El Gran Imperio

PARTE 6. FALSA LUZ EN LA OSCURIDAD

En las profundidades del Palacio de la Cancillería de Terzus, el Canciller Artharis, Femvir y Yullen se reunían en una sala blindada. Terzus se había convertido en la pseudo-capital del Segundo Reino. La tensión en el aire era casi tangible.


—No podemos ganar una guerra abierta contra la Corona y sus Orwim —dijo Artharis, paseándose de un lado a otro—. Debemos cambiar de estrategia.
Femvir permanecía de pie, con los brazos cruzados y una mirada fría y calculadora.
—Estoy de acuerdo. Propongamos un diálogo directo de paz. Solicitaremos una cumbre en un planeta cercano a la frontera. Sugiero Vorath Prime.
Yullen frunció el ceño.


—¿Vorath Prime? Ese planeta está lo suficientemente cerca de nuestro territorio como para preparar una emboscada, pero lo bastante creíble para que acepten.
—Exacto —continuó Femvir—. Invitaremos al Emperador Anzaer y a los principales líderes imperiales, incluido ese malnacido de Orwim. Les haremos creer que estamos dispuestos a negociar un armisticio.
Yullen levantó una ceja.
—¿En cuánto tiempo puedes conseguir unas cuatro naves Qúnai?
—Ellos también forman parte del Consejo de las Treinta y Siete Razas —respondió Yullen, preocupado—. Involucrarlos solo empeoraría las cosas. Aún no nos reconocen como nación independiente.
—Es verdad —admitió Femvir—, pero dentro de sus ciudades flotantes podremos esconder un buen número de nuestras naves armadas.
Artharis lo miró con gravedad.
—Entonces piensas en una cumbre sin armas ni soldados.
—Exacto —dijo Femvir con una sonrisa fina—. Es la ocasión perfecta para terminar con esto. Según ellos, claro. Y estoy seguro de que Orwim aún quiere cortar mi cabeza.
Se señaló el cuello con un gesto burlón.
—¿Cómo convenceremos a los Qúnai? —preguntó Yullen.
—Les encanta negociar —respondió Femvir—. Les ofreceremos una buena cantidad de Volks. "Una coma ocho toneladas de la tierra".
Artharis parpadeó, confundido.
—¿De qué?
—¡Gadmio! —exclamó Femvir.
El rostro de Artharis se ensombreció.Esa extraña sustancia, ni metálica ni mineral, había sido la clave del ascenso de los Naru y de su propio poder tecnológico. Muy pocas razas sabían procesarla.
—No. Imposible. Todo viene de ahí: nuestros sistemas de armas, los escudos de energía, incluso la energía que mueve nuestras naves…
—Los recuperaremos —intervino Femvir con convicción—. La operación será simple y rápida. Sin un líder que las dirija, las flotas de la Corona no responderán a tiempo.
Yullen negó con la cabeza.
—Señor, los planetas mineros están en el centro de su territorio. Será difícil llegar hasta ellos.
—Será un riesgo necesario —respondió Femvir—. Imagina tener suficiente gadmio para negociar con otras razas a cambio de que apoyen nuestro reconocimiento como nación independiente.
Artharis los miró a ambos, serio.
—¿Están seguros de esto? Si fallamos, no solo perderemos cualquier posibilidad de paz… nos declararán una guerra total.
Femvir sonrió con frialdad.
—No fallaremos. Orwim querrá estar presente. Y si logramos eliminar al Emperador… el Imperio se desmoronará desde dentro.
Los tres sellaron el plan con un silencio cargado de ambición y desesperación.

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En el Palacio Imperial de NIM, capital del Imperio.
Orwim Borel se encontraba en una sala privada junto al Emperador Anzaer y varios generales leales. La propuesta de los separatistas acababa de llegar.


—Dicen que buscan “un diálogo sincero para evitar más derramamiento de sangre” —leyó Anzaer con tono escéptico—. Ofrecen Vorath Prime como sede de la cumbre.
Orwim soltó una risa baja y peligrosa.
—Es una trampa tan evidente que resulta insultante.
—Lo es —confirmó el Emperador—. Pero también es una oportunidad. Si rechazamos la cumbre, dirán que fuimos nosotros quienes impedimos la paz. Si vamos… podremos exponer su debilidad.
Orwim miró al Emperador con seriedad.
—Por eso usted no irá. En su lugar enviará a Anfir. Estoy seguro de que Femvir intentará matarlo, o al menos enviará a su lacayo Yullen.
Anzaer frunció el ceño.
—Si no voy, perderemos legitimidad ante las razas neutrales del Consejo.
—Yo me presentaré —intervino Prolt, el vocero imperial—. Si me ven, creerán que el Emperador está presente.
—Perfecto —asintió Orwim—. Entonces, según lo que solicitaron, irá una única nave desarmada.
—¿Y qué pasará conmigo? —preguntó Anzaer.
—La reunión será en once días. Le sugiero que continúe con sus actividades con total normalidad. El día señalado saldrá con una de nuestras flotas hacia uno de los planetas refugio en la Sección 14. Yo esperaré con la Flota de la Guardia Real en modo furtivo detrás de la estrella que orbita Vorath Prime. Estarán tan centrados en lo que tienen enfrente que no mirarán hacia otro lado.
Anzaer lo observó un momento y finalmente asintió.
—Muy bien. Confío en ti, Orwim.
Orwim hizo una reverencia profunda mientras el Emperador abandonaba la sala.
Lejos del bullicio político, en los cuarteles del Distrito Militar Este de NIM, Addak despertó sobresaltado en mitad de la noche, bañado en sudor frío. Otra pesadilla.
En su sueño volvía a ver las granjas en llamas, los cuerpos de su familia convertidos en cenizas entre los escombros y el rugido ensordecedor de las naves del Segundo Reino surcando el cielo. Se incorporó jadeando, con el corazón desbocado.
—Otra vez… —murmuró, pasándose las manos por el rostro.
Desde la litera superior, Lugan se asomó.
—¿Estás bien?
—Sí… solo fue una pesadilla —respondió Addak, aunque su voz aún temblaba.
El entrenamiento diurno era brutal. Las calles de NIM lo abrumaban: el ruido constante de los transportes, los hologramas publicitarios gigantes, el olor a metal caliente y comida procesada. Todo tan diferente a la calma que había conocido en las granjas.
Durante las prácticas de tiro falló varios disparos seguidos. El instructor se acercó con el ceño fruncido.
—Concéntrate, soldado. En el campo de batalla, un segundo de distracción te cuesta la vida.
—Lo siento, señor —murmuró Addak, apretando el rifle con fuerza.
Al terminar el día, mientras regresaban al cuartel, Lugan le puso una mano en el hombro.
—Sé que es difícil. Yo también extraño las granjas. Pero estamos aquí por una razón. Si queremos venganza, primero tenemos que convertirnos en verdaderos soldados.
Addak asintió. En su mente aún resonaban los gritos de su madre y el crepitar del fuego devorando su hogar.
—Gracias por nunca dejarme solo, hermano —dijo, abrazándolo con fuerza.
Lugan sonrió y le devolvió el abrazo.
—¿Y quién más te va a cuidar?
Aquella noche, mientras intentaba dormir, las pesadillas regresaron. Esta vez, entre las llamas, Addak vio el rostro de Loran Artharis observándolo desde una nave oscura.




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