previo aviso ni aprobación?
— ¿Acaso no es deber de mis generales defender su territorio y a sus civiles? —respondió el Emperador.
Narmu intervino con su habitual tono meloso:
— No solo eso. Durante estos días ha estado viajando cerca de las zonas del Borde Interior. Si planea nuevos ataques en territorio disputado, ¿no debilitará el pacto de no agresión? Estamos buscando la paz con los separatistas mientras recuperamos lo perdido.
— No se puede negociar paz con alguien que te ha disparado en las piernas —intervino Orwim con voz grave y poderosa.
— ¡Ni siquiera respetas a tus superiores! —estalló Dulkan—. Además, ¿dónde estuviste todos estos días?
Orwim sonrió con frialdad.
— Viajé a todos los sistemas cercanos a esta nueva frontera que los traidores han impuesto. Alerté a los generales de las galaxias colindantes. Estoy seguro de que Femvir planea una venganza. Además, interceptamos comunicaciones: ya tienen un líder y lo nombrarán en pocas horas. Por eso regresé hoy.
Narmu palideció.
— Imposible… El negociador nos prometió que no avanzarían más tras el acto de separación.
— Les mintió —respondió Orwim con total confianza—. Solo esperen unas horas y verán. Los dioses y los mismos traidores me darán la razón.
Cuatro horas después, la noticia se transmitió simultáneamente en todos los planetas.
En un mundo de hermosos palacios llamado Terzus frente a una multitud eufórica, los exsenadores Rolvin y Sarkan presentaban al nuevo líder:
— ¡Ciudadanos del Segundo Reino! —exclamó Rolvin—. Hoy damos el gran paso hacia una nación libre y soberana, lejos de la tiranía del Imperio. Hoy les presentamos a nuestro Gran Canciller… ¡Loran Artharis!
El refinado y elegante Loran Artharis levantó la mano ante el rugido de la multitud.
En el palacio imperial, el Emperador Anzaer se levantó furioso del trono.
— Dime que ya tienes algo planeado —exigió, mirando a Orwim.
— Ya está en marcha —respondió este con calma—. Supuse que la mayoría de sus flotas estarían rodeando la Galaxia 297, así que envié al resto de mi flota con Arfin y los generales que visité.
— ¿Qué harás? —preguntó Anzaer.
— Vengar a los que murieron en los planetas granja. Esta vez destruiremos todos sus recolectores de soles y les cortaremos los recursos.
Mientras la amenaza de una guerra civil se cernía sobre la raza Naru, miles de naves imperiales con el emblema de la Corona se dirigían hacia territorio enemigo.




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