El Grupo De Los Diecinueve Jóvenes La Primer Puerta

Capítulo 2.

-El Grupo de los Diecinueve Jóvenes y la primera puerta, Javier R. Cinacchi-

2

NACE UN PEQUEÑO GRUPO

Juan se encuentra lavando su auto, un Ford Falcon modelo ´89 color celeste brillante, muy bien cuidado; mientras escucha música en su estéreo. En realidad en lo que es todo un sistema de sonido de excelente calidad, Hard Rock un poco fuerte.
—¿Al final vas a ir? —le pregunta su padre vestido con su uniforme de policía, quien salía rumbo a su trabajo.
—Sí papá, veremos qué ocurre. Ya te dije que iría. Aparte si no voy, me voy a quedar después con la duda de si tendría que haber ido...
—Vos deberías seguir el camino de tu familia. No, perder el tiempo en esas cosas. Igualmente… espero te diviertas. Que la pases bien hijo.
—Gracias papá, nos vemos. Cuídate.
Juan, termina de lustrar su auto, para en él dirigirse al lugar acordado, días atrás. A la búsqueda del encuentro de Carla, Mónica y Marcos.
El día está estupendo, un sol fuerte recuerda la cercanía del verano, época de mayor calor en Argentina. Es todo un alivio para Juan, ya que no sabía qué hacer si llueve. Estuvo pensando mucho y se creó expectativas positivas de la formación de este grupo de amigos. De hecho, podría ofrecerse a utilizar su auto para trasladarse, si emprenderían viajes. Algo que no suele hacer por cuidar demasiado su vehículo que está como de colección. El mismo, lo lustra todos los sábados, y lo lleva a controlar al mecánico, a más tardar cada seis u ocho meses.
A Juan le gusta la mecánica y viajar. Se pregunta qué hará si tal vez cuando llega, no hay nadie y tiene que volverse, o pasear solo. Algo aburrido y desalentador comparado a las expectativas creadas. Aunque en auto y con buena música no se la pasa tan mal después de todo... Iba de cierta forma resignado a no encontrar a nadie, pero por la posibilidad de que así no fuera, se moviliza.
Emprende el viaje que le llevará unos veinte minutos.
Cuando llega, ve a Carla, Mónica y tres chicas más. Sigue de largo. Ellas están en grupo en medio de la entrada. Imposible no verlas, en especial a Carla, la cual no pasa fácilmente desapercibida. No pensaba iban a haber tantas chicas ¿Sólo él, entre cinco mujeres que se la pasarían hablando cosas de mujeres? ¿Y si le hacían burla de algo? Tuvo miedo.
—Espero no me hayan visto. —Murmura Juan un poco melancólico.
Pero no puede evitar se le pasen por su mente, de forma muy clara una tras otra las caras de Marcos, Carla y Mónica. Con miradas de asombro, llenas de vida; como si los estuvieran mirando, esperando que no los defraude. Detiene el auto para que no le ocurra un accidente y pensar un instante. Pareciera algo lo impulsa a volver al punto de encuentro acordado. Piensa, “tal vez Marcos llega pronto y viene también con alguien. Pero... qué tonto. Estuve a punto de perder esto, por no animarme a ser el único varón entre medio de bonitas mujeres ¿Y no es el sueño de muchos?”
Mira el reloj para comprobar no se le ha hecho tarde. Lo cual ya estaba ocurriendo, da media vuelta con cuidado, avanza, y estaciona lo más cercano posible, justo en la entrada. Se baja del auto y no puede impedir se le dibuje una sonrisa de alegría, mientras se acerca a las cinco señoritas mirándo de lejos. ¿Alguna de ellas llegaría alguna vez a ser su novia? La mayoría de los solitarios de no tener aún su pareja que lo acompañe, al formar parte de un grupo, se hacen esta pregunta interna: “lo que me falta, ¿estará aquí?”
—¡Hola Juan! —dice Carla en cuanto lo ve, corriendo a abrazarlo, y añade: —¡Qué bueno que viniste!
Mónica, de forma perceptible está algo arreglada de más –ropa ajustada, su cabello parece tiene un brillo azulado, posee un suave perfume, y está ligeramente maquillada–; se había quedado allí con las otras mujeres que aún no lo conocen.
—¡Hola Juan! —dice Mónica y lo saluda con un beso en la mejilla.
Juan se sonroja un poco, Mónica añade:
—¡Contenta de verte! Ella es Sonia. —Dice presentándole a una chica flaquita, de pelo rubio y largo, de ojos claros, tez blanca; de estatura tendiendo a baja.
—Y ella es Estefanía —dice presentándole a una chica no tan flaquita, de pelo rubio y largo, de ojos marrones.
—Ceci —dice Cecilia cuando la va a saludar. Una chica bajita de ojos negros, muy negros, y cabello castaño.
—Ya somos siete… si viene Marcos. ¿Sabés algo de él? — pregunta Mónica.
—Sí, ahí viene corriendo con otro. —Le responde alegre Juan, señalando a Marcos y Mateos. Un amigo del trabajo de Marcos a quien éste, no le había dejado de hablar un sólo día del grupo en formación, en especial de Mónica y de ir a un presunto castillo. Mateos le lleva casi una cabeza de estatura a Marcos y es flaco y alto.
—¡Qué bueno, ya somos ocho! —Dice Carla y añade:— ¡Menos mal que traje dos termos para el mate!
Se saludan y comienzan a caminar para llegar al río, no sin antes bajar Juan una mochila con otro mate, termo, y galletitas.
El mate es una infusión, y al mismo tiempo se le dice así al recipiente que se utiliza para tomarlo. Es la “bebida social” que más se utiliza en Argentina. Es raro que un argentino no tome mate. Se usa un recipiente (“el mate”), de tamaño un poco menor a una taza, con un sorbete (“la bombilla”), que posee en el extremo que va en el recipiente unos orificios de determinada dimensión, para que al succionar con la boca, no pase yerba mate junto con el líquido. Ésta se pone en tal recipiente que suele ser de metal inoxidable, vidrio, o formado a partir de alguna semilla acorde. Hay de distintos tipos, y generalmente es decorado de forma artesanal. Lo que se absorbe por la bombilla es el agua caliente que se coloca en el recipiente y se impregna del gusto de la yerba mate.
Se le vierte agua caliente, se espera unos segundos a que tome el sabor de la yerba, y se la bebe por la bombilla de forma suave, hasta que hace un ruidito, provocado por acabarse el agua. El termo es infaltable al pasear cuando se lleva el mate. En él, se tiene el agua caliente para que dure su temperatura lo más posible. Aproximadamente a unos 80 grados centígrados es la temperatura justa del agua, y así dura también más la yerba. Entre amigos, se suele invitar a tomar mate como excusa o entretenimiento extra, mientras se charla. Posee un poco de alimento, y características beneficiosas, favorece incluso a la atención. Si no está el mate, en determinados encuentros, es como que falta algo. La yerba se cambia cuando pierde el sabor, el mate se llena con esta, hasta un centímetro menos del borde.
Se lo puede tomar amargo, dulce, con limón, o con agua bien fría en lugar de caliente. Hay también algunas variedades de yerba con sabores que se han añadido a la común. La calidad de la yerba es algo importante, y cuando es “con palo” es más suave; incluye pequeños tronquitos del arbusto del que proviene; la yerba despalillada tiene menos tronquitos. Actualmente la preparación de la yerba lleva incluso un estacionamiento promedio de seis meses...
(Cómo extraño el mate —expresa el narrador, el cronista, que aún no formaba parte del grupo, quien relata esta historia, y comenta algunas cosas—. No se pierdan el conseguirlo cuando tengan oportunidad, y eso que se me terminó la yerba solo hace un mes. Hay mucho que uno extraña lejos de su hogar. Muchas cosas de las cuales al tenerlas cercanas, uno no se da cuenta de lo valiosas que son. Pero nadie tiene todo entre los mortales, salvo aquel que se conforma con poco, y pierde así mucho.)
—¡Che, qué nave! —comenta Marcos al ver el auto de Juan, el cual, se observa impecable. Mónica de repente parece estar un poco triste y callada. Mira mucho al suelo. De repente cambió de ánimo.
—¿Estás bien? —le pregunta despacio Carla.
—Sí… —le susurra, aunque con mirada decaída.
Se los observa muy contentos caminando (salvo a Mónica), por el camino principal de la costanera, rumbo a la orilla del río, un camino de tierra reseca aunque un poco polvorienta. Mientras tanto, conversan de todo, y se pasan el mate uno a otro. Marcos, queda entre medio de Juan y Mónica quien está muy silenciosa.
Sonia, Estefanía y Ceci, las tres chicas nuevas los acompañan. Las encontraron Carla y Mónica, quienes habían ido dos horas antes. Se interesaron por la idea, sumándose así al grupo.
Todos están contentos. Caminan, hacen chistes, miran a su alrededor, bromean, toman mate, de vez en cuando comen alguna galletita...
Están caminando tranquilamente, cuando de repente, luego de haber transcurrido unos quince minutos, Ceci se detiene bruscamente. Queda totalmente inmóvil, y observa un angosto camino bifurcado del principal. Uno de los tantos que se internan entre la vegetación.
Esta actitud sorpresiva llama la atención de los demás. Ceci, parece como alguien que ha visto un fantasma o algo parecido. Los que no la conocen ya pensaban, si estaría media loca. No eran los únicos que están caminando por ahí en ese momento, y llama verdaderamente la atención. Se le acercan a Estefanía y le preguntan “¿Qué pasa? ¿Qué hay?”.
Ceci mira con cara de asombrada, vuelve a mirar al pequeño sendero y dice como hipnotizada.
—Vengan.
Comienzan a seguirla. ¿Qué le pasaría? Juan se adelanta hasta quedar detrás de Estefanía, quien seguía a Ceci, y le pregunta despacio.
—¿Está bien tu amiga?
—¡Shh! —exclama Ceci, dirigiendo una rápida mirada hacia ellos.
Comienza a caminar más rápido, en fino camino entre la vegetación; la siguen un poco confundidos por su actitud. Atraviesa una casi seca laguna, se nota está siguiendo algo. Llegan así a la entrada de un pequeño bosque, donde el sendero comienza a ser menos notorio. Juan le toma entonces del brazo y cuando lo hace se queda mirando fijo hacia adelante. Los que están detrás de él rápidamente miran, y ven unas hojas moviéndose, como si alguien hubiera pasado rozándolas.
Juan había llegado a ver una persona bajita, con un buzo blanco con capucha, usando a la misma. Estefanía, está inmóvil con una mano en la boca.
—Regresemos —dice Juan sin soltar suavemente del brazo a Ceci. Ella sólo hace un movimiento de afirmación con la cabeza.
Algunos susurraban: “¿Qué pasó?” “¿Qué vieron?”. Estefanía se da vuelta a los demás que murmuran detrás, sin más decir, que:
—¡Shh! ¡Silencio! –y refunfuñó bajito– ¡Parecen niños curiosos!
Mónica le agarra la mano a Marcos. Y así recorren unos metros, volviendo hacia el camino principal. Hasta el claro con lo que antes era una laguna, y ahora está casi seca, y los caminos que la rodean prácticamente cubiertos en algunas partes de yuyos. Se ve a alguien en la otra orilla, en un pequeño claro, tomando tranquilamente sol mientras lee. Ceci mira a Juan, quien aún la tiene suavemente del brazo y le dice:
—Estoy bien, gracias. Ahora les cuento, aunque no me crean.
Se sientan en frente de la escasa laguna esperando a que Ceci hable. Esa “laguna”, cuando la vi por primera vez, había allí pecesitos de colores, y siempre me pregunté, ¿Cómo pudieron llegar allí pecesitos de colores, si el Río de la Plata, el más cercano, es mezcla de salado y dulce y está contaminado? Pero ese lugar fue cambiando mucho… muchos lugares se fueron “destruyendo” en Argentina, como allí cerca, el “viejo Polideportivo de Boca”, del cual solo quedan ruinas, cuando antes era un hermosísimo lugar, aunque nunca se lo terminó... Me dan lástima las grandes obras que se pierden… decía, Sonia intenta calmar a sus dos amigas. Mientras Mónica le dice a Marcos en voz baja, soltándole la mano:
—Discúlpame.
—¿De? —Pregunta Marcos.
—Tenés novia —afirma Mónica dirigiéndole una mirada al anillo de Marcos.
—Este anillo de mier… —decía esto Marcos ante la mirada atenta de Mónica, cuando escucha nuevamente un “¡shh!”. Se saca el anillo, y lo guarda en un bolsillo, expresando una negación con un movimiento de la cabeza. Todos miran a Ceci, quien pregunta en voz baja y un poco agitada:
—¿Alguien los vio?
—¿¡Ehh!? ¿A quiénes? —dice Marcos, tomándole suavemente la Mano a Mónica quien entonces sonríe.
Juan, mira hacia la vegetación, con la mano dentro de su bolso.
—Yo alcancé a ver a uno de esos —dice Estefanía con voz de asustada.
—¿Esos? —pregunta Mateos.
—¿Les viste los ojos? ¿Sentiste algo? —con voz de miedo y mirándola le pregunta Ceci a Estefanía, mientras los demás no comprenden bien qué ocurre.
—¿Les parece si vamos a un lugar donde hay más gente? —dice Juan, casi con tono de orden, y nadie parece escucharlo. Sólo Marcos le hace una seña como diciéndole, “esperá”.
—Sus ojos —habla extraño Estefanía, mirando de donde habían venido—, la parte blanca; no era blanca, era amarillo azulada. Sus labios eran rosa pálido, casi blanco y su nariz fina. El iris…
—¡Blanco! —dice Ceci interrumpiendo a Estefanía—. Y su pupila fue un instante grande y brilló un poco, luego se volvió bien oscura. Casi negra como la pupila de alguien normal. Una era una chica. Supongo, por su pecho. Su pelo era como el sol. Sentía me arrastraban a seguirlos, me atraían como imán. El más alto, la chica, tendría casi un metro y medio...
—Nunca me pasó algo así… —continúa ahora un poco más calmada Ceci—. Menos mal alguien vio a uno, lo que me impresionó, fue como me impulsaban a seguirlos. No era miedo lo que sentía, aunque un poco sí ahora. No sé, parecía como si quisieran jugar.
—Yo también sentí algo así —afirma, Estefanía.
—Van a pensar que estamos locas —añade Ceci.
—No, como mucho un poco confundidas —dice Sonia—. Y mejor salgamos de acá que ahora me da miedito.
—Sí mejor salgamos de acá —dice Juan parándose, y comenta—. Pero vi a uno de atrás, y sus zapatillas eran raras, como de plástico, parecían una imitación de zapatillas. No sé de dónde salieron, quizás eran nenes disfrazados. Aunque acá no deberían estar paseando nenes.
—No estaban disfrazados… —Murmuró, Estefanía.
—¿Y cómo sabés que no tenían disfraz? —pregunta Marcos quien mostraba mucho interés.
—¡Ya lo dije antes que preguntes! De sus ojos y mi sentir — dice un poco alterada Ceci mientras Estefanía la mira inquieta.
Cuando se le fue un poco el susto, a los minutos Estefanía comenta:
—Chicos ¿Volvemos al camino principal? Ya estoy más tranquila. Gracias.
Comienzan a caminar. Quizás aquellos estaban disfrazados. Era lo más probable y lógico; tal vez sólo se dejaron llevar por el encuentro curioso y repentino. Piensan y hablan hasta llegar a unos metros donde hay más gente, a las cuales se la escucha pasar con sus diálogos difusos.
—Chicas si quieren las acompañamos a una parada de colectivo, las llevo en mi auto o le damos para un taxi… Como quieran… —les pregunta Juan a Ceci, Estefanía, y Sonia. Los otros asienten con un movimiento de la cabeza o susurran una afirmación. Sí, así de rápido se amigan aveces los argentinos.
—No se preocupen estamos bien… seguro nos dejamos asustar… Especialmente yo, por unos tontos nenes disfrazados, corriendo por ahí, es lo más lógico. —Responde Ceci con cara de no creerse lo que habla.
—¿Seguimos? —pregunta Juan mirando uno a uno.
Continúan y a los pocos pasos están en el camino principal, donde hay más gente. De a poco se les va el miedo, aunque ahora Marcos es él, quien está muy pensativo y en silencio.
Marcos cuando se encontró con Mónica, Carla y Juan había observado a una persona robusta, aunque nada petiza; con el cabello como si fuera del color del sol. Luego había encontrado una nota en la puerta de su casa, un anillo, y ahora ocurre esto.
Camina tomado de la mano de Mónica, quien ya no está triste. Se había vuelto así, al ver a Marcos con ese anillo; en su mano derecha, en el dedo anular, lo cual suele significar estar comprometido o de novio. Marcos tontamente ignoraba ese significado, se lo había simplemente puesto allí. Para él era lo mismo ponerse un anillo en cualquier dedo de la mano o mano.
Así fueron, por el camino principal, no sin ver de reojo cada caminito que se apartaba adentrándose entre la vegetación. Especialmente Juan, quien en una oportunidad también se detuvo en uno, aunque no como lo había hecho Ceci, y le dijeron todos un rotundo:
—¡No!
Siguieron caminando, no sin que Juan añadiera sonriendo.
—Me pareció ver algo moviéndose… En serio… Quizás era una iguana, o… Nada. —No queriendo decir “o alguien que anda por ahí siguiéndonos”.
Juan sabe de las iguanas allí, son inofensivas y tienden a esconderse en cuanto ven a alguien. Se acercan al camino principal únicamente cuando no hay nadie; es decir, generalmente en días de la semana, cuando la gente trabaja. La mayoría de los que viven cercanos, han paseado varías veces por allí desde que eran niños. Cada vez hay menos iguanas, pero piensa tal vez aún es posible llegar a ver a alguna.
Al final del camino principal, se detienen en frente del río, El Río de la Plata, el más ancho del mundo, tan ancho que algunos dicen que no es un río sino el mar. Eligen un sitio lo suficiente cómodo. Algunos se sientan en un tronco viejo, colocado sobre unas piedras como asiento. A metros de un árbol pequeño, inclinado por el viento y maltratado por las personas. Otros, en alguna piedra o grupo de ellas, acomodadas de tal forma que sirva para sentarse.
Observan disfrutando el paisaje, mientras comen de vez en cuando alguna galletita, y toman unos mates al mismo tiempo que charlan. Tiran pequeñas piedritas al agua, compitiendo haber quién las hace rebotar más veces, o llegar más lejos.
El río está tranquilo, las pequeñas olas del agua mojan suavemente a la multitud de piedras de todos los tamaños y formas que cubren la orilla. Y podría decirse, que los jóvenes amigos, están entretenidos pasándola muy bien, disfrutando del momento en compañía.
Pero Marcos continua un poco serio y callado. Piensan, quizás está un poco tímido. Porque en un momento Mónica le agarró su brazo y se abrazó a él; además lo miraba mucho fijo a los ojos aunque no hablara. A Ella se la veía muy contenta ahora.
Continúan así hasta que Mateos interrumpe con la idea de integrar al grupo a otro extraño que anduviera por ahí. Él no había incorporado a nadie, y no deseaba ser menos. Lo mismo haría Sonia.
Deciden entonces, que todos tenían que reclutar a alguien hasta ser veinte. ¿Por qué veinte? Porque se le había ocurrido ese número a Carla. También deciden, el que traiga a uno nuevo, deberá ponerlo al tanto sobre el grupo de amigos. Luego, se reunirían la próxima vez, para un comienzo formal, estando el grupo completo.
Mateos observa a un joven que se encontraba leyendo, un libro santo y religioso del numeroso grupo de los cristianos. Este grupo remonta sus raíces a la nación de Israel, luego del pueblo judío; pero muchos judíos no aceptaron al Salvador de los cristianos. Este libro está escrito por distintos autores muy destacados —guías espirituales únicos que soportaron grandes cargas, irrepetibles—. En un largo periodo de quizás más de 1500 años. Es un grupo de libros único que luego fue agrupado en uno por los critianos sumando libros de ellos al Tanaj judío, y por el cual muchos han dado su vida para conservarlos, o prefirieron morir antes de negar lo que expresa. El libro más interesante de la humanidad.
Le dice Mateo a los otros, antes de ir a su encuentro.
—Ese me parece un chico tranquilo, está sólo ahí leyendo la Biblia… Voy a ir a hablar con él. Si me habla de la Biblia y no me deja de hablar de lo mismo, notando no le interesa nada de lo que le diga, no le digo nada. Si hablamos de lo que sea, y veo le interesa hablar de todo, sí lo invito —y fue a su encuentro ante la mirada de los otros, quienes no dijeron, ni “sí”, ni “no”; lo cual significaba un “bueno…” o “hacé lo que quieras”. Salvo Carla que le dijo un rotundo: “Dale, excelente”.
A Mateos y Sonia se los ve hablando; Mateos con alguien que tiene una Biblia y a Sonia, pasando de una persona a otra, dando la impresión, dos o tres veces de haber sido rechazada. Mónica no aguanta más su duda y lo raro que nota a Marcos, entonces le pregunta:
—¿Y el anillo que tenías?
—No sé si contar… En este momento… Cómo es qué tengo este anillo… —Mónica se lo queda mirando fija y seria a los ojos. Añade ahora despacito a ella: —Quizás asuste un poco a Ceci y Estefanía.
Los más cercanos, en silencio comienzan a mirar a Marcos, ahora más atentos que antes. Sin querer, acapara la atención con tal respuesta y actitud.
—No me asusta; me interesa. ¿Te pasó algo raro al venir acá hoy? —dice tranquila Ceci.
Marcos saca del bolsillo el anillo, y comienza a mirarlo detenidamente, mientras lo mueve entre su dedo pulgar e índice.
El anillo brilla. Tiene un pulido excelente y la parte interna forma un grabado que parece de plata, una especie de dibujo. Una fina llama, rodeando internamente al anillo por el centro, una pequeña llama blanca envuelta en el amarillo oro; de la cual salían algunas pequeñas.
—La verdad… Este anillo debe ser caro… Miren —y se lo da a Mónica, para que uno a uno se lo pase y lo vean.
Les contó, lo encontró sobre la cama, sin saber cómo es que llegó hasta allí. Al día siguiente había preguntado a todos los que supuso pasaron por su habitación. Respondiendo cada uno de ellos, que no sabían nada de tal anillo. Por último, se lo había dejado puesto restándole importancia, como enfrentando al misterio.
También les comentó de la nota extraña, la cual terminó tirada, y sólo les dijo decía algo de una recomendación a que atravesara una puerta, si se animaba, porque lo agradecería.
Marcos se volvió a colocar ese anillo en el dedo, luego de que todos lo vieran; guiñándole un ojo a Mónica en señal de complicidad, como diciéndole “estoy contigo”. Al rato, se acerca su amigo Mateos con un nuevo integrante al cual lo presenta como “el cristiano medio rebelde de David”. El noveno en llegar al grupo.
Sonia regresa también; en compañía de Flavia, una chica que se interesó. Solía ir allá a tomar sol, pues vive cerca. Una simpática señorita, de unos treinta años.
—¿Qué tal si pasamos la noche acá? —dice Marcos al rato, luego de haberse presentado David y Flavia, y habiendo hablado todos un poco.
Se comenzaba a observar rojizo el cielo del lado del Río de la Plata, hay algunas pequeñas nubes en él, y se escucha el sonido relajante de las olas con el viento, mientras algún barco pasa a lo lejos. Estaban bien allí, pero luego de lo ocurrido, no sería el lugar ideal. Juan inmediatamente contesta, antes que otro pudiera opinar su deseo por quedarse:
—Dejé el auto afuera, no quiero le pase algo.
—No está permitido estar acá de noche chicos —comenta Flavia—; nos van a echar. Aunque afuera, en la plaza, ahí sí se puede estar.
Luego de quedar de acuerdo en algo tan sencillo al transcurrir media hora, los diez deciden que irán afuera de la entrada principal. En la parte que es un parque de forma alargada, con árboles viejos y altos. A Comer algo comprado en un puesto cercano, de los que suelen haber por allí.
Comienzan a apurar el paso, pues la gente comienza a marcharse. Los diez caminan para emprender la vuelta juntos ¡Ya son todo un grupito! Y se los observa alegres.
Al venir la noche está serena. Se ven las estrelladas y una hermosa luna llena que se asoma por sobre los árboles de “la costanera Sur”, la reserva ecológica de Buenos Aires. Se encuentran comiendo pancho o choripán, y escuchando música proveniente del auto de Juan, mientras charlan y se cuentan cosas extrañas. Luego, siendo ya tarde…
—Cambiando de tema —dice Juan interrumpiendo una charla de Sonia sobre ropa con Carla—. Sería bueno intercambiár datos de contacto, para acordar el día, y el siguiente punto de reunión ¿Les parece bien?
—A mí sí… Y… ¿Les parece si nos reunimos recién cuando seamos veinte? —Dice Carla— Algo así como un juego. Luego seriamos “El Grupo de los Veinte Jóvenes”… Que buscan hacer algo distinto.
—¿Porqué tienen que ser veinte, Carla? —pregunta Mónica.
—La verdad —dice Carla, quien generalmente añadía luego de decir “algo distinto”, “que sea algo sano”. Pensando un poco, responde:— digo veinte, porqué me suena lindo… Algo así como decir… “El Grupo de los Veinte Jóvenes que Buscan Hacer Algo Distinto Siempre” que sea algo sano. Mejor, más corto: “El Grupo de los Veinte Jóvenes”.
—¿Y cuándo ya no seamos jóvenes? —pregunta Mateos.
A lo cual se produce un corto silencio.
—No la compliques —dice Marcos riendo—. No sé… Ya se verá… Por ahora supongo es representativo…
—¿Y cómo sabemos si nos llevaremos todos bien?— Dice Ceci, a quien ya no le preocupaba en lo más mínimo aquello que vio y sintió en el camino hacia el río.
—Si a alguien no le agrada alguien nuevo, ese no será aceptado, así de sencillo —dice Juan.
—¿Y si al principio te parece simpático, y luego resulta es un pesado? —pregunta Ceci.
—¡Será a votación! —responde Mónica.
—Me parece excelente —afirma David, sintiéndose parte.
—¿Vos no me votarás para que me vaya si nos peleamos no? —comenta mirando Mónica a Marcos con ojos de enamorada.
—¡Nunca mi amor! —le dice Marcos quien aún no le ha dado un buen beso.
—¡Ay, qué emoción! —grita Carla—. ¡Se ha formado la primer pareja!
—¡Qué se besen…! ¡Qué se besen…! —comienzan a gritar todos.
Cada vez gritando más y más fuerte; Marcos y Mónica se miran. Ya estaban abrazados. Mónica comienza a estar sonrojada, se ríe, y llega su primer beso de enamorados…
Aplausos, gritos y risas; están todos muy contentos. Juan corre hasta su auto y comienza a tocar bocina para hacer más ruido.
Faltaba poco para que se termine de formar el “El Grupo de los Diecinueve Jóvenes”, pese a que en un principio, pensaban ser veinte, ¡Y ya hasta se había formado la primer pareja! Iba muy bien, eligiendo ignorar todo aquello que resultara raro. Incluso el hecho de que las cosas en la práctica no suelen andar tan bien y fácil. Los inicios suelen ser difíciles y complicados, y el avanzar una lucha.




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