Mientras las naves de ayuda se acercaban a Vorath Prime, las fuerzas lideradas por Yullen intentaron abrir fuego. Sin embargo, al estar tan cerca de la nave imperial, cualquier disparo pondría en grave peligro al Canciller.
— ¡No disparen! —ordenó Yullen—. Si una de esas naves explota, todos morirán.
Siguiendo sus instrucciones, las naves traidoras se posicionaron a los flancos de la nave imperial. Uno de los soldados rompió el casco con un láser de corte y Yullen, al frente de un grupo de élite, irrumpió en el interior. De inmediato fueron recibidos por una lluvia de disparos de energía provenientes de los soldados leales a la Corona.
Mientras tanto, Orwim guiaba al resto del personal hacia los refugios internos de la nave real y solicitaba con urgencia la llegada de la Flota de la Guardia Real, que permanecía oculta detrás del sol.
El caos en el espacio se intensificó cuando la Guardia Real emergió. Las flotas chocaron en una batalla brutal: naves se destruían mutuamente en explosiones de fuego y metal. Dos flotas separatistas aprovecharon la distracción para acercarse a Vorath Prime, mientras las fuerzas leales a la Corona aparecían desde detrás del planeta.
Era una batalla espacial a escala planetaria. Naves de ambos bandos se destrozaban sin piedad. De las que explotaban, cuerpos de soldados eran expulsados al vacío. Algunas explosiones cercanas sacudían violentamente las naves que permanecían enganchadas. Los soldados del Segundo Reino lograron abordar la nave real, pero encontraron la muerte a manos de Orwim y sus guerreros.
— ¿Esto es lo mejor que pueden darme? —gruñó Orwim.
Con un rifle de energía en una mano y una hoja larga y oscura en la otra —un arma casi de un metro, delgada como un dedo y capaz de cortar metal y carne con la misma facilidad—, Orwim se convirtió en una pesadilla. De un solo tajo podía partir a un hombre en dos, arrancar brazos o piernas.
Frente a él apareció Femvir, armado con un fusil pesado y un escudo de energía rectangular de color verde brillante que envolvía su brazo derecho.
Ambos entraron en un feroz tiroteo. Mientras tanto, disparos perdidos de las naves cercanas impactaban contra el casco de la nave imperial, sacudiéndola violentamente.
Con sigilo mortal, Yullen logró llegar hasta el camarote del Emperador. Derribó la puerta de una patada… y se encontró con una sorpresa.
— Hola —dijo una voz calmada—. ¿Esperabas a alguien?
Sentado en el trono imperial estaba Anfir.
— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó Yullen, desconcertado.
— El general Orwim previó que intentarías asesinar al Emperador. Me pidió ocupar su lugar… para cortarte el cuello.
Anfir se levantó con elegancia. De sus costados extrajo dos dagas cuyo filo brillaba como energía pura.
— Maldito… —masculló Yullen.
Abrió fuego con ambas armas, pero Anfir esquivó y desvió cada disparo con movimientos precisos de sus dagas.
— ¡Muere, bastardo! —rugió Yullen, lleno de rabia, mientras fallaba una y otra vez.
— Eres un asesino cualquiera —respondió Anfir con desprecio—. No un guerrero honorable.
Anfir demostró ser muy superior. Se acercó peligrosamente. Yullen, desesperado, intentó llevar la pelea al cuerpo a cuerpo. Logró sacar una daga y cortar el pecho de Anfir.
— Esa no será la única sangre que derrames hoy —escupió Yullen.
Pero Anfir era más ágil y experimentado. Esquivaba, contraatacaba y desgastaba a su rival. En un momento de distracción, cuando Yullen ya estaba agotado, Anfir hundió una de sus dagas directamente en su corazón.
Yullen soltó su arma. Con voz agonizante pronunció sus últimas palabras:
— Lamento… no llevarte conmigo…
Anfir lo sostuvo mientras el cuerpo de Yullen se desplomaba.
— Y yo lamento que hayas elegido el lado equivocado.
Dejó el cadáver en el suelo y observó con cansancio la sangre de ambos mezclada en su uniforme.
-------------------------- ---------------------------------- ----------------‐----------
En otra sección de la nave, Addak y Lugan corrían entre sacudidas y explosiones.
— ¡Aquí están! ¡Deprisa! —gritó Addak al llegar a un hangar con varios cazas espaciales.
— Lugan, tú sabes pilotar estas cosas. Recibiste las clases de vuelo.
— ¡Oye, oye! Solo fueron cuatro días… ¡No soy un experto todavía! —respondió Lugan, visiblemente nervioso.
— Vamos, ayúdame solo esta vez. Por eso vine hasta aquí… y por eso me has apoyado desde el principio.
Lugan suspiró.
— De acuerdo… Debo estar loco por seguirte.
Ambos subieron a una pequeña nave y salieron disparados, esquivando disparos de energía, explosiones y restos de naves destrozadas.
— ¡Mira! —exclamó Lugan—. El escáner detecta al Canciller en el puente de la nave separatista.
— Entonces vamos hacia allá.
La nave pasó casi desapercibida entre el caos de la batalla. La mayoría de los soldados traidores habían sido enviados a abordar la nave real, creyendo que la victoria sería fácil. Solo un pequeño grupo permanecía protegiendo el puente.
De vuelta en la nave imperial, Orwim y Femvir se enfrentaban en un duelo mortal. Femvir lograba detener los ataques gracias a su escudo, pero Orwim se burlaba de él.
— ¿Eso es todo lo que tienes, cobarde?
— Ven por mí… si puedes —respondió Femvir con una risa desafiante.
Los disparos de Femvir eran detenidos por la hoja oscura de Orwim. Su arma era más grande y poderosa, pero también más pesada, lo que le dificultaba manejar el escudo al mismo tiempo.

Orwim, con un movimiento preciso, desarmó a Femvir de un disparo. Este retrocedió, cada vez más desesperado. Intentó huir hacia el puente mientras llamaba a Yullen por el comunicador, pero solo recibió silencio.
— ¡Yullen! ¡Yullen, ¿dónde estás?!
Orwim y sus soldados lo perseguían de cerca.
— ¡Divídanse! ¡Busquen al Canciller y a cualquiera que quede vivo!
Un nuevo tiroteo estalló. Tres fuertes impactos de energía golpearon las naves enganchadas, haciendo que comenzaran a caer atraídas por la gravedad de Vorath Prime. Las alarmas aullaban. El casco empezó a desgarrarse.
En medio de la confusión, Addak y Lugan lograron llegar al puente. Allí, de pie, estaba el Canciller Artharis.
— ¿Quién eres tú? —preguntó Artharis con arrogancia—. No creí que los perros de la Corona llegarían tan lejos.
Al ver el uniforme de Addak, el Canciller activó rápidamente varias cápsulas de escape. Addak levantó su arma.
— ¡Alto! ¡No se mueva!
Dos soldados intentaron entrar, pero Lugan los contuvo en la entrada.
— ¡Si vas a hacer algo, hazlo ya!
— ¡Usted mató a mi familia! —gritó Addak, con los ojos llenos de ira y dolor—. ¡Debe pagar por lo que hizo, maldito asesino!
Artharis sonrió con frialdad.
— Muchacho, ni siquiera sé quién eres. La muerte de unos simples granjeros no me importa. Algunas muertes… son necesarias.
Una fuerte explosión abrió un agujero en el casco. Un trozo de metal golpeó a Lugan en el pecho, haciéndolo caer de rodillas erido.
— ¡Lugan! —gritó Addak.
Aprovechando la distracción, Artharis intentó sacar un arma, pero Addak fue más rápido. Le disparó en el pecho.
Artharis miró la herida con incredulidad.
— Maldito…
Addak, consumido por la rabia, disparó tres veces más. El Canciller cayó muerto.
— Madre… Padre… Hermano… —susurró Addak, cayendo de rodillas.