El Grupo De Los Diecinueve Jóvenes La Primer Puerta

Capítulo 9.

9

EN BUSCA DEL CASTILLO

-De Javier R. Cinacchi autor del cual tenés una trayectoria de 35 libros para ir siguiendo...-
Como generalmente ocurre en los que a veces logran triunfar, en medio de las dificultades, se siguió avanzando.
Marcos, quien se había colocado el collar cambiante de color por sobre la ropa, desde su proximidad al llegar donde se acampó, observó junto con sus compañeros que muestra una pequeña luminosidad. Y según a la dirección que Marcos se dirige con el collar, éste emite luz en mayor o menor medida. Todos notan esto y se decide seguir la mayor intensidad al día siguiente.
A la noche Marcos sueña con el castillo, y tal sueño asemeja a la realidad. Siente olores, texturas, pesos, ve claramente los colores, y lejos de ser imágenes rápidas siente cada movimiento dado, incluso teniendo consciencia. Se decía: “Estoy soñando, porque antes de estar acá estaba durmiendo, y no llegué en ningún momento aquí”, aunque lo dudaba.
— ¿Hola hay alguien? —Dice Marcos.
— ¿Marcos? —Escucha en la voz de Mónica.
En el sueño se fue acercando a un castillo en perfecto estado. El castillo es de dimensiones considerables, la torre del homenaje es cuadrangular y se eleva como a cuarenta metros por sobre el muro, es de piedras en cubo, con dos murallas y varias torres en estas. No ve persona alguna en lo que observó de la edificación. Llegando a estar por entrar, Carla lo despierta muy suavemente, pues se había puesto de pie como sonámbulo y se llegó a mover unos metros.
— Descuidá, son sólo recuerdos —le dice Carla—, pasan rápidamente por la mente, reanimados por la proximidad, el deseo de lo que buscamos, o incluso el temor. Se forman a partir de sucesos percibidos, modificados y recreados. Te parecen reales porque te impactaron, y se hicieron dentro de tu mente. No te preocupes.
— Pero —dice Marcos—, me parece es algo más extraño que eso. Hasta un poco reconocí el lugar.
— Bueno... en realidad —le contesta Carla—, con nosotros puede que lo común no ocurra. Igual no te preocupes, pero obvio que no podés andar caminando dormido.
— Claro... —dice Marcos—. Bueno, espero que no pase de nuevo. Por las dudas, ya sé qué haremos...
El día siguió sin complicaciones extra, y con la anécdota que Mónica soñó que llamaba a Marcos en un castillo, y no lo encontraba, sueño concordante con el de Marcos. A temprana hora, luego de desayunar se levanta el campamento. Aún continúa un poco más el recorrido en los vehículos, pero ya no se escuchan las risas y bromas de antes. La intensidad de la luz del collar aumenta en una dirección donde no hay ningún camino. No obstante, se podría, a kilómetros, intentar en otro camino paralelo al cual se estaba, para saber si entre ambos se encuentra el lugar.
Hubo tensión, y un poco se desvaneció con la desilusión al comprobar que aún se debía seguir, pues nuevamente ocurrió lo mismo. Lo cual se repitió dos veces más, hasta donde según la luminosidad, aparentemente se debía estar saliendo del camino, adentrándose en la selva, volviendo un poco hacia atrás. Allí había una sensación extraña, mucho silencio y tensión, o miedo.
En una parte se observa el poder adentrarse un poco con los vehículos, lo suficiente para que Carla los oculte totalmente dejándolos entre la vegetación. Cargando las mochilas y carpas, alejándose en la búsqueda de aquel castillo, el grupo continúa avanzando.
El camino fue lento hasta que Carla y Mónica comienzan a alejar la vegetación por donde se pasa. Marcos observa varias aves de fuego, supone ,“Tal vez tienen algo que ver con la cercanía al castillo”. Esto da ánimos, algunos ya estaban haciendo comentarios tales como: “¿Y si nos perdemos?”; “¿No será mejor regresar?”; “Creo que ya llegamos muy lejos, a ver si nos estamos equivocando”, y eso que recién comenzaban a alejarse de las camionetas. La luz del collar fue cada vez más intensa, de tal forma que allí donde llegan débilmente los rayos del sol, ilumina a su alrededor de forma notoria.
El misterioso castillo no aparece, se acampa al llegar la noche, despejando Carla una zona de plantas y árboles.
Juan estaba armando nuevamente las carpas cuando Cristian comienza a mirar lentamente y muy atento a su alrededor. Su comportamiento se prolonga, aún incluso luego de que todos comienzan a comer sin él; sentados al lado, respetando su silencio aunque murmurando de él.
— Loco… ¿Estás bien? ¿Ves algo raro? —Le Dice Pablo. Al no recibir respuesta de Cristian, quien hace más de quince minutos se encuentra mirando fijo hacia una misma dirección. Le toca con el dedo varias veces el hombro añadiendo—: ¿Te vas a quedar sin palabras mirando a la nada toda la noche? Ya nos preocupa un poco.
Cristian lentamente mueve la cabeza, mira a Pablo. Dice:
— No entiendo.
Y sin más, se sienta a comer con los otros en silencio, como si estuviera distraído pensando.
— ¿No vas a explicar qué no entendés, y tu comportamiento extraño? —dice Verónica.
— Bueno… Lo que pasa… Es eso: No sé —dice Cristian.
— ¡A bueno…! —dice Juan en tono burlón.
— ¿No sabés qué? Viste algo raro ¿Sí o no? —pregunta Marcos.
— La luz mala —afirma Cristian. Añade, ante algunas expresiones de miedo y asombro:— Estaba concentrado esperando desaparezca, pero al final, no supe si lo visto tenía vida o no. Además, sinceramente me cautivó, en medio de la oscuridad ver su luz de la nada.
— ¿Sigue ahí? —pregunta Estefanía.
— ¿Querés que se quede otra hora mirando? —le contesta Pablo.
Cristian ríe y dice:
— Supongo, debe estar aún allí. En un momento además hubo también otras, pero de forma muy rápida incluso me pareció se movían...
— Olvídenlo, debe ser alguna acumulación de gases. Dicen es eso… —Comenta Marcos.
Mientras hablaban, repentinamente un relámpago golpea muy cerca, sobresaltando.
— ¡Qué hacés animal! —le grita Juan a Nicolás.
— ¡Yo no fui! —dice Nicolás.
— ¡No hagas esos chistes animal! —le grita Juan a Nicolás.
— ¡Qué yo no soy! —dice Nicolás.
Descargas eléctricas en forma de rayos comienzan a impactar, a lo lejos y cerca, golpeando contra árboles y arbustos.
— ¡Todos al piso, no corran! —grita Nicolás.
Comienzan a erizarse los pelos, Ceci está a punto de salir corriendo a donde sea. Marcos extingue un fuego con sólo mirarlo de una carpa donde impactó un rayo. Nicolás, mira a su alrededor y busca algo en su mochila, comienzan a sentirse todos mal, un poco mareados. Se para y en cuanto lo hace, un rayo casi lo toca, apenas pudo desviarlo a un tronco, donde comienzan a impactar de forma enceguecedora un relámpago tras otro.
Un ave de fuego se acerca, es sólo vista por Marcos aunque todos comienzan a sentir gran calor. Marcos ve por primera vez bien al jinete, siempre monta un ave; nota, está unido a ella viéndosele al jinete tan sólo la mitad de las piernas. Mónica se da cuenta que nada puede hacer ella, y los rayos siguen y siguen impactando en el mismo lugar donde los dirige Nicolás.
En algunas partes se observan resplandescencias de la cantidad de chispas. Al fin, las descargas eléctricas menguan.
— Veo un ave de fuego que vino y ahora se aleja—. Dice Marcos.
— Y yo veo a la luz mala—. Dice Ceci.
La mayoría primero la miran a ella, luego a donde mira: detrás del único en pie en ese instante, a Nicolás (con todos los pelos de su cabeza electrizados). Éste se da vuelta y cae del susto al ver una bola de luz flotando, lentamente acercándosele.
Ceci se pone en pie y comienza a señalar con las palmas de sus manos a la luz mala, una luz mala algo distinta a lo que antes había visto Cristian; posee algunas tonalidades entre su transparencia y luz, además claramente se mueve, la vegetación debajo de ella parece sentir su peso. Comienzan a emerger de Ceci pequeños rayos traslucidos naranjas. Impactan con la luz mala. Esto le da una visión más aterradora ya que cambia de color, se hace más opaca, y algunos pequeños rayos comienzan a extenderse un poco de ella.
— ¿Qué hiciste? —Pregunta Marcos.
— Eso no es lo que antes veía, y menos ahora —dice Cristian.
— La ataqué —dice Ceci—. Debía haberse vuelto humo, agua o polvo.
Un fuerte viento comienza a levantarse, especialmente donde se encuentra la Luz mala. Flavia se para desafiante, algunas cosas pequeñas de poco peso comienzan a volarse. Pero esa cosa no deja de acercarse lentamente.
— ¿Corremos? —con voz temblorosa pregunta Sabrina.
— ¿Qué opinás Cristian? —le pregunta Juan a Cristian, quien responde con un gesto de no saber. La luz mala está a diez metros de ellos. Otras pequeñas se comienzan a ver rodeándo, más lejanas. Parecería están mirando. Marcos se levanta, agarra su mochila que estaba volcada en el suelo, y se acerca a la luz mala.
— ¡Nooo! —grita Mónica, y se la observa muy concentrada, con los brazos extendidos hacia su novio.
Marcos se detiene a dos metros, saca un tapper (vianda), y para sorpresa de todos se pone a comer mirando a la luz mala. Se da media vuelta para decir:
— Está buena. Que yo sepa no salen rayos de la luz mala, esta es una luz mala distinta, parece tuviera vida propia, parece nos mirara... Menos mal no la dañaron. Y espero que no hable.
Mónica, como no podría ser menos, se dirige un poco temblando de susto al lado de Marcos, lo abraza por la espalda. Marcos, continúa desafiando al misterio.
Y en verdad tenía razón, podría vérsela hermosa alejando todo tipo de mito causante de temor de lado; como por ejemplo, el de ser un espíritu que busca ahuyentar a extraños, posibles hurtadores de tesoros escondidos.
Todos comienzan a arreglarse un poco, y arreglar las cosas un tanto desparramadas. Comienza a llover otro chaparrón. Esperanza con los ojos cerrados sentada en el césped dirige su cara a la lluvia, como disfrutándola. A lo cual nadie quiso decirle, “¿Por qué no la detenés?” Entre los diecinueve hay distintas formas de pensar y comportarse; tanto, que a veces se prefería no preguntar muchas cosas intentando comprender en silencio, pese a que podía ser difícil contener enojos internos, o no generar discusiones.
Algunos, entonces entraron en alguna carpa, no llovía muy fuerte. La luz mala comenzó en un momento a menguar y no se supo si se fue alejándo lentamente hacia atrás, apagando su luminosidad, o disolviéndose arrastrada por la lluvia. Al rato, cada uno se retiró a su bolsa de dormir. Se escuchó a Juan decir:
— ¿Esto fue un intento por alejarnos asustándonos?
— ¿De quién y de qué? —responde con otra pregunta David.
— ¿El tipo ese del olvido queriéndonos alejar de las cercanías de una puerta? —preguntó alguien de adentro de una carpa.
No era hora de formularse más preguntas, y ya había suficientes acumuladas.
Sólo habían dos alternativas: Correr asustados o quedarse. Elegida la segunda. Parece ser se estaba volviendo costumbre seguir adelante pase a lo que pase. Como no podría ser de otro modo, hubieron turnos para no estar dormidos todos, sin dejar alguien despierto de guardia.
Marcos y Mónica son los primeros. Más que estar atentos, disfrutaron sus abrazos; entre momentos de susurros, silencios y besos. Cuando el sueño se hizo muy presente, llamaron a Miguel. Éste estaba con Sabrina y la escena intentó repetirse, salvo que Sabrina a cada ruidito se sobresaltaba asustada, y por ello los cariños románticos estuvieron poco.
Luego siguió vigilando no pase nada raro, Verónica; quien comenzó en un momento, ganada por el aburrimiento, a realizar una especie de danza descalza. Luego comenzó a entrenarse un poco en Kun-fu. Y en esto estaba hasta que ocurrió lo siguiente:
— ¡Quién está allí! ¡Quién está! ¡Hable ahora!
Mientras en sobresaltos salen todos de las carpas y bolsas de dormir. Verónica observa entre la vegetación a unos ojos que resplandeciendo reflejos miran; la mayoría no a más de un metro de la tierra.
Uno a uno el Grupo de los Diecinueve Jóvenes se dirigen miradas preguntándose qué hacer. Sonia afirma:
— Lo que está ahí no son animales.
Cristian entonces habla en su forma particular:
Han salido de donde vienen,
a mirar a los extraños que los miran;
corren peligro ellos, desconocen,
a los que por precaución lastiman.
Al decir esto, a Marcos se le fue la idea de hacer una bola de fuego para tirársela. David, comienza a irradiar paz. Uno a uno se alejan a continuar su mal sueño sin importarles mucho la situación, incluyendo a Verónica quien se despidió diciendo que hasta ahí llegaba su guardia. David y Cristian se quedan despiertos.
— ¿Cómo sabés si no desean hacernos daño? —Pregunta David a Cristian.
— Los vi en actitud de contemplación y asombro mirándonos. Además no podemos atacar, o mostrarnos agresivos, por más que nos sintamos atacados por miedo.
— Obvio sí… ¡Viste!… Necesitamos aprender tanto…
David y Cristian charlan, aquellos seres se alejan. Luego de un rato, deciden llamar a Carla y Mateos, para que continuaran despiertos. Para descansar un poco extra, aunque ya casi amanecía...
Al emerger sobre el horizonte el sol, elevándose por sobre la vegetación. Entre charlas, se estuvo de acuerdo que no se sabía cómo comportarse ante hechos extraños; y se mostró el miedo y la preocupación. Se demoró mucho ese día en continuar, Carla habló largamente con algunos, que dudaban si seguir adelante o no. De hecho, incluso Carla lo dudó: “¿Si se le hace daño a alguien sin querer?” “¿Si se provoca algún tipo de guerra con seres extraños?”
Estando en una zona aparentemente sin población en el Impenetrable, alejados considerablemente del camino y los vehículos. En tales circunstancias, si se vuelve hacia atrás o se continúa, igualmente –por haber tardado tanto–, alcanzaría la noche. Ni Marcos o Juan estaban totalmente libres del temor de sufrir sobresaltos, o correr nuevamente riesgos ¿Innecesarios?
Se continúa siguiendo la luminosidad del collar cambiante de color, hasta donde hay una formación rocosa rodeada de árboles y abundante vegetación. Carla tuvo que ir apartando plantas y ramas, afectando de tal modo que se parecía estar avanzando por un pasadizo entre la vegetación, a la luz del collar. Sonia aleja víboras, arañas y otros animales, para evitar sustos y alguna mordida o picadura.
Alcanzó la noche en su plenitud, y el recorrido según la luz del collar, continúa en una abertura entre rocas. Posee la apariencia de ser realizada por mano del hombre una entrada entre ellas. El collar cambiante de color, brilla más intensamente entrando allí. Cada vez se alejó más de la cotidiana realidad, envolviendo el misterio y lo considerado antes fantástico.
— Marcos, ¿y el Castillo está acá? —le dijo Mónica.
— Me encantaría estuviera aquí afuera, y no lo está… supongo entrando por ahí, debe ser la torre de enterrada que vieron mis padres, pero solo recuerdan flashes, y después un castillo y lo absurdo: dicen nunca bajaron, pero es como si lo hubieran hecho. Y sí, son atrevidos pero no tanto, suelen ser más cuidadosos que atrevidos. Pero ya les conté, y yo no recuerdo haber estado en una selva pero sí en un castillo.
— ¡Vamos! —interrumpe Juan avanzando.
Tan sólo por mostrarse decidido se lo siguió. Al entrar entre las rocas se observa un signo de suma grabado en relieve. Hay una bajada con una escalera que se prolonga hacia abajo perdiéndose en la oscuridad. Efectivamente da la apariencia de ser una especie de torre enterrada, o construida allí.
Hay asombro, sorpresa, y concentración.
— Veo, termina en una puerta de piedra —dice Cristian—. Y me parece, es una escalera muy larga hacia abajo. Hay como una torre invertida hacia abajo, como contaste sí.
Se supuso tal vez era la entrada de un castillo enterrado.
Adentrándose en las profundidades cada vez más, provoca a cada nuevo paso, una mayor intensidad de temor por la inseguridad. Pero iluminando con las linternas se descendió un poco.
Entre varios comentarios de miedo, resaltó el de David quien se detuvo:
—Detesto decirlo pero tengo miedo… —Dice David. Añade—: Esto pinta feo che. Creo, no debiéramos estar aquí.
—Dividámonos en dos grupos por si acaso…—afirma Juan y añade—: Nos comunicaremos por radio.
Juan, Marcos, Mónica, Cristian y Miguel son los que continúan en primer lugar, aunque al final quisieron seguir también a la cabeza, Pablo, Verónica, Flavia y Estefanía. El collar de Marcos ya alcanzaba para iluminar el camino alrededor, a los metros sólo se ve oscuridad, pero se confió en Cristian. Y al iluminar con las linternas en el centro, la interminable escalera en espiral daba daba algo de terror.
Juan saca una soga de su mochila, se la ata y va delante, mientras Miguel seguido de Marcos la tienen fuertemente, y luego los otros. Así se continuó, descendiendo mucho más, hallando al final una puerta de piedra, con otro signo de suma grabado. Se detiene Juan, y los demás a la distancia.
La situación es tan sobresaltable que cualquier indicio extraño hubiera motivado para lejano a cualquier valentía, salir corriendo todos. Esto fue acrecentado por unas caravelas que se vieron al descender, como simbolizando a la muerte, apoyadas en huecos de la “torre”. Se esperó mirando hacia todos lados, hasta que Juan llama la atención sobresaltando con su reconocible voz:
— Esto es muy raro. Un agujero así debería estar lleno de agua y no lo está.
— Además no es natural. Esto está construido. La pregunta es ¿Por quién? ¿Para qué? —Dice Mónica, mientras retoman el bajar, los cuatro del primer grupo.
— Aborígenes, no lo creo. No tiene apariencia de ser de aborígenes sino de fortificación colonial o feudal —dice Marcos.
— Sí… A ver qué pasa… —Dice Juan e intenta empujar la puerta de piedra. Añade luego del intento—: No puedo abrir la puerta eh.
Al llegar varios lo intentan juntos, a lo cual cede, girando en un eje central. Al asomarse para ver, se observa un camino a nivel, rodeado de tesoros con polvo opacando los brillos. El camino se prolonga hasta perderse entre las sombras.
— Hay otra puerta de piedra al final —dice Cristian.
El primer grupo se junta y detiene allí, para descansar un poco mientras los demás se acercan por la larga escalera.
Hay sorpresa y admiración, se descubrió un tesoro. Pero es todo tan extraño que nadie dudó en lo que dijo Juan:
— Mejor no toquemos nada.
Caminaron en fila, rodeados de jarros, vasijas y otros recipientes, algunos cerrados y otros no, de cosas de oro y/o piedras preciosas. Hay allí entre otros: Monedas de oro, piedras extrañas que parecen tener algo de luz propia, espadas de un material muy brilloso y coronas. También cosas extrañas como ser: garras de algún metal en forma de guante, una especie de bastones de un material verde semejante al mármol, águilas de un material pulido muy brilloso, mascaras, y un largo itinerario de objetos extraños y muy tentadores. Incluyendo hay unas túnicas negras con algunos diamantes pequeños (o algo muy parecido a diamantes), incrustados, como si representara un cielo estrellado. Estas se encontraban al final de la fila. Había un objeto cúbico que flotaba...
— No detectó ningún dispositivo extraño, que se active al tomar algo, igualmente, no agarraremos nada—. Dice en voz fuerte, casi gritando Juan, como dando una orden.
De esta forma el primer grupo queda al final del sendero, luego de haber avanzando entre tesoros; y el segundo grupo en el principio de este. Al final del sendero es notorio hay una segunda supuesta puerta de piedra, el primer grupo intenta moverla sin lograrlo, y se duda.
— ¿Será una puerta? —comenta Marcos— ¿O tan solo todo se trata de este tesoro? ¿Y ahora qué hacemos? ¿O tal vez el tesoro está como último recurso para distraer?
— ¿Tan solo? —murmura Juan.
— Tal vez hay algún dispositivo secreto —dice Mónica.
— Disculpa… —le corrige Juan— pero es una piedra rectangular, por medio metro de ancho y dos de alto. No hay ningún dispositivo. Aunque en realidad, podría llegar a haber algo muy creativo que no detecto... No sé si nos conviene intentar romperla, no sabemos qué hay del otro lado. Y me parece que no es muy gruesa.
— ¿Y nos vamos a quedar acá sin hacer nada? —opina Miguel.
— ¿Ceci no dice poder hacer polvo cosas? —comenta Mónica.
— El problema es que suponiendo se pueda romper, ¿Qué hacemos luego nos arrepentimos? —dice Cristian.
— ¿Habrá agua atrás? O ¿Algo peor? —opina Miguel.
Cuesta decidirse si romper o no esa puerta de piedra. Luego de un tiempo, se acercaron todos, pisando de vez en cuando algo de los tesoros y al final se los manipula poniéndoselos a ver, por notar nada ocurría; aunque a algunos nadie se atrevió a tocarlos. Esto, luego de que Rubén pateara sin querer un jarrón de oro, el cual poseía perlas o algo parecido.
¿Y el castillo o la puerta misteriosa? Una incógnita pero o se continuaba o no.
Mirando mejor las cosas de allí, una de estas que más llamaron la atención, fueron unas esferas de aproximadamente veinte centímetros de diámetro, de un color que se movía. Como si un remolino entre negros brillosos se moviera en todo el perímetro de la esfera. Cristian dijo al tomar una y mirarla como un minuto, que le daba una sensación de miedo; y al decir esto, nadie más las volvió a tocar ni a mirar fijo. Pero eran muy bellas. Y había una blanca y “los remolinos”, de un tono anaranjado. Cristian también dijo: “El problema de romper algo, y luego no querer que esté roto, ya me pasó y no me gustó”.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.