El Grupo De Los Diecinueve Jóvenes La Primer Puerta

1. El primer encuentro

El Grupo de los Diecinueve Jóvenes, la primera puerta

-Javier R. Cinacchi-

1. El primer encuentro

Era martes 11 de diciembre, casi la una de la mañana, en Buenos Aires, Argentina, del año 2007. Cuando cruzaron palabras por primera vez, las dos señoritas que comenzarían con El Grupo de los Diecinueve Jóvenes, grupo del cual oiría el mundo entero.
Carla Florentina Miriani, de veintidós años de edad, pasea por la capital del país, sola, en busca de algo distinto. Pensaba ir al cine, a una función especial; pero cambia de idea luego de ver gran cantidad de gente aguardando con cara no muy contenta, la entrada demorada, de la última función de la noche.
Carla, mujer hermosa e inteligente, morocha, de voluptuoso cuerpo envidiado por muchas y deseado por muchos. Se detiene un momento, en la plaza central de la capital, a metros del Obelisco, a observar una pareja de bailarines de tango. Algo un poco inusual por ser martes a tal hora.
En esa plaza, han pasado muchas cosas. Es una plazoleta, que ha sido reformada varias veces, llena de historia. Hubo allí una iglesia, y por primera vez se elevó en tal la bandera argentina. Su nombre es La Plaza de la República. A veces es lugar de escenarios y manifestaciones, hay un alto monumento que se eleva en su centro: el Obelisco. Mucha gente transita por allí, mucho tráfico de vehículos a su alrededor; y es un recurrente sitio elegido por artistas y vendedores ambulantes. Suele ser un lugar de encuentros y referencia.
El tango, no es extraño escucharlo de fondo en la ciudad de Buenos Aires. Una música nacida por emigrantes en barrios de Argentina y Uruguay. Los argentinos llegaron a hacerla su música nacional, un símbolo; podríamos decir que nació y evolucionó en Argentina, y pertenece al mundo entero. Cada vez se opacó más tal música que brillaba en Buenos Aires, cuando dejó de estar de moda, en cada época muchas cosas son distintas. Los jóvenes siguieron la moda del momento, el rock; eso que ahora también se está opacando... No obstante el tango y su arte perdura, y lo hará siempre, como todas las cosas muy bellas.
Carla, deteniéndose para disfrutar, observa. A unos metros ve a otra chica aproximadamente de su edad, sentada sola, mirando la gente pasar. Le agrada su apariencia, sencilla y bien vestida. Se acerca a ella para estar en compañía. Hay considerable gente en la plaza.
—Disculpá ¿Puedo sentarme al lado tuyo para ver cómo bailan? —Le pregunta Carla señalando a los bailarines de tango.
—Sí, claro —Le responde, apenas observando a quien le preguntaba.
La noche posee una brisa suave y apacible, el cielo está despejado, el sonido de los vehículos y de la gente realizan en su conjunto reiterada sonora armonía de la ciudad porteña. Ésta se mezcla, en ese instante, en ese lugar; con tangos provenientes de un equipo de música gastado que posee la pareja que baila, ante la mirada de la gente en la plaza, y entre apresurados que caminan apenas dirigiéndoles una mirada. Lo hacen, a cambio del merecido aplauso de aquellos que los observan, y por el dinero que su ocasional público les brinda. Se nota que su artístico trabajo les apasiona.
Bailan hermosamente el tango. Efectúan ágilmente posturas, a veces sensuales, al ritmo de la música, y muestran destreza. Forman figuras, sus cuerpos se rozan, tocan, alejan o vuelven a su encuentro, de forma apresurada o lenta al ritmo del tango.
Parece no se dieran cuenta de la gente que los rodea. Fijan reiteradas veces la mirada mutuamente, como si ellas jugaran también a perderse y hallarse. Carla observa en silencio, a través de pocas personas interponiéndose con su pasar.
Finaliza una canción, comienza otra, y al terminar éstas, la pareja de bailarines queda abrazada en una postura tanguera observándose fijamente a los ojos. Sin importar lo que ocurre a su alrededor, inmóviles casi como estatuas, perduran largo instante mientras en sus rostros surge cálida sonrisa. Mónica Palmero Tinia, la mujer que está al lado de Carla, absorta en la escena, suspira profundamente.
Inmediatamente recuerda que está en compañía de una extraña, mira a Carla; a quien le llamó la atención tal suspiro, y a modo de chiste, se inclina alejando su cuerpo lo más que puede. Le dirige una mirada, demostrándole como que le resultó gracioso su suspiro. Mónica, hablando rápidamente le explica el porqué:
—Iba a venir mi novio. En realidad, alguien que conocí en Internet, pero me ha dejado esperándolo. Me gustaba… Pero ya no viene —hace una pausa, y continúa mientras se levanta—. Por eso el suspiro… Me hubiera gustado mirarlo como la pareja de bailarines se miraban... Hablamos mucho de hacer cosas románticas, y al final no llegó. Mejor me voy.
Carla dejando escapar el pensamiento venía gestando. Agarrándole suavemente del brazo, le interrumpe la partida a Mónica, diciéndole:
—Esperá ¿Por qué no hacemos algo distinto?
Mónica, con cara de asombro; más incomodidad le responde no entendiendo.
—¿¡Hee...!?
—¡Estoy cansada de estos tontos! —dice Carla—. Te dejan sola esperando; aún después de intentar estar con una durante días o meses. Igual, si te encontrás con un chico, siempre terminás haciendo lo mismo. No sé... ir al baile... y luego a casa cansada, o ir a comer... o estar por ahí... A mi novio ya casi no lo veo. Hoy le dije a mi mamá, le diga que me duele la panza y estoy dormida. ¡Viene todos los días a intentar verme! Y a veces se queda callado mirando la televisión, sin prestarme atención, durante lo que me parecen horas...
Mónica sonríe, ya sin la mirada de asombro, y un poco interesada en la conversación que se ha dado entre ellas. No desea volver a su casa para acostarse a dormir, con la sensación de pena y fracaso del encuentro esperado y frustrado.
—Sí, ¿pero qué se podría hacer de distinto, que no sea nada raro? ¿Y a esta hora?
—Conocer gente nueva —afirma Carla.
—¿Para qué? ¿Para terminar haciendo lo mismo? Siempre una termina haciendo lo mismo. Además, después te dejan como tonta esperando… Un novio, o amigos que no vienen. Aunque a veces se da y está bueno, pero últimamente me parecía este chico sólo quería una relación por Internet, y eso me da desconfianza, insistió un montón que el día de encontrarnos fuera hoy, y no vino —Mónica suspira y se queda en silencio.
—Yo conozco a una linda pareja, que se casaron, y se conocieron por Internet. Hablaban horas cada día. Pero no siempre se da, y hay que tener cuidado con los mentirosos, si no se te dio por algo será —Dice Carla, Mónica asiente y comenta.
—Sí, es peligroso, pero por eso nos íbamos a ver en este lugar muy transitado. Y cada uno luego a su casa. Hace meses que hablamos.
—Qué tal si no perdemos el tiempo, busquemos a alguien que sea distinto, sin que sea un loco, a ver si podemos formar un grupo de amigos para hacer cosas distintas. Y al principio sólo nos reunimos en grupo.
Carla y Mónica con expectativas, un poco contentas por emprender algo; aunque no sabían si su entusiasmo duraría tan sólo un breve intento. Comienzan a observar a su alrededor, para dar comienzo con acciones a una idea.
Carla, poco tímida, se dirige a un joven que vio se detuvo a tomar de la gaseosa que llevaba. El muchacho de unos 25 años, la mira como casi todo hombre, al ver una muy imponente chica acercándosele. Deja dibujársele una pequeña sonrisa, al tiempo que parecería se le vuelven más brillosos los ojos y se queda estático mirándola. Carla, no buscando novio sino simplemente hacer algo distinto, ya se está arrepintiendo de dirigirse a tal muchacho aún antes de haberle hablado.
Mónica se acerca para poder oír, Carla le dice al muchacho:
—Estamos buscando con mi amiga, chicos y chicas para formar un grupo de amigos. Para no hacer siempre lo mismo, ni hacer algo malo; tan sólo una sana amistad y diversión, que sea distinta a lo que generalmente se suele hacer, y divertirnos en grupo.
El joven va cambiando su sonrisa por una cara seria, al darse cuenta de que Carla solo busca amigos, y para peor, por lo que dice, le sería difícil invitarla a bailar o a comer estando ellos solos, y conseguir el disfrute que le interesa. Piensa, una mujer complicada, y seguramente por ser muy linda, con muchos chicos pretendiéndola, y él no será uno más de ellos. Al notar lo miran fijo a los ojos esperando una respuesta, dice:
—No gracias, no me interesa —y se aleja caminando.
Al haber escuchado Mónica a Carla y la respuesta de este. Sin perder el tiempo, por esas cosas extrañas que a veces ocurren, sintiéndose ya un poco amiga de Carla, comienza a buscar a alguien a quien hacerle semejante propuesta. Carla, comenzaba a poseer un tono sonrojado en sus pomposas mejillas, mientras se alejaba aquel joven a quien aún observa, preguntándose si era una tonta por tal escena. Mónica entonces se interpone al paso de otro chico, quien casi se tropieza con ella, y le realiza semejante pregunta, con parecido argumento.
Al hacer esto, el joven se queda como de piedra un instante, intentando comprender lo que pasaba ante singular proposición, proveniente de una desconocida a tal hora. Responde a los segundos, mientras Carla se acerca.
—La verdad, me sorprendés; pero como no tengo nada que perder, me gustaría saber de qué se trata, y si es gratis. Mi nombre es Marcos ¿Y el de ustedes?
—Ella es Carla y yo Mónica. —Dice Mónica mirando a Carla, esperando que comience a hablar, por ser la de la idea.
—Somos los primeros integrantes del Grupo de los Veinte Jóvenes —comenta Carla, casi aprendiéndose de memoria lo que decía—. Buscamos divertirnos sanamente haciendo cosas distintas a lo común.
Marcos Cristian Lafordio, con quien habla Carla, es un joven de 24 años, flaco, de pelo medianamente largo, a quien le encanta leer y conocer gente. Viste una remera amarilla con pantalones de jeans ajustados, gastados y un poco rotos. Sin mucho tiempo para pensar, les contesta con preguntas:
—Qué bueno... ¿Me cuentan cómo es todo esto? ¿No me van a robar no? ¿Me aceptan en su grupo sin conocerme? ¿A esta hora, un martes, buscando gente para un grupo de amigos? ¿Veinte son?
Ante estas preguntas seguidas de Marcos, Mónica y Carla ríen. “¡Cuántas preguntas!” le dice Mónica en medio de su risa. Carla a quien ya se le había ido la vergüenza del primer rechazo, comienza a estar contenta nuevamente. Responde muy convencida:
—Sí... sentémonos ahí, y te contamos. —Señala el lugar donde hace unos instantes se encontraban observando la pareja de tango, la cual continúa bailando espléndidamente.
Marcos, por las dudas observa bien a su alrededor. No hay nada extraño. Entonces se dirige a sentarse con las que serían, piensa, tal vez sus nuevas amigas.
Mientras caminan, Mónica le pregunta con un tono burlón a Marcos dirigiéndole una mirada pícara:
—¿Me viste cara de ladroncita? —sonríe y continúa—. Nosotras tendríamos que tener miedo.
En ese momento a Marcos se le grabará por siempre la escena de la sonrisa de Mónica. Sus labios pintados de suave rosa dejan ver una parte de sus blancos y lindos dientes, sus ojos brillosos, sus palabras, sus gestos... los recordaría en sus momentos más difíciles.
Se sientan, y al hacerlo añade:
—Pero suponemos que eres bueno. No sé… Tenés cara de bueno, nos arriesgamos un poquito. ¿Qué estabas haciendo?
—La verdad, me quedé recorriendo librerías. De vez en cuando leo. No encontré el libro que quería ¡Y fui a todas! Una novela de fantasía...
—Recién comienza a formarse el grupo —interrumpe Carla para explicar—. La idea es… hoy sería bueno encontrar a alguno más, acordar una forma de comunicarnos y volvernos a ver. Así decidimos qué hacer, que sea distinto a lo que generalmente hacemos. Pero nada de cosas como sexo, ir a romper algo, tirarnos al río o… no sé… nada de hacer algo incorrecto. Ni tampoco de esas cosas que se hacen siempre; como ir al cine, o a bailar, a comer a un lugar común, o tan sólo charlar mientras se escucha música.
—Aunque primero —interrumpiendo dice Mónica seriamente—. Antes de hacer algo distinto, tenemos que conocernos un poco, para… Fuera de broma… Tenernos confianza, y saber no hay ningún mal intencionado.
—Sí, me parece excelente —responde Marcos—. Pero… ¿Qué puede ser, hacer algo distinto? ¿Reunirnos en un castillo a bailar la danza de la lluvia?
Se ríen, y luego pregunta un poco más serio Marcos:
—¿Hacer algo así, cómo ir a un castillo?
A Marcos, siempre le interesó el tema de los castillos, los caballeros, y todo lo relacionado con esa época, va a ferias medievales, y quería aprender pelea medieval. Solo por el gusto de revivir algo de esos tiempos. Siempre quiso aprender a usar una espada, algo que lo asocia con la posibilidad de la nobleza y el honor, y lo intentó con un grupo de combate medieval. Pero a la mayoría de los que conoció, si bien le encantaban todo eso; en la práctica era pelea, competencia, y cerveza. La mayoría del grupo de pelea medieval con el que llegó a reunirse unas veces, para él eran gigantes que le llevaban una cabeza de alto y algunos pesaban más que el doble de él. Esto lo cuento, porque una palabra, como ser “castillos”, puede representar para una persona mucho, mientras que para otra nada. Entonces se queda en silencio luego de usar esta palabra poderosa, pronunciada sin pensar.
Mónica mirándolo con sus grandes ojos de color castaño claro, mientras el viento parece acariciar su liso, negro y largo cabello, le comenta:
—A mí no me molestaría ir a pasear a un castillo, de hecho sería interesante… Pero creo, antes deberíamos conocernos un poco. Como dijo Carla. De hecho, ya estamos haciendo algo distinto ahora, un grupo no comienza generalmente así de espontáneo. En realidad, esta idea comenzó hace unos minutos —mira a Carla y añade—. Idea de Carla, por cierto.
Al decir esto, Marcos ya con un entusiasmo notorio; principalmente porque no le rechazaron su idea de ir a un castillo. En su mente resplandeciendo la palabra “Castillos”. Comenta:
—¡Me parece excelente! ¿Puedo hacer entrar a otro extraño al grupo?
—Sí, claro —contesta Mónica y añade mirando a Carla—. ¿No?
—Sí, obvio —responde Carla contenta.
Los tres comienzan a mirar a su alrededor a la gente que camina. Ya es poca. Debían seleccionar a alguien rápido o sería un grupo muy pequeño, hasta para un comienzo. Es muy difícil encontrar a gente que quiera tener una actividad en grupo, que demande tiempo, más esfuerzo en coordinar y demás detalles, aunque sea para divertirse. Y un grupo grande, ¡veinte personas! Para peor para hacer cosas fuera de lo común. Todo un reto que no lo pensaron, solo lo hicieron de forma espontánea, como si se estuvieran reuniéndose por un llamado.
—…Debería ser alguien que camine solo —murmuraba parándose Marcos, añade—. Así no se me ríen en la cara o me miran como a un loco… Que no camine muy rápido, así no parece que lo estoy corriendo por toda la plaza… Ese no… Esa chica… Mejor selecciono un varón, porque si no va a pensar que quiero salir con ella…
Carla y Mónica, sentadas, lo miran sonrientes. En sus mentes ya emitieron un juicio aprobatorio sobre este extraño llamado Marcos.
Marcos, en silencio avanza un poco más a donde transita la gente. Le llama la atención un tipo, que se dio cuenta, lo estaba observando de lejos. Su pelo es de un rubio casi blanco. Viste campera de cuero negra sobre una remera negra con algún dibujo; tiene una barba de unos días. Además parece ser alguien que practica mucho ejercicio, de contextura física robusta. Lo observaba, está con los brazos cruzados, como esperando algo.
—Espero no sea conocido de las chicas… —murmura Marcos sin ser oído por ellas— Ni que se me acerque….
Observa a otro joven acercársele para pasar por su lado, carga con un pequeño paquete. No se ve nada extraño. También de aproximadamente su edad, estatura media y contextura robusta. Tiene puesta una remera de un grupo musical nacional de rock que le agrada. Marcos, les dirige una rápida mirada a las chicas, las cuales hablan entre ellas sin apartarle la mirada a él. Le dice al que venía:
—Hola, discúlpame que te moleste.
—Sí, ¿Qué necesita?
—Si… En realidad, nada… Es que…
Lo mira serio y Marcos dándose cuenta está un poco nervioso, se pone aún más nervioso, al darse cuenta no pensó bien como expresarse. Siente se le acelera un poco el corazón de los nervios por temor a quedar como un tonto siendo rechazado. Esto, acrecentado por la mirada de Carla y Mónica fijadas en él… Pero se le ocurrió una idea audaz.
—Olvídalo, no has ganado tu lugar —le dice Marcos.
—Pero... ¿De qué habla? —le responde el extraño a Marcos, quien estaba dando media vuelta para alejarse. Pero notando hay oportunidad retorna al intento, diciendo:
—Del Grupo de los Veinte Jóvenes. Faltan integrantes y se me ocurrió decirte, por casualidad, para que participes. Me agrada tu remera. Pero creo, me equivoqué. No me parece estés interesado…
—¿Grupo para…?
—Buscamos divertirnos haciendo cosas distintas. Que nos saquen de la rutina. Pero sin que estas sean raras o insanas, y siendo buenos amigos. Algo así…
Se queda este posible nuevo integrante, pensando si dice “sí”, o “no”. Comprende en un instante, esa respuesta sencilla puede tal vez afectarle su vida ¿Quién sabe? Conocer cosas distintas le resulta interesante. Por otro lado piensa, de si el que le habla será de una secta o algo extraño… o tal vez sí se había ganado algo… Decide en esos pocos segundos, por curiosidad, su respuesta:
—Sí, me interesa. Mi nombre es Juan…
Marcos mira a las chicas, grita llamando la atención a más de uno.
—¡Acá hay otro, aceptó!
Marcos y Juan se acercan a donde están ellas. Éste último se presenta. Juan da la impresión de ser una persona seria.
—Hola, mi nombre es Juan.
—Yo soy Carla, y ella Mónica. —Dice Carla.
Carla le cuenta la idea, mientras Marcos observa fijamente al extraño que no los dejaba de mirar. Se da cuenta, hay dos policías en la esquina de enfrente, y piensa si no estará aguardando a que se separen alejándose los nuevos amigos, para así seguir a alguien. O que se retiren los policías.
Marcos interrumpe entonces a Juan, el cual un poco asombrado iba a contestar nuevamente que quería ser parte del grupo. Señala a aquel extraño que los mira. Nadie lo conoce. Al mirarlo los cuatro, dirige su mirada al suelo, y comienza a alejarse. Marcos comenta, aprovechando para notar la reacción de los otros:
—¡Hay cada loco suelto!
Parecería nadie se muestra incómodo y Marcos de cierta forma se queda más tranquilo. Siempre suele hacer comentarios para ver cómo reaccionan las personas, y así conocerlas más. Juan les cuenta:
—Recién, justo antes que me cruzara con vos, un anciano no me dejaba de hablar. Vengo de comprarme unas botas. Primero me pidió lo ayude a cruzar la Avenida Corrientes, porque desconfiaba de unos que pensaba le podían robar la jubilación. Y luego me agarró del brazo y me quería dar dinero por acompañarlo dos cuadras. Me insistió tanto que lo tuve que acompañar. Hasta acá, a la entrada del subterráneo. Y luego no me dejaba de hablar. Era re gracioso, pero no sé si no estaba un poco loco... Y ahora pienso que si no me hubiera desviado por él, no los hubiera cruzado a ustedes.
—Te aseguro que no tenemos nada que ver —le dice Carla—. Pero a veces coincidencias parecieran marcan nuestro rumbo. ¡Uy qué inspirada que estoy...! Me gusta, gracias por contarlo. Cuando tengamos muchos años de amigos, podrás contarlo como anécdota.
—Qué bueno que le ayudaras... —dice Mónica.
Los cuatro: Carla, Mónica, Marcos y Juan se quedan charlando un poco de cosas cotidianas de la vida, y de lo bueno de hacer un grupo grande de amigos. Para salir de la rutina de vez en cuando, con cosas entretenidas fuera de lo común. Se entusiasman más, sabiendo que son los fundadores, y suponen tendrán algún tipo de privilegio. Aunque sea decir que fueron los primeros, y los valoren más por tal motivo.
Los bailarines de tango comienzan a prepararse para irse… Carla está muy cansada, se le nota en su cara, ya no la radiante de buena onda y alegría, sino con un pequeño decaimiento sombrío. Comenta:
—Tendríamos que ponernos de acuerdo, dónde nos encontraremos la próxima vez. Con más tiempo, y no siendo las dos de la mañana ¿Les parece en La Costanera?
La Costanera, se le dice a un lugar ubicado a pocos minutos de allí. Un espacio ecológico, con abundantes árboles y unos caminos. También posee caminos pequeños, tortuosos que salen de otros, de los principales, perdiéndose algunos entre la vegetación. Tres caminos principales, llevan al Río de la Plata, y están rodeados en su mayor parte también de vegetación. Posee algunas especies de animales, que suelen llamar la atención de turistas fácilmente diferenciados por sus cámaras y su idioma. Es un lugar donde acuden muchas familias para pasar un rato tranquilo, caminar un poco, o incluso hacer alguna excursión guiada. En la entrada hay una larga plaza, y otras pequeñas...
Todos asienten.
—En la entrada principal —añade Mónica—. Del lado del viejo polideportivo. No la que queda más para el lado del aeropuerto.
—No antes de las catorce horas —afirma Juan—, el sábado para mí es el mejor momento.
—Bien, el sábado a las catorce y media —dice Carla—. En la entrada principal. La más cercana de lo que queda del abandonado polideportivo. Para ir al río. Traigo mate y galletitas ¿Hacemos así?
Todos se saludan afectuosamente y se marchan con la sensación de haber comenzado algo nuevo y divertido. Marcos, además no deja de pensar con gran emoción en un castillo que tal vez pueda saber dónde hallarlo. Le parecería algo fabuloso ir con este nuevo grupo algún día; pues nunca se animó, o animaría a ir solo. Está muy ilusionado con todo.
Juan se aleja murmurando casi imperceptiblemente.
—Interesante… ¿Qué será de todo esto?
Mónica y Carla caminan juntas unas cuadras. Se intercambian datos para seguir hablando por Internet. Pregunta Carla a Mónica antes de alejarse:
—¿Contenta?
—Sí —contesta Mónica y añade saludando—. Encantada de conocerte... Mejor ya me voy rápido que es muy tarde.
—Sí, también. Nos vemos, cuidate —saluda Carla.
Los cuatro de regreso a sus casas se preguntaban: “¿Nos volveremos a ver?”
Marcos, se dirige a la parada del colectivo, el cual lo llevará hasta pocas cuadras de donde vive. En una linda vivienda, no lujosa, con sus padres. Llegaría más tarde que de costumbre.
Se sube al transporte público en el cual hay pocas personas viajando. Está cansado y se dirige a un asiento donde se queda esforzándose para continuar despierto. Se le cierran los ojos, mientras observa pasar monótonas luces; amarillas melancólicas que dejan las calles algo sombrías. Los tonos amarillos, grises, y negros; se le confunden estando a punto de dormirse, y sin embargo no deja de pensar en Mónica y en el castillo. Le parece un posible sueño tan grande de cumplirse para su corazón, que le cuesta creer que tiene la posibilidad de realizarlo.
Venciendo el sueño llega -nunca se duerme totalmente al viajar-, se baja del colectivo en la parada correcta para ir a su casa. La calle está muy oscura, no se escucha nada al alejarse el transporte. Ni siquiera canta un grillo.
Camina una cuadra, es extraño tanto silencio. Escucha únicamente el sonido que hace al moverse. Avanza hasta una esquina y escucha otro caminar acercándosele. Su primer pensamiento, es el de aquella persona corpulenta, de pelo casi blanco, que los miraba de lejos ¿Lo habrá seguido de alguna forma?
Mira hacia atrás, y no observa a nadie.
—Debo estar dormido… —Se dice sintiendo un poco de miedo. Está seguro de lo que escuchó, sin poderse engañar a sí mismo.
—Quizás fue algo movido por el viento —comenta con voz apenas por él audible, tratando de quitarse el miedo menguando el silencio—. Sí seguro... Hay tanto viento que dentro de poco salgo volando... Lo más probable es que lo haga del susto.
Continúa caminando un poco más deprisa, aún le faltan recorrer algunas desoladas cuadras.
Está llegando a los últimos metros; casi al trote, cuando siente sin lugar a dudas la sensación extraña, de alguien observándolo. Se detiene, y rápidamente se vuelve a mirar a atrás a ver si alguien lo sigue. No hay nadie.
Piensa se está volviendo un poco paranoico. Aunque es la primera vez que le ocurre algo así.
Llega a su casa. En la puerta, hay una nota con un dibujo pequeño realizado. No se detiene a leerla, pero la agarra guardándola en un bolsillo del pantalón. Entra un poco nervioso, apurado, como si sintiera que alguien está a punto de darle un empujón y meterse con él.
Intenta no hacer ruido para no despertar a sus padres. Luego de ir al baño y subir una escalera por el patio de atrás, llega a su habitación. Cansado y con hambre, pero sin ir por comida, por el sueño que le es más fuerte.
Tirándose a la cama, saca el papel estrujado de su bolsillo. Lo observa y piensa. “¿Lo miro? Quizás es algo importante...” Se decide y lo lee. Su curiosidad es fuerte.




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