El Grupo De Los Diecinueve Jóvenes La Primer Puerta

Capítulo 6.

-El Grupo De Los Diecinueve Jóvenes La Primera Puerta, Javier R. Cinacchi-

6

UN LUGAR DESCONOCIDO

El papá de Marcos, Ignacio Manuel Lafordio se encuentra desayunando para ir a su trabajo. La madre de Marcos, Teresa Lafordio, ha servido unos mates y galletitas saladas con queso. Típico “desayuno” argentino; al igual que las tostadas con dulce de leche bien crocantes, tibias, con abundante cantidad de dulce de leche expandido sobre ellas, a punto de derramarse por los bordes, ¡una delicia!
Al parecer, sería un desayuno excelente, si su hijo no hubiera sacado el tema del castillo oculto. Se ha levantado temprano para preguntarle a su Padre. Ambos están muy nerviosos, de forma tal que hasta le tiemblan un poco las manos al papá Ignacio, mientras le dice a su hijo, ante la insistencia de este por recibir respuestas:
— No Marcos, no ¡No! No me parece mal hagan viajes, pero no allí. Cuando nosotros fuimos, no sabíamos dónde nos metíamos. Buscá en algún lugar su ubicación y te darás cuenta: es como si no existiera. Además es bastante inaccesible. No preguntes, porque no irás. Además respetá que no queremos contarte del tema.
— ¡Papá, dale! Que al ser diecinueve personas, con autos, en el interior… ¿Qué nos puede pasar? Incluso Juan trabaja en seguridad, y su padre es policía. Dale pa...
— Morderte una serpiente. Picarte una araña. Desbarrancar, eso a veces ocurre, o chocar. Perderte varios días. Te arrastre una inundación de un río. Enfermarte, ¿hay alguno que sea médico también? Porque de repente parece que se piensan invencibles. ¡Sólo Dios sabe cuántas cosas te podrían ocurrir! ¿No te das cuenta que no queremos que te pase algo malo? Además allá hay algo raro.
— Pero eso me podría pasar también en muchos otros lugares a los cuales va mucha gente. Y papá, no suele pasar esas cosas a la gente que viaja. Sino nadie viajaría. ¿¡Qué cosas raras!?
— ¡No te importa! No vas a ir. Y en lugares comunes hay gente; allá no, estarán solos, o peor...
Marcos no les había contado nada a sus padres de las cosas raras que podían hacer él y sus amigos, no deseaba alarmarlos con historias raras, de las cuales no sabía bien qué pensar. ¿Quién sabe cómo lo interpretarían? Tampoco nunca habló bien con ellos del tema del castillo, porque esquivaban ese dialogo y se ponían nerviosos si insistía. Y presupone, sería contradictorio para facilitarle el viaje.
Pero Marcos no deja de insistir con todo tipo de argumentos. Los padres ya muy fastidiados...
— ¿Por qué no le decís cómo llegar? —dice Teresa— Si después de todo, fue una vez con nosotros… Y no éramos muy cuidadosos que digamos.
— ¿¡Te olvidaste de todas las cosas extrañas que pasaron!? —Comienzan a hablar sus padres como si se olvidaran que aún sigue allí Marcos. Su papá está claramente enojado—: Después, durante años, buscamos información de ese lugar y nos miraban como a locos…
— ¡No conocés a tu hijo! ¡Va a ir igual! —le contesta la señora Lafordio—. Ya decidió ir, y en realidad todos lo decidieron ¿Le vas a arruinar la alegría a tu hijo?
— ¡Y si se muere! ¿Y esos seres extraños de medio metro que vimos la última vez? ¿Aquel grupo de personas raras y miradas extrañas siguiéndonos? Tus sueños, y las cosas que no sabíamos si eran reales o imaginarias… ¿Te olvidaste del miedo que sentiste por meses?
— ¿Fueron dos veces? —Pregunta Marcos.
— ¡No te metas en lo que no te importa! —le grita Ignacio.
— No son los primeros que ven cosas extrañas a la noche papá —insiste Marcos—. Más en el interior… Pregúntale a algún gaucho, indígena, o a cualquiera que haya vivido allí años.
— ¡Por favor! Además… Luego… No, ¡no! No van a ir. Ni vamos a seguir hablando de locuras.
— ¿Y para qué continuas guardando el mapa? —dice Teresa— ¿No era para dárselo algún día a tu hijo? ¿Y el collar que nos dio la gitana misteriosa? ¿Qué vas a hacer con todo eso? Yo prefiero vaya acompañado, ahora que tiene tantos amigos. Todos parecen ser buena gente.
— Le pensaba hablar cuando cumpla los treinta… No sé. ¡Vos siempre consintiendo a este mamotreto!
— Dale… Contale la historia que es muy linda. Y a todos nos gusta vivir aventuras. Es mejor que estar encerrados en la rutina. A nosotros no nos pasó nada y éramos dos.
— ¿Dos o tres? —Comenta Marcos pensando en él mismo, y lo ignoran.
— ¿¡Linda!? —dice Ignacio— No sé… Es peligroso ¿Te acordás de los relámpagos esos, de la luz mala, y el fuego que salió de la nada? El fuego ese era muy extraño, se movía solo. Y pareció salido de debajo de la tierra ¿Te acordás, no?
— ¡Claro que me acuerdo!
— ¡Entendés Marcos! Nos pasaron cosas que no sabemos explicar, cosas que parecen de locos.
— Alguien lo hacía y movía de algún modo —comenta la madre. Allí no estábamos solos.
— Salimos corriendo de miedo, aunque esa... Puerta. ¡De la cual nunca hablaremos! Uff qué hubiera sido de nuestras vidas, de no haber tenido miedo y atravesar ese portal.
— ¿Estaríamos muertos? —finaliza la conversación Teresa.
(Miran a Marcos y dejan de hablar. Se corren a hablar despacio a donde él no los escucha.)
Marcos, poseía una gran emoción y confusión, ya no sabe qué pensar. Recuerda haber ido a un castillo, pero nunca logró recordar bien todos los acontecimientos. Sólo imágenes muy difusas, que en su mente, luego de tantos años, no está seguro qué ocurrió de verdad y qué no. Sus padres, no deseaban hablar de aquel lugar desconocido.
Continúan charlando entre ellos en otra habitación, en voz baja.
Al rato se acercan. Marcos sabe le dejarán ir, desde el momento en que mencionaron de las cosas raras que les pasaron, le vino a su ser esa certeza. Le dice su papá:
— Hijo, hay muchas cosas que desconocemos… Tal vez son ilógicas para nosotros. Tal vez ajenas a la realidad, rozando la fantasía. Esto de tal manera que no lo contás, porque al no vivirlo, aquellos que te escuchan; sabés, no te creerán. De hecho, no creería a alguien que me cuente tales locuras como las que mencionamos. ¿Le hacés un llamadito a la oficina, cariño? —Dice guiándole un ojo a su esposa en señal de complicidad, ante la fija mirada expectativa de su hijo, mirada que le agradó. Añade—: Y trae lo que sabés, antes que me arrepienta.
— ¡Y más te vale no pidas más cosas! —Dice el Señor Lafordio mirando a su hijo de forma seria. Añade:— Tu madre y yo nos pudimos haber perdido, incluso no sabemos bien qué pasó.
— Vamos a ir muchos juntos papá, y tomaremos todas las precauciones posibles, y aún más. Pero estaría bueno seas más claro.
El padre nuevamente lo ignora. Teresa, la mamá de Marcos, se aleja con sonrisa y ojos brillosos. Tanto la madre como el padre están ahora como si pese a sus miedos, esperaran hace tiempo este momento especial, y no precisamente para decir “no”. Ignacio, se queda en actitud reflexiva. Marcos está a la espera de lo que sea le digan, le den, o hagan sus padres. Al fin de unos minutos su papá le dice:
— No te quedes ahí sentado mirándome. Calentá el agua del mate.
Se impone el silencio de palabras y pensamientos entre padre e hijo en la espera. Marcos está asombrado por el dialogo tan extraño por pedir una ubicación de un lugar ¿Cuántas cosas les habrán pasado a sus padres y nunca se enteró? ¿Conoce realmente a sus padres? Se da cuenta que al parecer les ocurrieron cosas como al grupo. Llena la pava con el agua, la pone a calentar, cambia la yerba del mate, mientras no deja de observar de reojo a su padre pensativo, moviendo una miga de pan en la mesa. Ya no está para nada enojado, sino como si de repente volviera a recuperar sus aires de juventud. Se lo nota preocupado, le quiere dar a su hijo lo mejor, pero a su vez teme de que le pase algo malo. No quiere defraudarlo y al mismo tiempo cuidarlo. Y sin embargo, sabe que él mismo, en su lugar, hubiera querido emprender esa aventura a toda costa. El padre de Marcos se pregunta mientras las situaciones parecen avanzar solas, “¿Qué es lo que conviene hacer?”
Marcos nunca había visto con anterioridad tan enojado a su padre como lo estuvo hace un rato. Está comenzando a dudar en su mente de si seguir adelante o no, realmente quizás sea muy peligroso, una locura. Su padre le dice medio murmurando:
— Tal vez tendría que haber atravesado la puerta y no haber vuelto mi mirada hacia otro lado, ahí la perdí. Luego te quedás toda la vida preguntándote ¿Qué hubiera pasado si me hubiera arriesgado? En ese momento sentía que lo correcto era pasar por ella, y no lo hice.
— ¿De qué puerta hablás papá? ¿Vos me dejaste la notita en la puerta?
— ¡No! ¡Ni lo sueñes! ¡Ni loco!
— Preguntaba nomas...
— Te voy a contar lo ocurrido, y luego, cuando venga tu madre te regalaremos algo que no debes perder. Tú sabrás si se lo darás a su vez a alguno de tus hijos que tengas, o a quién; llegado el momento. Fíjate no quede dando vueltas por ahí, no lo vendas, ni seas tú solamente el que sepa dónde lo escondés… Por las dudas. Es algo único, mejor sólo entregáselo a tu hijo. Si es digno, sino no. —Le dice a Marcos guiñándole un ojo.
— ¿Y lo de la puerta?
— Tal cual te lo voy a decir: En un momento, no sabemos cómo. Tal vez alguien nos durmió, o nos movimos sin control de nosotros mismos, no sé. Pero estuvimos en frente de una especie de puerta de luz o portal. Sabíamos si la atravesábamos iba a cambiar nuestras vidas. Era grande y en su parte superior redondeada. Estábamos solos enfrente de ella. Nos mirábamos, nos agarramos de la mano tu madre y yo. Vos también estabas. Decidimos no pasar... Esperá.
— Sí, haré todo bien. Así lo haré papá. Pero te escucho, contame todo.
Luego de asegurarse el señor Ignacio (aunque era obvio), nadie lo escuchaba salvo su hijo y su esposa. Apaga el celular, cierra la puerta con llave y bien las ventanas. Mientras su esposa, la madre de Marcos, ante la espera de ellos, trae un pequeño baúl. El señor Lafordio le responde en voz baja:
— Gracias... Dejame que le cuente todo. La puerta...
Iba a comenzar luego de acomodarse en la silla inclinándose hacia adelante. Cuando la señora Lafordio interrumpe, comenzando a relatar ella:
— Fuimos a Lujan. Tu padre y yo cuando aún éramos novios. Ahí comenzó todo. Suelen andar por ahí, o al menos lo solían hacer –no sé ahora–, algunos gitanos. Estábamos comiendo cerca del Río Lujan, en el parque, cuando se acerca una anciana gitana con su hija, y acompañadas de una tercera mujer. Pensamos querían adivinarnos el futuro por dinero o vendernos algo. Al ver que nos miraban mucho, le dijimos, “no gracias”. Pero la gitana dijo: “Sino fuera porque me mandó el jefe de familia, no te daría esto muchacha, es muy valioso para mí. Te juro que es más valioso que su peso en oro, plata o piedras preciosas, cuidado.” Y sin decir más, nos dejó un collar y se marchó.
La madre de Marcos, saca de la caja un pequeño collar con una piedra en forma de moneda rojiza, con la cadena de plata.
— Fue extraño —continua la mamá de Marcos—. Cuando extendí mi mano para agarrarla, al tocar la piedra cambió su coloración a oscura. Nos pareció linda, me agradaba y la usé. De vez en cuando se volvía color blanca o incluso de otros tonos. Hasta que decidimos esconderla.
— Sí, los gitanos —interrumpió el papá de Marcos, ante una pausa de su esposa—. Son un pueblo nómade muy antiguo. Estuvieron y aún siguen. Grupos en India y en distintas partes del mundo como ser España, Egipto… Poseen una cultura muy fuerte e incluso creencias y un idioma propio. Se manejan por un sistema patriarcal y valoran mucho el respeto a la palabra dada. Recorrieron mucho, se dedican al comercio desde años atrás, muy atrás. Tal vez la consiguieron así, o el collar pudo haber sido realizada por alguno de ellos, ya que también son artesanos. Pero esa piedra en forma de moneda, puede haber sido pasada de generación en generación, y venir de cualquier parte del mundo.
— Y te da sueños extraños —añade la mamá de Marcos—. De hecho no dejé de soñar con el lugar adonde luego fuimos.
Marcos agarra el collar por la cadena y comienza a cambiar lentamente a rojo. Cuanto toca la piedra, ésta, súbitamente se vuelve color rojo fuego. La observan en silencio. Marcos se pregunta si será otro objeto de los que habló El Anciano. Siente que su destino es seguir adelante, que no hubo casualidad alguna en todo lo que le ha ocurrido a él y a sus amigos. Incluso se siente privilegiado.
— ¿Linda no? —le dice la madre.
— ¿Y qué más sabés de esa puerta? ¿Y por qué dijiste... ?
— Nada más Marcos —le dice su padre—, ya basta de tantas preguntas, más respeto. Y a veces se saben cosas en el interior, se tienen convicciones. Allí les conviene ir en vehículos 4x4, tenés que pasar por rutas, y luego en el Impenetrable transitar por caminos y senderos de tierra arenosa. ¡Es toda una aventura! Y deben llevar carpas. Pero Marcos, la verdad, es que no hay un castillo… ¿La puerta? No sé bien qué es lo que hay escondido, entre medio de árboles y vegetación. Entre las oscuridades, o en dónde la mente se confunde y pierde, o si es un lugar en el cual en realidad hay dos lugares juntos, o más, distintos. No sé. Esta piedra de noche iluminaba mucho, cerca de aquel lugar. Seguimos según la intensidad de la luz las dos veces al estar ahí. Veíamos hacia dónde se acrecentaba o menguaba la intensidad. Es imposible que exista un castillo allí. Tené cuidado, mucho cuidado. No sé lo qué vimos, ni nos animamos a entrar… Entre medio de la vegetación y unas piedras, había como una torre enterrada, con una gran escalera hacia abajo. Y no logramos saber cómo, pero recordamos eso, recordamos que no nos metimos, y luego recordamos una gran puerta de luz que no atravesamos, y recordamos un castillo, vos eras muy chiquito y caminabas adentro del castillo. Es todo muy raro, ¿cómo llegamos al castillo? No lo sé. Hasta incluso nos preguntamos tu madre y yo, si los tres no vivimos una especie de alucinación, o visión porque no recordamos bien toda la secuencia sino como flashes.
— Igual tenés este mapa —dice la madre sacando un mapa de papel corriente, viejo, gastado, y un poco roto.
— ¿Una torre, una puerta y el castillo? Yo recuerdo haber visto de un castillo paredes, el piso, verlo de afuera...
— Sí, ¡el castillo! —afirma el papá de Marcos. Añade:— Todo esto es muy sospechoso… No nos atrevimos a bajar, ni a entrar por la puerta, ¿pero en un momento estuvimos dentro de un castillo? Ni sabemos bien, la puerta estaba rodeada de oscuridad, y estábamos asustados. Tal vez en un momento quedamos entre ruinas de un castillo, selva, y la puerta esa estaba entre todo ello. Era como una locura hijo, o se borró parte de nuestra memoria, o por algo nos olvidamos. Mirá, este mapa apareció un día en la puerta de mi casa, antes de mudarme aquí, y luego de lo que te contamos de las gitanas. Tal cual como lo ves, con las rutas marcadas y ese circulo indicando el fin del recorrido. Y cuando llegamos allá, nos guiamos por el collar, y entre medio de la vegetación y cosas raras que nos pasaron, al final dimos con esa especie de torre enterrada, pero después todo se confunde, lo de la puerta y el castillo. Y solo una vez llegamos tan lejos, en la que estabas vos.
— ¿La luz mala? ¿Un fuego raro? —pregunta Marcos
— Sí, desde que llegamos a la ubicación teórica en el mapa, y al seguir la luz del collar, parecía que cosas raras nos querían asustar de allí.
— Qué raro —dice Marcos…
— ¡Eso es lo que te digo, es todo muy raro! —le responde el padre — Y es que luego haciendo memoria, ¿dónde vimos una puerta de luz si no bajamos por la torre? ¿Cómo es que los tres estuvimos en un castillo? ¿Entonces sí bajamos por esa torre?
— ¿Sabían que era un lugar peligroso y se metieron con un niño en la selva? Yo no recuerdo ninguna selva —dice Marcos.
— Marcos —interrumpe la madre— ¿vos querés ir o no?
— Sí.
— Entonces no preguntes tanto —dice la madre—. Y eras un niño, no sé como te acordás del castillo y no de la selva.
Luego de esto, seguido de un incómodo silencio, se pusieron a hablar largamente de la zona, lo que fue el viaje, y el castillo que vieron ¿pero no está? Aquel que vagamente recuerda Marcos, se dio cuenta en realidad no tiene sentido. Les explicó Ignacio cómo no perderse. “Te acordás”, fue escuchado una y otra vez. Relámpagos que caían cerca, personas de las características que vieron en la costanera, que se movían en los alrededores escondiéndose entre la vegetación, dejándose ver de a ratos. Los padres en un momento corriendo sin dirección. Casi se pierden, terminan en un lugar que aparentemente no existe. Un castillo, una puerta misteriosa como de luz. Eso fue lo que comprendió: partes de un rompecabezas, en la cual no conoce la imagen completa, y solo tiene algunas partes de ese rompecabezas, sin entender la conexión completa. Puede armar unos sectores, pero ni siquiera imaginarse la imagen completa que forma.
Luego, en la comida, hablaron un poco de los aborígenes que viven cerca de allí.
— …Son buena gente —dice la señora Lafordio—. Los aborígenes siendo dueños de las tierras, lo son muchas veces no reconocidos, o deben venderlas para no morir de hambre. No en todas las zonas es así, pero ocurre. Es triste algunas cosas que pasan. ¡Me encantaría que si van les lleven para regalarles! Voy a comprar todo lo que pueda así les llevan. Pasan sequías y muchos no hablan bien el castellano; aunque son amigables, al menos los que conocimos. A los Wichís, les compramos bellas artesanías, unas cuantas de pajaritos muy lindos, también le compramos carbón y pescado.
— ¡Que hermoso sería que recibieran mucha ayuda! —continúa diciendo el señor Lafordio muy serio— Que el país los amara, y no pasen nunca necesidades. ¡Lo que me da bronca, es en algunas zonas… Le sacan o roban hasta la madera que tanto cuidan! Para venderla por monedas cuando ellos con un pedacito, cuidando al árbol, hacen hermosas artesanías. Espero no ocurra más esto, a los dueños originarios de las amplias tierras.
Le contaron, también del porqué del nombre de Impenetrable. En realidad no es un lugar desértico, inaccesible o deshabitado en el interior del país, es un lugar hermoso. Luego charlaron mucho padre e hijo. Incluso de la problemática de la tala de los bosques y del problema de falta de agua potable, desea de corazón termine esa maldad, es muy malo no cuidar las cosas importantes.
Después del almuerzo; continuaron hablando mientras tomaban otros riquísimos mates. A Marcos le resultaban un poco tibios, y su Madre casi se quema la boca en más de una oportunidad. Nunca había tomado tantos mates con sus padres. Les agradó tanto que sería costumbre entre ellos desde ese momento, pasar ratos así cuando puedan. Aunque no tanto obviamente como aquel día, en que Marcos conoció la ubicación aproximada del castillo, o lo que fuera que esté allí.
Marcos sospechó que hubo muchas cosas que no le contaron, aunque le dijeron todo lo necesario. Se preguntaba si algún día se enteraría de todo lo que les ocurrió a sus padres, los cuales guardaron silencio de muchos detalles de historias extrañas, donde parecía contaban un poco intentando prevenir a su hijo, pero cambiando enseguida de tema por temor a qué pensará; o como si todo ello lo hubieran superado, y no querían remover recuerdos sepultados. O tal vez, no querían mal influenciarlo; dudaba, y se preguntó si sus padres le seguían ocultando algo importante...




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