El Gran Leo Vencer

2- ◇El teatro De Los Creyentes.◇

Leo subió las escaleras de la estación y salió a la calle 44 como si el caos de Nueva York le perteneciera. El sol de la tarde pegaba fuerte contra los edificios, reflejándose en vidrieras y charcos sucios. Caminó con las manos en los bolsillos, sintiendo el bulto de las dos billeteras buenas contra el pecho. Sonreía solo, tarareando una melodía vieja de jazz que nadie más escuchaba.

El teatro se llamaba “The Veil”. Un lugarcito escondido entre un deli y una tienda de souvenirs chinos, con fachada negra mate y un cartel luminoso que parpadeaba como si estuviera a punto de rendirse. No era el Beacon, ni mucho menos el Radio City, pero cobraba doscientos cincuenta por cabeza y la gente salía creyendo que había visto al diablo en persona. Perfecto para Leo.

Entró por la puerta de artistas. El pasillo olía a pintura fresca y humedad de sótano.

—Llegás temprano, Vencer —gruñó Marcus, el viejo técnico de luces, sin levantar la vista de su tablero. Tenía una cerveza en la mano y ojeras de quien ya vio demasiados “genios”.

—Temprano es para los que necesitan ensayar, Marcus. Yo solo vengo a recordarle al universo quién manda —respondió Leo, quitándose el fedora y tirándolo sobre una silla como si fuera un trono. Se aflojó la corbata y empezó a sacar cosas de su maletín negro: un mazo nuevo todavía sellado, un par de anillos que brillaban demasiado para ser baratos, un reloj de bolsillo antiguo que no funcionaba (pero eso nadie lo sabía) y un pequeño micrófono inalámbrico que escondió en la manga con un movimiento que parecía descuido.

Marcus soltó una risa ronca.

—Sigues con la misma mierda. Un día te van a agarrar con las manos en la masa y vas a tener que improvisar de verdad. Ahí sí quiero verte.

Leo lo miró de reojo mientras colocaba las cartas en orden específico dentro del saco.

—Improvisar es para amateurs, viejo. Yo planeo diez pasos adelante. Aunque a veces… —se encogió de hombros— el décimo paso se tuerce solo para joderme la diversión.

Se metió al camerino. Pequeño, sucio, con un espejo rajado y luces que zumbaban. Se miró un rato. Traje impecable, pelo un poco revuelto a propósito, ojos que parecían saber más de lo que decían. Practicó un par de flourishes rápidos frente al espejo, hablando en voz baja como si el reflejo fuera un espectador difícil.

—Mirá… vos creés que estás a cargo de tu mente, ¿no? Pero yo solo necesito treinta segundos de tu atención y ya estás bailando en la palma de mi mano. Chasquido. Y dormís. O creés que dormís. ¿Quién sabe?

Sonrió a su propio reflejo. A veces hasta él se preguntaba si se estaba creyendo demasiado su propia leyenda.

A las siete y media empezaron a entrar los primeros espectadores. Leo se quedó atrás del telón, espiando por una rendija. Unas cincuenta personas ya. Gente con plata: ejecutivos que querían impresionar a sus citas, parejas que buscaban “algo diferente”, un par de escépticos con brazos cruzados y sonrisitas de “a ver si me engañas”.

Marcus le hizo una seña. Era hora de calentar a la audiencia.

Leo salió al escenario con las luces bajas. Solo un spot blanco cayéndole encima. Sin música dramática. Sin humo. Solo él, el fedora y esa sonrisa de “sé algo que vos no”.

—Buenas noches, damas, caballeros y los que vinieron a ver si hoy me equivoco —empezó, voz baja y rápida, caminando entre las primeras filas—. La mayoría de ustedes pagó una fortuna para que les mienta bonito. Y yo estoy acá para cumplir. Pero primero… necesito un voluntario. Alguien que no tenga miedo de que le jueguen con la cabeza.

Señaló a una mujer de unos treinta y cinco, traje sastre caro, mirada cansada de quien viene de una reunión de doce horas.

—Tú. La del vestido azul que parece que quiere estar en cualquier otro lado. Vení.

La mujer dudó, pero el público la empujó con aplausos. Subió. Leo le tomó la mano con suavidad, mirándola directo a los ojos. Bajó la voz hasta que solo ella (y los de las primeras filas) pudieran oírlo bien.

—Relajate. Solo mirame. Respirá conmigo. Adentro… afuera. Eso es. Ahora cerrá los ojos un segundo. Perfecto. Cuando escuches el chasquido, vas a sentir que tu mano derecha se pone más liviana… como si flotara sola. ¿Entendiste?

La mujer asintió, ya medio perdida en esa voz. Leo esperó tres segundos exactos. Chasquido.

La mano de ella se levantó despacio, como tirada por un hilo invisible. El público soltó un murmullo. Alguien dijo “mierda, es de verdad”.

Leo se rio bajito, burlándose.

—No es de verdad, gente. Es solo que ella está cansada, yo soy convincente y su cerebro hace el resto del trabajo. ¿Viste? —Le tocó el hombro con dos dedos—. Ahora, cuando te toque de nuevo, vas a decir mi nombre completo como si fuera lo más importante que dijiste en tu vida.

La tocó.




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