El Gran Imperio

PARTE 9. EL OCASO DE LOS DIOSES ..FINAL..

Habían pasado dos días desde el ataque en Vorath Prime. Las fuerzas separatistas se mantenían en alerta máxima dentro de su territorio. Sin embargo, para su frustración, el Consejo de las Treinta y Siete Razas rechazó reconocerlos como nación libre. Para ellos, no eran más que una región rebelde.
Al recibir la notificación, Yerrown golpeó la pantalla con furia.
— ¡Malditos! Ni siquiera lo consideraron… —gruñó, temblando de rabia.
Detrás de él, Sarkan y Rolvin, ex miembros del Senado, intercambiaron miradas preocupadas.
— Ahora debemos prepararnos para el funeral de Loran —dijo Sarkan—. El clan Artharis está furioso y sediento de venganza.
— ¿Pero quién ocupará su lugar? —preguntó Rolvin—. Sabemos que ser canciller se ha convertido en una sentencia de muerte. Quien sea elegido se convertirá en blanco de la Corona.
— Las tropas esperan órdenes, Yerrown —añadió Sarkan, visiblemente inquieto—. ¿Qué hacemos?
Yerrown se giró hacia ellos con una mirada fría y calculadora.
— En realidad, ya sabemos quién será.
Los condujo hasta una instalación médica. En el centro de la sala flotaba una cápsula transparente llena de un líquido turquesa. Dentro de ella, en proceso de regeneración, se encontraba Femvir. Su brazo y su ojo dañado estaban siendo reconstruidos.
Femvir abrió lentamente su ojo sano y vio a Yerrown al otro lado del vidrio, sosteniendo una pantalla.
— Espero que su proceso de curación termine pronto —dijo Yerrown con sarcasmo, mostrándole la pantalla—. De antemano, lo felicito por su ascenso. Ahora tendrá plenos poderes para llevar esta guerra hasta las puertas de la Corona… Canciller Femvir Ahler.
Yerrown sonrió con frialdad. Dentro de la cápsula, Femvir cerró el puño con rabia contenida.
En NIM, dentro de una estación médica, Orwim hablaba con Addak y Lugan.
— Entonces no eran soldados profesionales —dijo Orwim—, y aun así desobedecieron órdenes directas y asesinaron a un alto cargo enemigo.
— Señor, fue mi culpa —intervino Addak—. Si van a juzgar a alguien, que sea a mí. No involucren a mi amigo.
Lugan, todavía acostado en una camilla, levantó la cabeza.
— No. Yo debí detenerlo.
Orwim levantó una mano, silenciándolos.
— Ya basta, los dos. Hagamos un trato: me aseguraré de que el Alto Mando no tome acciones en su contra, a cambio de que regresen a su planeta y nunca más salgan de esa granja.
— ¿Y la muerte de Artharis? —preguntó Lugan.
— Un grupo élite se encargó de él. Eso es todo lo que se dirá. Además, me ocuparé de que reciban una generosa indemnización. Se lo merecen.
Orwim les sonrió con una seriedad que apenas disimulaba su satisfacción.
— ¿Entonces podemos irnos? —preguntó Addak.
— Largo. Desaparezcan por un tiempo. Que nadie sepa lo que hicieron. Porque gracias a ustedes… se logró exactamente lo que quería.
Solo unas horas después, Addak y Lugan descendieron de una nave de carga en su planeta natal. Caminaron en silencio mientras contemplaban los hermosos paisajes que tanto habían extrañado.
— Extrañaba nuestro hogar, ¿sabes? —murmuró Addak—. Pero antes… hay algo que debo hacer.
Llegaron hasta un monumento rectangular donde estaban grabados los nombres de todos los caídos durante el ataque del Segundo Reino. Con el corazón pesado, Addak leyó los nombres de su familia. Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras posaba la mano sobre las inscripciones.
— Lo hiciste —dijo Lugan con voz ronca—. Ahora sus almas podrán descansar junto a los dioses.
Los dos amigos se fundieron en un fuerte abrazo. Su historia terminaba allí, desapareciendo en el anonimato.
Mientras tanto, en NIM, el bullicioso corazón del Imperio se paralizó. En todos los mundos leales a la Corona se transmitía el mismo mensaje, uno que despertó furia e indignación en cada rincón del territorio.
Prolt apareció en las pantallas con voz firme y elocuente:
— Este cobarde intento de asesinato contra el Emperador y los ataques a colonias civiles demuestran que el autoproclamado Segundo Reino no es más que una organización terrorista que solo busca extender el odio y la destrucción. Sabemos que muchos planetas los apoyan bajo coacción o amenaza. Por ello, Su Majestad tiene un mensaje para todos.
La imagen cambió. El Emperador Anzaer apareció ante la multitud reunida frente al palacio y en millones de hogares.
— Amado pueblo —comenzó con voz poderosa—, ante los cobardes ataques de los traidores, he decidido restaurar el Senado y el Alto Mando como no se había hecho en generaciones. Esta es nuestra declaración contra los enemigos de la paz. ¡Esto es la guerra!
Un rugido ensordecedor de aprobación sacudió cada mundo.
— Y para liderar esta cruzada —continuó Anzaer—, designo a quien tendrá autoridad absoluta sobre el ejército, el Alto Mando y el Senado. Les presento a nuestro héroe, el nuevo Gran Mariscal de Guerra: Orwim Borel.
La multitud estalló en una algarabía ensordecedora. Orwim apareció junto al Emperador, imponente. Como Gran Mariscal, solo el Emperador estaría por encima de él.
Anzaer se inclinó ligeramente y le susurró al oído:
— Listo, mi amigo. Ahora tienes lo que querías: tu guerra total contra los traidores. Además, nuestros espías confirman que Femvir es su nuevo Canciller.
Orwim sonrió con sombría satisfacción mientras le colocaban nuevas medallas y una armadura distintiva frente a la multitud.
— Gracias, mi señor. No imagina el placer que será entregarle la victoria.
Un día después, ante la mirada nerviosa de senadores y generales, Orwim movilizó a más de veinte mil flotas de guerra y trillones de soldados listos para marchar de todos las regiones fieles del imperio.
En la base militar, Anfir esperaba a Orwim junto a la nave que los llevaría al frente. Cuando Orwim subía por la rampa con su nueva armadura y casco, el Emperador lo interceptó.
— Orwim, ¿te vas tan pronto?
— Tengo algo pendiente con Femvir. Sería descortés hacerlo esperar.
— Entiendo —dijo Anzaer—. Antes de que partas, quiero presentarte a un nuevo miembro del Senado. Pertenece a un clan recién formado.
Un joven senador dio un paso al frente.
— Ekron, preséntate ante el Gran Mariscal.
— Es un honor, Mariscal Borel —dijo Ekron con cortesía—. Espero no robarle su tiempo.
— No se preocupe —respondió Orwim con sarcasmo—. Yo he tenido que robar brazos a traidores para entretenerme.
Ekron frunció el ceño.
— ¿No sería mejor dialogar para mantener la paz antes de recurrir a la violencia?
Orwim lo miró con frialdad.
— Créame, en la defensa de la paz y la libertad, a veces la guerra es la única opción. Ahora, si me disculpa…
Se colocó el casco y comenzó a subir la rampa. Después de dar unos pasos, se detuvo y miró por encima del hombro.
— ¿Cómo dijo que se llamaba su clan?
— Ger. El nuevo clan Ger.
Orwim sonrió bajo el casco.
— Bien. Entonces siéntese y observe cómo arreglo las cosas, señor Ger.




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