-El grupo de los 19 jóvenes y la primera puerta, Javier R. Cinacchi-
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EL JOVEN NÚMERO VEINTE
Han pasado tres semanas. Despidieron el año 2007 por separado, y apenas algunos se llamaron para saludarse por navidad y año nuevo. Sin embargo, están claramente interesados en el grupo en formación, o mejor dicho en lo que presuponen podría ser a futuro. Esperan impacientes inaugurar el Grupo de los Veinte Jóvenes, y que sea todo un éxito. Algunos mostrando más afinidad con unos, y menos con otros. Se conocen en algunos casos poco o nada, pero en esas semanas estuvieron charlando algo a distancia y mientras tanto, organizando la reunión y sumando integrantes.
Todos los del grupo saben que ya son diecinueve; pues están en contacto regularmente, con aquellos diez que se habían reunido anteriormente en la costanera. Quienes cuentan las novedades relacionadas a cada uno. Todo tipo de novedades, desde algún aparente romance y el estado sentimental de cada uno; hasta posibles sorpresas, o anécdotas cotidianas.
Todos se enteraron por ejemplo de lo siguiente.
Sonia soñó durante cuatro noches con un perro marrón claro abandonado, que con mirada triste recorría la calle. Con continua hambre, corriendo de otros perros, sin encontrar un lugar donde estar. Acurrucándose en algún rincón para dormir por las noches temblando de frío. A veces se veía en el lugar del perro, como si fuera ella. Sentía mucha tristeza. Sentía en sí misma la necesidad de estar con una manada de perros o un humano pero se encontraba sola, con la tristeza consumiendo por dentro. Como si fuera poco, la enfermiza picazón de pulgas a cada rato, y hasta una vez recibiendo una pedrada, a cambio de contenta ir a ver si la aceptaba un niño, porque sintió que tal vez la aceptaba. Decía a los demás que nunca hagan esto con los animales, abandonarlos, aunque sabía que ninguno haría tal cosa porque los considera buena gente. Lo asombroso además de soñar cuatro veces con lo mismo, fue un día que pasando cerca de su casa, ve a un perro igual al que había soñado. Contó, “lo adopté como mi perro aunque nadie quería en mi casa. Lo abracé y no lo solté. Es el mejor perro que he tenido hasta ahora. Pobrecito, espero que no haya sufrido lo que soñé”. También se enteraron todos de un accidente que le ocurrió a Ceci, ella se lo había contado a Mónica como en secreto. Caminando por la calle, se le enganchó la pollera en un alambre que apenas sobresalía de dos tablas de madera que ataba. En un andamio improvisado por unos trabajadores, los cuales subidos en él pintan una pared. La pollera se le rajó por el costado de una forma muy grande. ¡Qué vergüenza! Los trabajadores le comenzaron a festejar eso, y a decirle que se la saque, que se ve más hermosa sin ella, y que ellos la ayudan si quería pasar a la casa. Obvio que de ninguna manera hubiera entrado. Tuvo que ir caminando dos cuadras hasta encontrar una remisería, juntando las dos partes de su pollera rota con las manos. Toda colorada de vergüenza caminando rápido. El remís es un servicio en Argentina semejante a taxis, que uno utiliza, para que lo lleven a algún lado, y es más económico en general que los taxis. El que la llevó, un joven, no dejó de fastidiarla pidiéndole su número de celular e invitándola a salir.
Pero desde una perspectiva práctica lo peor le pasó a David.
Perdió su trabajo de media jornada por la mañana. Llegó al kiosco donde trabajaba, y allí mismo le dijeron que no venga más porque ahora iba a atender en el negocio el hijo del dueño que se había quedado sin trabajo. Ahora David se quedaba sin ganar ningún dinero... ¡Con lo complicado que está en Buenos Aires encontrar trabajo! Algunos tardan más de un año en conseguir uno, se tenga o no estudios completos.
La relación entre Mónica y Marcos iba excelente.
Les solían prestar mucha atención a estos detalles, además de cuántos son en el grupo, y de la fiesta que armarían y marcaría el inicio formal. Cada uno de los diez incorporó a alguien, o participó activamente para que vengan nuevos. Salvo Juan. Lo hacían charlando entre conocidos o con desconocidos, presuntamente acordes... Juan no lo hizo, por no sentirse lo suficiente simpático.
Marcos y Mónica habían realizado para el día esperado, una gran bandera en la cual se lee: “El Grupo de los Veinte Jóvenes”. Posee pintado a todo color, el dibujo de un anillo y el de tres petisos con capucha y ojos raros saludándolos… Seguramente había sido idea de Marcos, pues el tiende a burlarse de las cosas que considera extrañas.
Todo iba bien. Flavia era una persona de muy buena economía, más de lo que aparentaba. Dijo, se encargaría de alquilar un local, y resulta que este era nada más ni nada menos, todo un salón. Con iluminación, escenario, bar, y muy bien decorado.
Flavia, Sonia, Mateos y Juan, se habían consultado mucho sobre los preparativos de la fiesta. Mantenían la incógnita a los demás sobre algunos detalles de la misma, para que sean lindas sorpresas para todos.
Al finalizar las dos primeras semanas ya eran diecinueve, y estaba todo prácticamente preparado. A la espera del que ocupara el último lugar disponible.
Siguió otra semana ¡Y nadie consiguió al integrante número veinte! No es que no tuvieran interés en buscarlo, al contrario. Lo que ocurría es que uno tras otro respondió que no le interesaba; o no eran acordes por tener intereses muy cerrados. A algunos sólo les gustaba por ejemplo el fútbol, o ir a bailar, y no algo distinto, o principalmente estudiar y trabajar siendo estas dos cosas su continua preocupación. Incluso no faltó quien preguntara:
—¿No puedo formar parte parcialmente? Me interesan las fiestas, ir a bailar o a ver a alguna banda, y no a cualquier grupo musical —dijo un muchacho en una ocasión a Sonia. El más cercano hasta el momento de ser el integrante número veinte, y de quién tenían su teléfono por las dudas.
Fue entonces, cuando Carla, previniendo se comience a perder el entusiasmo por un comienzo formal, o hasta mismos integrantes. Llamó a los otros nueve, a cada uno, y les preguntó si le daban el privilegio de encontrar al que faltaba. Lo buscaría entre la gente, entre extraños que no le resultaran ser muy extraños.
Aceptaron, y se despreocuparon así de tal tema. Se reunirían el otro domingo, en el salón que reservaría Flavia, a las once de la noche. Esto le daba a Carla aproximadamente una semana de tiempo. En tal fecha, iba a ser, desde que no se veían todos juntos, casi un mes.
Intentó primeramente encontrar a alguien que quisiera participar, en la facultad a la cual asiste. A Carla le faltan dos años para recibirse de psicóloga. Pero al comentarles la idea, la miraban con cara de no saber que pensar, y le respondían: “No, gracias”; “no me interesa”; e incluso alguien le dijo: ¿Y para qué querría hacer algo distinto?
Intentó nuevamente un día, hacer como cuando se conoció con Mónica. No le salió bien. Estaba contenta con una chica interesada y luego de estar charlado un rato, notó le había mentido en la edad; aunque no lo parecía era menor. Le tuvo que explicar:
—Ocurre… seguramente, viajaremos a distintos lados, quizás, hagamos algún viaje al exterior, o en el transcurso de la salida decidimos cambiar los planes… O cosas por el estilo, y sería un poco problemático si eres menor de edad. Tendrás que disculparme.
—Comprendo —dijo la niña desilusionada.
Así transcurrieron para Carla lentamente los días. El sábado se dirigió a una plaza, donde hay una gran feria bastante importante rodeándola. Iba a ir con Mónica pero le dijo no poder, pues ya había quedado con Marcos para ir a la casa de sus padres, así lo conocían… ¡Iba muy rápido esa relación!
Realizó algunos intentos, pudo hablar bien con cuatro jóvenes, pero no se interesaron. Los demás, la mayoría estaban de a dos o más, y no quería ahora pasarse. Ya estaba un poco triste y se le notaba. ¡Cómo no puede encontrar a uno más! Antes había sido muy sencillo.
Como si esto fuera poco, estaba cansada de escuchar comentarios como: “¡chau hermosa!” “¡me casaría contigo mi amor!” o piropos pasados de moda y nada originales. Hacía tiempo no los escuchaba tan seguido, y la fastidiaban cuando se volvían groseros, o muy tontos se quedaban parados mirándola, como si ella fuera algo que estuviera en exhibición.
Al salir del parque, se encuentra aguardando el colectivo para volver a su casa, cuando se da cuenta, otro joven la mira y no la deja de mirar. Carla, hace gestos de fastidio. Piensa, “¿no se cansan de molestar? ¿Qué les pasa hoy?”
—Discúlpame… —dice el joven.
—“No tengo hora.” —contesta Carla, cansada también de la pregunta “¿Qué hora es?” como excusa para comenzar diálogos y terminar invitándola a ir a algún lado “a tomar algo”. No estaba de buen humor.
—¡Huy, que humor tiene! Quería preguntar algo, nada tiene que ver… si me lo permite.
—Disculpame vos a mí… ¿En qué te puedo ayudar?
—No sé cómo decírselo… Pero, me pareció…
—Por ahora, me pareces, amable, espero sigas así... —Le interrumpe Carla mirándolo de reojo, con una pequeña mezcla de melancolía, enojo, fastidio y desconfianza.
—Estaba caminando por el parque cuando escuché, si no me equivoco. A unas señoritas señalándole a usted. Diciendo entre ellas que está buscando gente para un grupo de amigos, vestida con esa pollerita tan corta que usa… Me interesa eso, lo del grupo de amigos. Espero no le moleste haya escuchado la conversación.
A Carla se le comienza a ir un poco lo triste, esperanzada de que sólo no quiera invitarla a salir, o sea un entrometido. Piensa, tal vez sea acorde y quiera ingresar en el grupo de amigos. Se vuelve a él de frente, a lo cual el jovencito da un pequeño paso hacia atrás. Continúa un poco nervioso.
—…No tengo muchos amigos y tal vez... Pensé quizás... Me podría dar una oportunidad, digo… participar. —Dijo apenas mirándola a los ojos. Luego, bajando la mirada al piso, continuó:
—La verdad, sólo busco conocer gente, aunque debo admitir soy un poco tímido.
—¿Tímido? ¡No creo que seas tímido! —Le contesta Carla con una pequeña sonrisa, y añade:— ¿Tenés un tiempito para hablar? Me resulta raro que me trates de “usted”, ni que sea una vieja.
—Perdón, sí, claro.
—¿Venís? —Le dice Carla haciendo un gesto, para que lo siga; alejándose un poco de la parada de colectivos.
Carla tuvo que pensar rápido: Parece ser educado, y posee la edad adecuada, además no se lo observa raro, aunque habla un poco pasado de moda. Algo, en él parece extraño, tiene esa sensación. Se aleja tan sólo un poco de la gente; no mucho por las dudas. El joven comenta un poco nervioso.
—Le aseguro no soy una mala persona. Carla, aunque soy un poco tímido.
Cuando le dice “Carla”, le dirige una mirada burlona. Hace notar, conocía su nombre y no fue dicho por error. Carla, no estaba de buen humor. Además, ¿por qué la aclaración de no ser una mala persona?
—¡Pero si no te dije mi nombre! —dice Carla un poco enojada.
— Ehh… —Murmura el extraño, mientras Carla lo miraba fijo y seria. Apresurado por responder, expresa:— Creo soy el más tonto de todos… —sin mirar a los ojos, y como si no lo dijera en serio, con una suave sonrisa burlona. Añade:— En realidad no soy tonto, pero sabe, es muy linda… Y eso me hace volverme un poco…
—¡Quiero saber, cómo sabe mi nombre! ¿De dónde me conoce?— Interrumpe Carla.
—Tengo que irme, discúlpeme. Le dejo algo. Es lo que en realidad quería hacer; darle un gran regalo. Y conocer al menos personalmente a unos de ustedes. Tengo la esperanza de que sean de los grandes algún día.
Carla le mira con mezcla de emociones y cara perpleja. El desconocido le deja algo en la mano, un paquete pequeño envuelto. Se aleja casi corriendo, y dobla en la esquina. Al desenvolverlo, observa le había dado un anillo, y parecía semejante al de Marcos.
Es un poco tarde, está sola, cansada y enojada. Aguardando para irse a su hogar a descansar, luego de haber tenido un mal día. Lo último que desea en ese momento, es alguien, le dejara un anillo misterioso. Aparentemente igual al de Marcos, el novio de su reciente muy buena amiga Mónica. ¿Sería un amigo de él? ¿Alguien les está haciendo una broma a todos? ¿Quién era aquel? ¿Está siendo víctima de algún demente? No lo sabía, pero cada vez se siente más apenada, porque todo se le ha complicado mucho.
Está pensando en todas estas cosas, cuando la llama por celular Juan.
—Hola Carla, ¿cómo estás?
—Bien… —dice porque no tiene ganas de dar explicaciones, y comenzando a dudar de Juan, quien justo la llama en tal momento. Añade para ver la respuesta que le daría:— Aunque ya no quiero buscar más al faltante, me cansé, lo lamento. Es tarde y lo busqué por días sin que nadie acorde acepte. Además, hoy no me fue nada bien, y me molestaron bastante.
—Amiga, no te preocupes, yo me encargo totalmente. Intentaremos ser los veinte como querías, y si falta uno… ya veremos. Yo me encargo.
—Gracias Juan, ¿llamabas por algo?
—Sí, para saber cómo estabas, y si habías encontrado al que falta… porque ya se reservó el salón.
Carla no le cuenta nada del anillo. Presupone tal vez es lo mejor hablar con Marcos para saber si es un chiste de él, un chiste de mal gusto, un juego tonto que inventó para crear una historia de anillos, o haber si le dice algo. Después de todo, fue él quien había comenzado mostrando un anillo. Se fue a su casa. No habían salido las cosas como ella pensaba, como a veces ocurre.
Carla vive con su madre, quien no se metía en sus cosas, dijo, no le había llamado nadie cuando regresó. Se preocupaba por su hija, y le interesaba mucho con quienes andaba, nunca le mentiría o le daría sustos.
Cansada, deja el anillo sobre una mesita pequeña, al lado de su cama antes de dormir, no se lo prueba. Parece de oro, aunque por dentro no tiene una línea en forma de llama, sino de diamantes y formando hojas, saliendo de un tallo, un montón de diamantes pequeños. Si eran diamantes es muy, muy costoso; supone, son imitación. Sonríe, era un anillo muy lindo, espera no le traiga problemas.
Al día siguiente, Juan intenta completar lo que no pudo Carla. Se le ocurrió de David, como iba a una iglesia grande conocería a muchos. Se comunica con él por teléfono a la mañana:
—Hola David, che... te llamaba porque Carla…
Luego de charlar unos minutos David le responde:
—Sí claro, yo me encargo.
Cuando cuelga el teléfono, lo piensa mejor.
“¿Y a quién podré decirle? Sea sociable, de nuestra edad, y le interese ser parte de un grupo de amigos que desean hacer cosas distintas a lo común, que obviamente no es ir a la iglesia... Me van a decir que ni me meta yo en eso. Y esto sin necesidad de contarles que se encuentran con un anillo misterioso, una notita que habla de una puerta, y ven personas petisas de ojos raros que atraen misteriosamente...”
Los amigos se van llamando por teléfono, se pasan la carga uno a otro ¿Cómo podría ser tan difícil encontrar a uno más? Ellos, habían aceptaron la idea rápidamente. ¿Porqué ahora es tan complicado? Como si esto fuera poco, no se podía postergar más la inauguración formal del grupo de amigos.
El tiempo pasó, estaba pago el local habiéndose realizado preparativos para el decidido día, y habiendo ya llegado. Se suponía, estaría aquel que faltaba y no pudo ser faltando horas.
Al final, Ceci llama a la enamorada de Mónica, quien fue hasta la casa de Marcos, después de comer; a la tardecita.
—Aún falta uno —le dice Mónica a Marcos.
—Ya sé… En realidad… ¡Ya somos muchos! Seamos Diecinueve, y listo… sí no hay diferencia en uno más o uno menos.
—¿Y la bandera? ¿Y si ya los demás prepararon todo como para veinte personas? ¿Dejaremos un lugar vacío?
—Bueno… Lo vamos a arreglar rápido… Seguime —improvisa Marcos, de forma un poco impulsiva.
Salen a la calle, llegan a una avenida transitada y comienzan a comentarle, a algunos que se les cruzan.
Una y otra vez repite: “Hola, somos un grupo…”; “Buscamos divertirnos sanamente…”. Pero nadie les presta atención.
—No gracias —fue la respuesta más repetida.
—Seguro, si Carla le hace esta pregunta a alguno de los chicos a los que le preguntamos, acepta. —Dice Mónica hablando con Marcos, mientras caminan y mirándolo de reojo.
—Durante días lo intentó, y sólo querían salir con ella. —Le responde Marcos.
—¡Ahh… qué bien enterado estás! —Dice con una sonrisa irónica y añade:— ¿Cómo puede ser, nadie más quiere estar con nosotros? Nosotros nos juntamos re rápido. ¿No es raro?
—Un poco. Puede ser. No sé, aveces las cosas se dan solas, y cuando se las quiere forzar no salen.
Hacía mucho calor, Mónica y Marcos caminan en cualquier dirección, por donde haya bastante gente, buscando a alguien acorde para completar su grupo de amigos. Mónica está sintiendo incomodo el calor, se queja, y se ponen los dos un poco mal humorados.
—¿No te molesta el calor? —le pregunta Mónica una vez más a Marcos al notarse ella con síntomas de tener calor, y a su novio carente de estos.
—Últimamente no me afecta tanto, no sé porqué.
—¿Y si vamos a hablar con Carla para replantearnos? —dice Mónica.
—Sí —dice Marcos—, esto ya me está aburriendo… Aparte, en unas horas es momento de ir al salón. Si no pudimos durante tantos intentos, ¿justo se va a dar ahora?
—Sí, sería justo a tiempo, pero...
Continúan charlando unas cuadras más, en una avenida de por ahí. Hasta que bruscamente Marcos se detiene. Levanta la cabeza al cielo, como pensando. Mónica lo mira con su típica sonrisa afectuosa, ya que le gusta. Supone es el momento adecuado para darle su apoyo diciéndole que no se preocupe, que mejor ya regresan. Va pensando en esto a abrazarlo. Lo abraza un instante, y estando así siente el corazón de Marcos acelerarse. Cada vez se acelera más. Están en una vereda de una avenida muy transitada ¿Se sentiría mal por el calor? Lo mira a la cara; él continúa mirando al cielo, y no parece estar pensando, sino muy serio, ¿y nervioso? Como intentando comprender algo, ansioso o asustado.
—Marcos —susurra y añade al no notar ninguna reacción de él—: Mi vida…
—¿Qué es eso que se acerca? —dice Marcos sin dejar de mirar el cielo.
—No veo nada más que algunas nubes, y los cables atravesando las calles. —Dice Mónica mirando hacia el cielo, y llamando la atención de los que pasaban por ahí.
—¿Sólo ves eso? —le pregunta Marcos.
—¿Marcos qué te pasa? ¿Estás bien? No hagas chistes raros, que me incomodás.
Marcos veía por sobre sus cabezas, acercándose como un guerrero montado en un ave de amplias alas que no movía, en descenso lento hacia donde se encuentran. Ave y jinete son cómo de fuego. El mismo fuego que se observa al mirar al sol en fotos, no lo enceguece el resplandor. Se acerca más y más.
—¿Mi amor no ves nada? —vuelve a preguntar Marcos a Mónica, quien mira y nada ve fuera de lo normal, salvo el comportamiento extraño de su novio que le preocupa.
Todos le tienen un cierto miedo a la locura, asociada con actos antisociales, comportamiento ilógico que da inseguridad, incapacidad para vivir en sociedad, no vivir la realidad de todos, tener alucinaciones, el rechazo de los demás... A algunos considerados locos, hace unos trecientos años los encerraban y trataban realmente muy mal, pero no siempre fue así en la historia. Indudablemente la cultura es muy cambiante en todo aspecto. En el segundo milenio después de Cristo, los tratan de adaptar a la sociedad...
Mónica le da un beso. Marcos se pregunta qué pasará si esa cosa de fuego se les acerca más… o si le afectó el calor pese a no sentirlo tanto, de hecho la veía a veinte metros de ellos, siendo el ave muy grande.
—¿Viste que calor hace de repente? Vamos a la sombra. ¿Sí? Me parece con tanto calor no me siento muy bien —dice Mónica mirando a Marcos, y hacia donde él miraba. Sintiéndose un poco incomoda porque él no dejaba de mirar hacia arriba; en ese momento no le estaba prestando atención, y sentía insoportable calor.
Es de notar que solo quedaron ellos ahí parados, pues la gente, se alejó quejándose del tiempo, ya sin importarles qué miraban.
—¡Vámonos! —dice Marcos.
Sumergiéndose en un profundo silencio, caminan rápidamente. Marcos, apurando a Mónica. Están tomados de la mano, y él no dejando de mirar hacia el suelo mientras avanzan. Se comporta de forma extraña como cuando piensa en cosas raras, intentando buscar respuestas de algo inentendible. La única respuesta que obtiene es la ausencia de ideas. Mónica ya va conociendo las peculiaridades de su novio, aunque esto ya es exagerado...
Minutos más tarde, luego de no responderle a dos comentarios que su novia le realizó, Marcos comienza de repente a contarle, algo muy extraño; y que resultaba ser su aparente realidad, que para cualquiera sonaría a locura.
—Vi a alguien volando y se acercaba a nosotros en una especie de ave de fuego. Ambos eran como de fuego, de fuego amarillo claro, como del color del sol ¡Te juro por lo que más quieras, vi eso!
Le comenta caminando de vuelta hacia su casa, rápido y mirando hacia atrás y arriba en ese instante.
—¿Por qué no vamos de Carla, así terminamos con esto de los veinte, y nos quedamos en diecinueve? —dice Mónica, cambiando de tema.
—Me parece excelente, vamos a mi casa, la llamamos de ahí, y de paso me mojo la cabeza con agua fría un rato… y comienzo a dormir más.
Mónica ríe y le responde:
—Mejor no le digas a nadie lo de los pajaritos de fuego amor.
Continúan caminando. Al acercarse lo suficiente para poder ver de lejos su hogar, Marcos Dice:
—¿Y ese esperando en la puerta de mi casa? —añade con cara de confusión— ¿Lo ves, no?
Mónica ríe y responde:
— Sí amorcito, lo veo.
—¿Qué tal? —Al llegar, saluda Marcos al que se encontraba allí, como si nada sucediera y mostrándole una sonrisa.
—Bien, busco a Marcos ¿Sos vos? Es por algo sobre un grupo de amigos, vengo de parte de Mateos.
—¿Querés formar parte? —dice Mónica antes que Marcos pueda decir algo.
—Si me dejan…
—¿Cuánto es dos más dos, y cuál es la capital de la provincia de Jujuy? —le pregunta frunciendo las cejas Marcos.
—Cuatro y San Salvador de Jujuy. Contesta con una sonrisa y sacando pecho.
—¿Edad?
—Veinte y un años.
—Humm… Bueno… Aprobado... Además conoce más de geografía que yo. —Dice Marcos y mirando a Mónica le pregunta:— ¿Sí?
—Bienvenido —dice Mónica—. Aunque ya te presentarás mejor, y nos presentaremos también mejor… Dame tu número de teléfono.
—No tengo. Te doy mi e-mail, el teléfono me lo cortaron por no poder pagarlo.
—No importa —dice Mónica—, le decimos te avise Mateos ¿Lo ves siempre a él?
—Sí, vivo a una cuadra.
—Excelente —responde Marcos—, decile te explique todo, incluso de la fiesta que es hoy, a la cual deberías venir, si querés formar parte… ¿Tú nombre?
—Nicolás. Sí, ya me contó todo.
—¡Qué más puedo decir! —dice Mónica—. Bienvenido eres el número veinte del Grupo de los Veinte Jóvenes.
—Gracias, en verdad quería conocerlos —dice Nicolás, los saluda contento y se aleja.
Marcos y Mónica entran en la casa de Marcos. Se encuentran solos.
—Espero que vuelva… —murmura Marcos.
—Me siento más aliviada —contesta Mónica.
—Ufff… Sí… ¡Por fin!
Se dieron un beso, largo beso, muy largo beso, de esos besos que duran mucho tiempo. Marcos, se cambió de ropa y se dio un baño mientras lo esperaba su novia. Luego llamaron a Carla y fueron hasta su casa. Era una buena noticia, había sido muy difícil encontrar al integrante número veinte. ¡Casi se quedan en diecinueve!
Es increíble como pasa el tiempo, iba a ser de noche cuando llegan a casa de Carla. Dentro de poco tendrían que ir al salón para la fiesta tan esperada.
Carla vive no muy lejos, en una casa decorada con pequeños ladrillos rojos, con un gran ventanal de madera a la calle y muchas plantas, en canteros y macetas; algunas con lindas flores de colores. Llaman a la puerta, una señora les responde:
—Hola ¿Son los amigos de Carla?
—Sí —contesta Mónica—, él es mi novio Marcos, y yo soy Mónica.
—¡Oh sí, pasen! Me habló mucho de ustedes. Pasen, pasen, mi hija está en su habitación. Está un poco inquieta desde ayer. No sé bien qué le ocurre… ¿Saben? Tal vez está nerviosa porque deseaba encontrar alguien para el grupo que están formando, y no lo pudo hacer… ¿Ya son veinte?
—Sí señora— contesta Mónica con una cálida sonrisa.
—Me alegro querida ¿Quieren tomar algo? ¿Comer algo? —Pregunta la mamá de Carla mientras le señalaba la habitación de su hija. Y Añade—. Vayan, siéntanse como en su casa.
—Gracias —les responden Mónica y Marcos.
—Permiso… —dice Mónica mientras golpea despacito en la puerta de la habitación de Carla. Y se asoma para pasar ella primero. La habitación es linda, con muchos colores que resaltan de las cosas, y en general ordenada.
—Pasen, vengan —se la escucha llorosa a Carla. Quien se estaba tratando de sacar la pena para que no la encuentren en tal estado. Únicamente quitándose las lágrimas de la cara, y sentándose en la cama, pues estaba toda desacomodada en ella hasta hace un rato. Piensa, ser un poco alentada por sus amigos considera no le vendría nada mal.
Está en un rincón de su cama, con un anillo como el de Marcos puesto en el dedo anular de la mano izquierda. Al entrar, centraron la atención un instante en el ancho anillo aparentemente de oro. También tiene un libro de filosofía en la cama, junto a ella, y está vestida como para ir a la fiesta. El libro es seguramente de sus estudios en la universidad pero… ¿Y ese anillo? ¿Y por qué lloraría así? ¿Le habrá ocurrido algo malo?
—¿Qué te pasa? —le pregunta Mónica.
—¡Estoy cansada, me griten groserías por la calle y los hombres me miren con cara de estúpidos! No todos obvio, pero si los suficientes para molestarme. Cómo no se dan cuenta que me fastidian ¿Se creen que voy a estar con ellos con las estupideces que dicen o hacen?
Marcos comprendió inmediatamente de qué hablaba, y ante la mirada penetrante de su novia, mira a Carla y le dice:
—Le voy a pedir si me da unas galletitas a tu mamá, permiso…
Mónica tranquilizó a Carla, la comprendió y le dio ánimo. Supuso ese anillo lo había comprado para aparentar estar casada o de novia; aunque ¿igual al de Marcos? Carla estaba vestida de una forma que indudablemente llamaría mucho la atención, tal vez en otra chica no, pero en ella sí. Y de repente no sabía ya cómo vestirse, porque o se veía fea, o muy provocadora, y estaba nerviosa por dentro.
Pese a sus dudas, Mónica prefirió no tocar el tema del anillo por el momento. Asimismo le molestaba no tener uno, y para peor sí lo tenía su amiga.
Marcos se enteró de toda la historia de Carla, resumida en quince minutos por boca de la madre, quien le convidó mate y le untó tostaditas con dulce de leche y manteca, hasta no querer más Marcos. Dulce de leche… otro invento argentino… es un postre… mejor dicho un ingrediente para hacerlo.
Luego, se centraron en que ya eran el número deseado, y en poco deberían estar en donde Flavia les había indicado para la fiesta. Hablaron, se sumó al rato Marcos, y en un momento Carla comenta mirando a ambos.
—Chicos… Los estimo mucho.
En ese instante Carla se lleva una mano hacia la otra, en la cual tenía puesto el anillo.
—¡Hauch! —dice en una expresión de dolor.
—Este anillo extraño… —quitándoselo del dedo— Me lo dio uno, en una plaza diciendo me lo regalaba. No lo conocía… pero él sabía mi nombre, fue mientras esperaba en la parada del colectivo para volver a mi casa… ¿No será una broma tuya, no Marcos?
—¿Es como el mío? —Preguntó Marcos, mientras lo agarraba de la mano de Carla para observarlo. Mira en el diseño interno, añade:— la plata, no es de llamas sino como hojas de árbol. Estos anillos deben ser caros.
—Sí —dice Carla—, pero a mí me parece son como pequeños diamantes. De hecho, recién creo me pinchó uno el dedo. Habrá sido al moverme… No sé… Raro lugar para colocar pequeños diamantes. En realidad supongo, son imitaciones de diamantes, y suelen estar de afuera para que se vean, no de adentro.
Marcos vuelve a observar el Anillo con Mónica. Le susurra algo, y Mónica dice:
—Yo veo que tiene plata en forma de hojitas de árbol ¿No sé? ¿Dónde ves vos los diamantes? Y sí, deben ser caros, este anillo debe estar realizado por un joyero.
—Déjame ver… —dice Carla. Mirando el anillo, añade—: ¡Juraría que cuando lo vi antes, tenía como pequeños diamantes! ¿No me lo cambiaron, no? Yo estoy segura que vi que tenía un diseño distinto. ¡Marcos me estás haciendo bromas!
—No Carla —dice Marcos—. Ni Mónica ni yo tenemos dinero como para regalar anillos así. Es extraño… y tienen distintos motivos internos como para que no los cambiemos.
—¿Por qué decís eso de no cambiarlos? —le pregunta sospechando Carla.
—No sé —contesta Marcos.
—¡Quiero mi anillo! —dice Mónica en chiste. Riendo. Como para romper el silencio de misterio, el cual se estaba acrecentando cada vez más.
El misterio envuelve como si fuera una fina tela cayendo sobre ellos. Incluso cada vez se opaca más, da más oscuridad al pensamiento. Es una red que enreda más y más. Sin embargo siguen caminando en la misma dirección como quien pese a no comprender todo avanza en su destino, sabiendo que es lo que debe hacer. Porque para eso vive, y por ello ha llegado hasta el presente.
—Parecen ser de oro —dice Marcos, y añade—. Por mí, nos regalen millones de anillos de estos. ¿Alguna idea de dónde salen? ¿O quién los envía? ¿Se dieron cuenta se nos va a ser tarde para ir a la fiesta de inauguración?
—No lo sé… —contesta Carla—. Pero conocía mi nombre el que me lo regaló, y me habló… No sé… Extraño ¡No se preocupen, en veinte y cinco minutos llegamos en remís! En un ratito llega, y vamos juntos.
—¿Quiénes sabían dónde estabas cuando te lo regaló? Porqué resulta extraño que mi novio encontró en su cama uno parecido antes —Preguntó Mónica.
—Sólo mi Mamá —dice Carla mirando a Mónica—, pero ella no te conocía a ti, o a Marcos; cuando apareció el suyo. Y yo tampoco tengo dinero para estar regalando anillos así, algo creo que deben valer, no sé, se ven muy lindos.
—…Sí, indudablemente —responde Marcos.
Carla, Mónica, Marcos y Juan, se sentían mucho afecto y no se iban a separar por esas cositas extrañas. Después de todo piensan ¿A quién no le pasó algo extraño alguna vez? De esas cosas que uno tiende a olvidar, no contar, o buscarle alguna explicación conocida para restarle importancia; aunque sea diciendo “fue por casualidad”.
Faltando cuarenta y cinco minutos para las once de la noche, llega el remís que los llevaría hasta el salón. Marcos iba vestido de forma muy sencilla, Mónica bien arreglada como siempre. Y Carla tan sensual como generalmente solía estar.
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Editado: 14.04.2026