La flota imperial de Orwim atravesó el espacio como un cuchillo afilado. Cientos de naves de guerra, con el emblema azul del Imperio brillando en sus blindajes, penetraron en territorio del Segundo Reino sin encontrar gran resistencia inicial.
Desde el puente de la nave insignia, Anfir observaba con mirada fría las gigantescas estructuras orbitales conocidas como Recolectores de Soles: enormes cilindros divididos en tres secciones que cubrían las estrellas, descomponiéndolas para alimentar la industria y la logística enemiga.
— Fuego —ordenó con voz calmada.
Una tras otra, las estaciones energéticas fueron destruidas en explosiones silenciosas de luz cegadora. No destruyeron las estrellas mismas, pero sí desestabilizaron sus coronas, reduciendo drásticamente la energía que llegaba a los planetas separatistas. Sistemas enteros quedaron sumidos en racionamientos severos y una oscuridad parcial. Algunas estrellas, tan dañadas, llegaron incluso a implosionar.
Anfir transmitió los reportes con precisión quirúrgica.
— General, hemos neutralizado cuarenta y cinco recolectores principales. Sus reservas energéticas caerán al menos un treinta y siete por ciento.
Orwim asintió sin apartar la vista de la pantalla holográfica.
— Bien. Que sientan el precio de la traición.
— Señor —continuó Anfir—, ¿siguiente fase?
Orwim sonrió con frialdad.
— Envía las naves de asedio.
Detrás de la flota imperial, enormes estructuras cilíndricas emergieron del hiperespacio. Eran colosales, lo suficientemente grandes como para posicionarse sobre los polos de los planetas cercanos a las estrellas atacadas. Emitían una onda de energía que envolvía la atmósfera, absorbiendo los gases respirables y bloqueando la entrada de la luz solar.
Los soldados del Segundo Reino sintieron cómo sus cuerpos se debilitaban. El aire se volvió pesado, irrespirable. La oscuridad los envolvió.
Anfir dio la orden. A lo largo de los sistemas solares atacados, las naves de desembarco descendieron lentamente hacia la superficie, dando tiempo suficiente a las naves de asedio para debilitar a las tropas traidoras. De ellas también surgieron transportes repletos de soldados imperiales listos para el asalto.
— Señor —informó Anfir—, las tropas traidoras se acercan. Además, he detectado una señal de auxilio del exgeneral Kirion en una de las lunas cercanas.
Orwim entrecerró los ojos.
— Ataquen rápido. Tomen toda la información posible de las bases enemigas. Yo voy para allá.
Orwim abordó una nave rápida que aún permanecía en NIM y puso rumbo a las coordenadas.
En la superficie de los planetas, los tiroteos estallaron. Las naves de asedio desactivaron sus ondas debilitadoras, y los soldados fieles a la corona ganaron ventaja sobre los separatistas exhaustos y desorientados. Los disparos de energía resonaban en decenas de mundos al mismo tiempo.
El ataque era casi un éxito absoluto.
Mientras tanto, el general Horma envió un mensaje urgente:
— Anfir, dile a Orwim que las flotas separatistas están llegando. Han comenzado a defender los recolectores que aún quedan en pie.
Desde su nave, mientras salía del hiperespacio sobre el planeta objetivo, Orwim respondió:
— Resistan. Si son más que ustedes, retírense. Ya hemos cumplido la mayoría de los objetivos.
El planeta era una roca fría y árida, sin mares, perfecta para una estación militar. Ahora se había convertido en la trampa final para el traidor Kirion.
Algunos soldados de la fortaleza se rindieron y entregaron sus armas. Orwim descendió y se reunió con Anfir en el interior.
— Señor, está dentro de una de las bodegas subterráneas —informó Anfir—. La mayoría de sus hombres ya se han rendido.
Orwim caminó por los pasillos metálicos hasta llegar frente a una gruesa compuerta.
— ¡Kirion! —gritó, golpeando la puerta con el puño—. ¡Da la cara, cobarde!
Una voz temblorosa respondió a través de un comunicador:
— No estoy loco, Borel. Sé quién eres y lo que me harías.
— ¿Qué te ofrecieron? —preguntó Orwim con rabia contenida—. ¿Riquezas? ¿Propiedades?
— Esto va más allá de eso —respondió Kirion—. Ya me cansé de vivir bajo reglas estúpidas. ¿Sabes lo que hará el Segundo Reino? Se expandirán. Conquistarán por la fuerza si es necesario. Lo importante es nuestra supervivencia como especie.
El rostro de Orwim solo mostraba desprecio.
— Abre la puerta. Al menos déjame matarte con honor.
— No, Borel. Si yo no vivo para ver una nación más grande más allá de las viejas fronteras… otros lo harán.
Kirion, un hombre robusto de piernas temblorosas, sacó una pequeña esfera negra de su bolsillo. Al apretarla, esta emitió destellos rojizos.
— Señor, activó una bomba —advirtió Anfir, observando el escáner.
La explosión sacudió toda la bodega, destrozando la compuerta.
Cuando Orwim y sus soldados entraron, solo encontraron pedazos del que alguna vez fue el general Kirion. Su sangre azul brillante manchaba ahora las botas de Orwim.
Orwim miró los restos con una sonrisa fría.
— De acuerdo… entonces los traidores prefieren morir. Bien. Les recordaré contra quién están peleando.
Mientras esto sucedía, en Terzus, la capital del Segundo Reino, el recién nombrado Canciller Artharis observaba horrorizado el macabro “regalo” que Orwim el Carnicero le había enviado.
Detrás de él, Femvir permanecía en silencio, con el rostro tenso. La imagen holográfica era clara y brutal: millones de cadáveres de soldados del Segundo Reino flotaban formando un anillo alrededor del planeta, convirtiéndolo en un gigantesco cementerio orbital.
— Ese monstruo… —murmuró Artharis con voz temblorosa—. ¿Esto es con lo que nos enfrentamos?
En ese momento, Yullen apareció en otra proyección, visiblemente agotado mientras intentaba coordinar la defensa.
— Señor, logramos proteger algunos recolectores, pero la mayoría a lo largo de la nueva frontera han sido destruidos o quedaron gravemente dañados.
Femvir apretó la mandíbula.
— Haz lo que sea necesario para detener su avance.
— Ya se retiraron —respondió Yullen—. Esto solo fue una advertencia.
— No me importa —replicó Femvir—. No dejes de vigilar todo el borde interior.
La comunicación se cortó. Artharis se giró hacia Femvir con furia contenida.
— Está fracasando en todo, General Alher. ¿Cómo puedo confiar en sus capacidades para proteger nuestra nueva nación?
Femvir lo miró con una mezcla de rabia y desprecio.
— ¿Y me lo dice usted, que no es más que un instrumento político?
Artharis se quedó sin palabras. Femvir dio un paso adelante, bajando la voz:
— Ya estoy pensando en cómo acabar con esto.