El Gran Imperio

PARTE. 7 EL INICIO DEL CAOS

Han pasado los once días acordados. Las naves del Segundo Reino se encuentran ya en la frontera que divide a las dos facciones. Miles de flotas fieles a la corona rodean el límite entre las galaxias leales y las galaxias rebeldes. El único camino hacia Vorath Prime permanece abierto, reservado exclusivamente para las naves designadas a la reunión. Por seguridad, la mayoría de los civiles fueron evacuados del planeta. Vorath era una urbe colosal, con estructuras y ciudades que casi traspasaban las nubes, pero solo se mantuvieron los ciudadanos esenciales para operar las fábricas y las bases militares.


La primera en llegar fue la nave imperial. En su interior viajaba una comitiva encabezada por Orwim, Prolt y varios miembros del senado.
Minutos después arribó la nave del Segundo Reino. En ella venía Artharis, acompañado de Femvir, Yerrown y otros antiguos miembros del gobierno de NIM que habían desertado. El gran ausente era Yullen.
Orwim sonrió con frialdad al verlos aproximarse.
—Listo, ya vienen —murmuró.
Prolt lo miró de reojo.
—Creí que estarías con la flota oculta.
—¿Y perderme la diversión? —respondió Orwim—. Desde que me llamaron, solo tengo un objetivo: cortarle la cabeza a Femvir y llevarla de regreso a NIM.
Las dos naves se acoplaron mediante una plataforma de conexión que funcionaba como cámara y sala de reuniones.
Antes de bajar, Yerrown se acercó a Femvir y le habló en voz baja:
—Mis científicos ya encontraron planetas con especies que pueden ser alteradas dentro de nuestro territorio para crear bioarmas.
Femvir respondió con tono desconfiado y burlón:
—Espero que tus científicos locos sirvan de verdad esta vez.
Yerrown frunció el ceño, claramente molesto.
—El grupo Uldran Sarith es de élite. No lo decepcionarán. —Activó un holograma frente a ellos y mostró imágenes de cinco mundos junto con sus especies dominantes. Uno de ellos llamó especialmente su atención—. Este es Brill ( La tierra ) —dijo, señalando a un habitante de la edad de piedra—. Primitivos, pero prometedores.
Femvir observó la imagen con escepticismo.
—Está bien. Inicia la operación en cuanto salgamos de aquí.
Al avanzar por los estrechos pasillos de la plataforma, ambas comitivas se encontraron frente a frente en el salón de reuniones.
Orwim sonrió con crueldad.
—Vaya, señor Ahler… hasta que da la cara.
Femvir intentó mantener la compostura, aunque se notaba nervioso.
—Igual me da gusto verte desde nuestra pequeña reunión en los planetas granja.
Yerrown intervino, cortante:
—Señores, procedamos con la reunión.
Ambos grupos se sentaron en una larga mesa gris, uno frente al otro.
Artharis preguntó con tono serio:
—¿Y el emperador? ¿Acaso no vino con ustedes?
Orwim respondió con sorna:
—Saldrá después. Se siente un poco enfermo. Quizás sea el olor a basura que hay en el ambiente.
Femvir apretó los dientes.
—¿Cómo te atreves? Ten más respeto por el Canciller.
Orwim se reclinó en su asiento con desprecio.
—¿En serio? Artharis, tú no eres líder de nadie. La mayor muestra de respeto que podría darte sería escupir en tu patético rostro… pero sería desperdiciar saliva.
Artharis endureció la mirada.
—¿Está o no está Anzaer Zor-en en esta nave? ¡Responde!
Prolt intentó calmar los ánimos:
—Su majestad saldrá en un momento. Sugiero que iniciemos los diálogos mientras tanto.
Mientras tanto, en las naves de vigilancia cercanas…
—Capitán, tenemos una nave Qúnai pidiendo permiso para acercarse a una de las estaciones cercanas a Vorath. Dicen que tienen problemas en los motores.
—Tenemos una reunión de alto nivel en ese planeta —respondió el capitán, frunciendo el ceño.
—Señor, son miembros del Consejo de Razas. No podemos negarles ayuda humanitaria.
El capitán suspiró.
—Está bien. Que cambien de rumbo y vayan a las estaciones detrás de Vorath, pero que sea rápido.
Dentro de la nave Qúnai, la escena era muy distinta a la esperada. Un gran número de soldados naru con trajes oscuros y el emblema de dos círculos rojos entrelazados ocupaban la nave. Uno de ellos se quitó el casco, revelando el rostro de Yullen.
—Kal Kurul Ta-kar —dijo en idioma qúnai—. Muchas gracias.
Detrás de él, un grupo de qúnai —seres delgados de tres dedos en manos y pies, cabezas planas y alargadas, y ojos grisáceos— permanecían atados y vigilados.
Uno de los qúnai, aparentemente el comandante, suplicó con voz temblorosa:
—¿Por qué nos hacen esto? Solo somos comerciantes… no queremos entrar en su guerra.
Yullen lo miró con frialdad.


—Lo siento. Su ayuda involuntaria era necesaria.
No hubo negociación. Habían tomado la nave fácilmente; los qúnai eran una raza pacífica, con pocas armas y sin grandes guerreros.
Un soldado naru preguntó en voz baja:
—¿Esto no nos afectará frente al Consejo de Razas?
Yullen respondió sin mirarlo:
—Para eso nos disfrazamos como un grupo extremista a favor del Segundo Reino. Silencio.
—Pero señor…
—Cállate. Fue una orden directa del general Femvir. El Canciller nunca habría aprobado esto.
Mientras hablaba, Yullen envió un breve mensaje a Femvir a través de la pulsera en su muñeca derecha.
Femvir leyó el mensaje discretamente, bajando la mirada. Orwim se percató del gesto.
En ese momento, por las ventanas de la sala, vieron cómo una enorme ciudad flotante —una maquinaria colosal de más de cien kilómetros— se acercaba sospechosamente al planeta.
Prolt se puso de pie bruscamente.
—Dijeron que nadie entraría a este territorio.
Orwim entrecerró los ojos.
—¿Qué hicieron…?
De pronto, Femvir gritó:
—¡Ahora!
Varios soldados del Segundo Reino irrumpieron disparando. Orwim reaccionó con velocidad letal y abatió a los primeros atacantes. El resto de la comitiva imperial se puso a cubierto mientras soldados leales entraban al salón, desatando un intenso tiroteo.
Desde la nave qúnai, una docena de naves del Segundo Reino —disfrazadas de extremistas— emergieron y comenzaron a destruir las pocas naves de vigilancia que protegían Vorath. La alerta se extendió rápidamente a las flotas cercanas e incluso a NIM.
En una de las naves imperiales cercanas, Addak y Lugan realizaban tareas de limpieza como parte de su entrenamiento.
—¡Escucha las alarmas! —exclamó Lugan—. ¡Están atacando Vorath Prime! ¡Atacan a los enviados!
Addak levantó la cabeza con los ojos brillantes.
—El Canciller está en ese planeta… Los dioses escucharon mis plegarias.
—Espera, aún estamos en entrenamiento —advirtió Lugan.
Pero Addak ya corría por los pasillos.
—¡Vamos! ¡Tenemos que llegar a las estaciones de combate!
—¡Espera, tonto! —gritó Lugan, corriendo detrás de él.




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