El Gran Leo Vencer

5- ☆El Baile De Las Cartas.☆

Leo se dejó caer en su sillón de cuero negro como si los dos agentes del FBI fueran solo un par de fans que se habían colado después del show. Cruzó las piernas, sacó el mazo Bicycle rojo del bolsillo interior y empezó a moverlo entre los dedos sin mirarlo casi. Flourishes suaves, cartas que se deslizaban como agua, un corte en una mano mientras tomaba un sorbo de whisky con la otra.

—Disparen, entonces —dijo, sin levantar la vista de las cartas—. Pero hablen claro, que yo tengo mala memoria para las mentiras ajenas.

La agente Reyes se sentó enfrente, cruzando las piernas con precisión. El agente Harlan se quedó de pie, mirando el lugar como si esperara encontrar la obra escondida por toda la casa.

—Señor Vencer —empezó Reyes, voz calmada pero filosa—, el robo ocurrió hace cuatro semanas. Una obra... valorada en más de cuarenta millones. Las cámaras mostraron un apagón de exactamente noventa segundos. Cuando volvió la luz, la obra ya no estaba. Ninguna huella. Ninguna alarma adicional. Pero usted estuvo en París esa misma semana. Tres funciones agotadas en el Théâtre Le Rêve.

Leo sonrió, barajando con riffle explosivo. Las cartas sonaban como aplausos lejanos.

—Estuve en París, sí. Hice mis shows. Robé algunos aplausos y un par de corazones, probablemente. ¿Pero una obra? Demasiado pesado para llevar en el "bolsillo", agente. —Miró a Harlan directo a los ojos un segundo, luego volvió a las cartas—. Además, ¿por qué yo? Hay cien personas "mejores" que yo en Europa.

Harlan soltó un bufido.

—Porque en el video de seguridad borroso, justo antes del apagón, se ve a un hombre con fedora saliendo por una puerta de servicio. Y porque dos testigos juran que un tipo que se parecía mucho a usted estuvo charlando con el guardia de la sala diez minutos antes. Le “adivinó” que su esposa lo estaba engañando. El guardia se distrajo. Y luego… nada.

Leo soltó una risa baja, genuina. Siguió practicando: una carta subió por el dorso de su mano, desapareció, reapareció en la palma de Reyes sin que ella se diera cuenta al principio. La agente parpadeó cuando la vio ahí.

—Bonita, ¿no? —dijo Leo, guiñándole un ojo—. No se asuste. Solo es práctica. Llevo años haciendo esto. Preparación, distracción, timing. Nada de magia… aunque a veces hasta yo dudo.

Reyes tomó la carta y la dejó sobre la mesa, pero sus dedos se quedaron un segundo más de lo necesario. Leo notó el detalle. Sugestionable. Cansada. Perfecto.

Mientras Harlan seguía hablando de evidencias circunstanciales, timelines y “fuentes confidenciales”, Leo no dejó de mover las cartas. Escuchaba todo, archivaba cada palabra, pero sus manos iban por libre. Hizo un flourish más complicado: cartas girando en el aire entre él y los agentes, formando casi un arco. Una de ellas cayó justo en el regazo de Harlan.

El agente la levantó, molesto.

—¿Esto es necesario?

—Totalmente —respondió Leo rápido, voz encantadora y rápida—. Me ayuda a pensar. Y a ustedes les da algo bonito para mirar mientras me acusan de robar una obra carísima. ¿Quieren que les adivine algo? Gratis. Cortesía del Gran Leo Vencer.

Reyes se inclinó un poco hacia adelante.

—Señor Vencer, no estamos acá para ver trucos. Estamos acá porque creemos que usted pudo haber sido contratado. O que tal vez… disfruta haciendo cosas imposibles solo porque puede.

Leo la miró fijo entonces. Dejó las cartas quietas dos segundos. Bajó la voz, esa voz que usaba en el escenario.

—Agente Reyes… usted tiene una marca en el dedo anular donde antes había un anillo. Se lo sacó hace poco, pero todavía lo frota cuando está nerviosa. Como ahora. Y usted, Harlan… huele a café rancio y a alguien que no durmió pensando en este caso. ¿Me equivoco?

Harlan se tensó. Reyes se tocó el dedo sin querer.

Leo sonrió juguetón, rompiendo la tensión.

—Cold reading. Observación. Nada que un buen talento como el mío no haga después de diez años jodiendo cabezas. Pero se siente como magia, ¿verdad? Por eso pagan para verme.

En ese momento, mientras hablaba, hizo algo que ni él había planeado del todo. Tomó la carta que había dejado en la mesa, la dobló entre sus dedos… y de repente apareció en la mano de Reyes otra vez. Exactamente la misma carta. Pero esta vez tenía una marca pequeña que Leo no recordaba haber hecho: una inicial “L” casi invisible en la esquina.

Reyes la miró. Frunció el ceño.

—Esto… no estaba así antes.

Leo alzó una ceja, genuinamente sorprendido por medio segundo. Luego se encogió de hombros con esa arrogancia rota.

—Las cartas se mueven solas a veces. O soy mejor de lo que creo. Quién sabe.

Harlan perdió la paciencia.

—Vencer, tenemos órdenes de traerle para interrogatorio formal si no coopera. Esto no es un juego.




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