El Gran Leo Vencer

4- ♧Hello Kitty y Ilusiones Que No Cierran.♧

Leo cerró el show con la reverencia de siempre, fedora girando en la mano como un helicóptero borracho. El teatro se vino abajo. Aplausos, silbidos, gente gritando su nombre. Marcus ya estaba contando la taquilla en la puerta de atrás. Dos mil ochocientos dólares esa noche. Difícil de creer para un teatrito de mierda en el centro, pero sí. La gente pagaba por la duda. Pagaba por irse a casa pensando que tal vez, solo tal vez, Leo Vencer no era solo un hijo de puta con manos rápidas.

Guardó su parte en el sobre negro, le dio una palmada a Marcus y salió por la puerta de artistas antes de que la gente empezara a esperar autógrafos. Afuera, el aire de Nueva York era fresco y sucio al mismo tiempo. Metió la mano en el saco y sacó las tres billeteras que había levantado en el metro. Las tiró en un tacho de basura cerca de la esquina, sin mirar dos veces.

—Andá, vuelvan con sus dueños —murmuró, casi cariñoso—. O no. Me da igual.

Todo el dinero quedó en su billetera personal. La sacó del bolsillo trasero y la abrió con una sonrisa torcida. Hello Kitty. Rosa, brillante, con la cara grande y estúpida mirando al mundo como si no hubiera roto un plato en su vida. Leo la miró y soltó una risa baja.

—Mirá vos, gatita. Hoy también comiste bien. Sos la única que nunca me traiciona.

Se guardó la billetera, se ajustó el fedora y empezó a caminar hacia su casa. No quedaba lejos, unos quince minutos a buen paso. Las luces de la ciudad le pegaban en la cara y él las esquivaba por costumbre, como si fueran reflectores que todavía no le tocaba enfrentar.

A tres cuadras de su edificio vio al pibe.

Un adolescente de unos dieciséis, diecisiete años, parado en la vereda con un sombrero fedora barato comprado en Chinatown y un traje negro que le quedaba grande. Tenía un mazo de cartas en las manos y estaba intentando un flourish que Leo reconoció al instante: el mismo que él había hecho en el metro esa tarde. El pibe fallaba a cada rato. Las cartas se le caían. Un grupito de cinco o seis personas lo miraba, mitad divertidas, mitad compasivas.

Leo se detuvo en la esquina, observándolo con una ternura que casi le molestó. El chico imitaba hasta la forma de inclinar la cabeza.

—Pobre boludo —murmuró—. Cree que es fácil.

Decidió que no iba a pasar de largo.

Se acercó por atrás del grupito, silencioso. Esperó a que el pibe terminara un shuffle torpe y fallido. Entonces habló, fuerte y clara, con esa voz que cortaba el ruido de la calle.

—Ey, mini-yo. Ese corte lo hacés como si las cartas te debieran plata.

El adolescente se giró de golpe. Los ojos se le abrieron enormes cuando lo reconoció. La boca se le abrió. El grupito también lo vio y empezó a murmurar.

—Leo… ¿Leo Vencer? —balbuceó el pibe, rojo como tomate.

—El mismo. ¿Querés que te muestre cómo se hace de verdad? Pero no solo a vos. A todos ellos también.

La gente empezó a sacar celulares. En menos de veinte segundos había más de veinte personas formando un semicírculo. Leo sintió la adrenalina familiar. No había preparado esto. No del todo. Pero tenía el mazo en el saco, las mangas listas de antes y la calle como escenario. Improvisación forzada. Su kryptonita. Respiró hondo y sonrió como si todo estuviera bajo control desde hace una semana.

—Bien. Tú —señaló al pibe—. Dame tu mazo.

El chico se lo dio temblando. Leo lo examinó rápido, lo barajó un par de veces con flourishes exagerados para calentar al público. Hablaba rápido, palabras bonitas que enredaban.

—Miren, este pibe tiene huevos. Sale a la calle a copiarme porque quiere ser como yo. Y yo respeto eso. Pero copiar no es suficiente. Hay que robar el truquito y hacerlo propio. Ahora… elegí una carta, mini-yo. Muéstrasela a ellos, no a mí.

El pibe sacó el As de Picas. Lo mostró. Lo metió de vuelta. Leo barajó como un loco: riffles, cortes en una mano, cartas volando. Mientras lo hacía, rozó el brazo del chico disimuladamente, bajando la voz solo para él dos segundos.

—Relajate. Mirame. Cuando chasquee, vas a sentir que tu carta ya no está en el mazo… sino en tu propio bolsillo trasero.

Chasquido.

El pibe parpadeó. Leo extendió el mazo vacío hacia él.

—Buscala.

El chico metió la mano en el bolsillo trasero… y sacó el As de Picas. La gente explotó. Leo no paró ahí.

Siguió hablando, moviéndose entre la gente, tocando hombros, mirando ojos. Plantó sugestiones rápidas en tres personas más que parecían sugestionables. Chasquido general. De repente, varias personas del público empezaron a sentir sus propios celulares vibrando aunque estaban en silencio. Otros juraron que las cartas de Leo aparecían y desaparecían en sus propias manos cuando las miraban.




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