La madrugada pesaba sobre la mansión Blackwood como una losa de mármol.
Emma estaba despierta en la penumbra de su habitación, abrazada a sus piernas sobre la cama matrimonial. El lado de Adam estaba intacto.
Él no había vuelto a casa; como de costumbre cuando salía a "reuniones de negocios", la noche era suya. Pero a Emma no le importaba Adam. Lo único que retumbaba en su cabeza era la voz helada de "Liam" en el pasillo y las amenazas veladas que había escuchado a través de las paredes.
De pronto, la perilla de la puerta giró con un sonido casi inaudible.
Emma se erizó al instante. Se incorporó en la cama, cubriéndose con las sábanas, con el corazón martillándole el pecho.
—¿Quién es? —susurró con la voz quebrada.
Una figura alta se deslizó hacia el interior, cerrando la puerta a sus espaldas sin hacer ruido.
A la luz de la luna que filtraba la ventana, Emma reconoció la silueta.
Traje oscuro, postura firme... pero las manos no estaban a la espalda. Estaban temblando.
—Soy yo —dijo una voz.
Pero no era la voz impostada, grave y distante de Liam Rodríguez. Era el tono tibio, suave y rasposo que Emma había escuchado miles de veces en sus sueños.
Emma se quedó petrificada. Los labios le temblaron.
—¿Liam...? ¿Qué haces aquí? Si Adam llega a enterarse...
El guardaespaldas dio un paso hacia la luz de la luna. Se pasó una mano por el cabello con frustración —un gesto idéntico al de su pasado— y suspiró. La corbata impecable estaba entreabierta, rompiendo la imagen del guardia perfecto.
—Ya no hay ningún Liam, Emma —murmuró, acortando la distancia entre ellos. Se detuvo a medio metro de la cama, mirándola con los ojos brillantes, cargados de una culpa insoportable—. Sé que sospechas que soy tu prometido... Y la verdad es que sí. Soy yo. Soy Lucas.
El aire se escapó de los pulmones de Emma. Aunque su corazón ya lo sabía, escucharlo en voz alta sintió como una explosión en medio del pecho.
—Lucas... —susurró ella, como si al pronunciar el nombre fuera a desvanecerse—. No... no puede ser. Yo te vi... el accidente, el carro en el barranco, el funeral... ¡Te lloré un año entero! ¡Grité tu nombre hasta quedarme sin voz!
Lucas dio un paso más y cayó de rodillas junto a la cama, quedando a la altura de sus ojos. Quiso tocarle la mano, pero se detuvo en el aire, temiendo que ella se apartara.
—Lo sé. Y me odio cada segundo de mi vida por eso —dijo él, con la voz rota—. Pero tenía que hacerlo, Emma.
—¿Por qué? —exigió ella, y las primeras lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, mezclando rabia y milagro—. ¿Por qué me dejaste sola en este infierno?
Lucas apretó los dientes.
«No puedo decirle la verdad. No puedo decirle en los negocios oscuros en los que me metí, ni que la gente con la que trataba me habría matado a mí y a ella para cobrar la deuda», pensó para sí mismo.
El miedo a que Emma lo mirara con asco si descubría su lado oscuro fue más fuerte.
—Estaba sofocado... confundido con mi vida, con todo lo que estaba pasando alrededor —mintió Lucas, bajando la mirada con una vergüenza fingida que a Emma le pareció real—. Todo se volvió demasiado pesado y sentí que no tenía salida. Simulé el accidente para escapar de mi propia vida... Necesitaba desaparecer.
Emma lo miró, procesando cada palabra. El alivio de tenerlo vivo chocó de frente con la puñalada del abandono.
—¿Escapar? —repitió ella con incredulidad—. ¿Preferiste hacerme creer que habías muerto antes que hablar conmigo?
—Cometí el peor error de mi vida —confesó Lucas, levantando la mirada para clavar sus ojos grises en ella—. Pensé que sin mí estarías mejor. Pero cuando me enteré de que este infeliz de Adam Blackwood te estaba arrastrando a este matrimonio... no pude quedarme de brazos cruzados. Falsifiqué mis documentos en Europa, me postulé como su guardia y regresé. No voy a dejar que te destruya, Emma.
El silencio que siguió a las palabras de Lucas fue pesado, sofocante. La habitación parecía contener la respiración mientras Emma lo miraba a los ojos.
El miedo a que el auto de Adam apareciera por la entrada de la mansión era una sombra constante flotando sobre ellos, pero en ese segundo, la duda que la había estado carcomiendo durante días finalmente desapareció.
—Sabía que eras tú… —murmuró Emma, con la voz ahogada por las lágrimas—. Desde el primer segundo en que te vi bajo la lluvia el día de la boda. Mi corazón no se equivocó.
Lucas bajó la cabeza, aplastado por la culpa, pero antes de que pudiera volver a disculparse, Emma se lanzó hacia adelante sobre el borde de la cama y le rodeó el cuello con los brazos.
Fue un movimiento desesperado, lleno de un año de dolor, luto y preguntas sin respuesta.
Por una fracción de segundo, Lucas se quedó rígido, paralizado por la costumbre de mantener la distancia profesional de su rol.
Pero al sentir el calor de Emma y el temblor de su cuerpo, la coraza de "Liam Rodríguez" se hizo pedazos. Rodó sus brazos alrededor de la cintura de ella y la pegó contra su pecho con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.
—Te amo —susurró Emma contra su hombro, apretándolo como si tuviera miedo de que al soltarlo volviera a convertirse en un fantasma—. A pesar de todo lo que pasó, de haberme dejado sola… te amo, Lucas. Estoy tan feliz de que estés vivo.
—Yo también te amo, Emma. Nunca dejé de hacerlo —reveló él en un murmullo roto—. Volver a tenerte cerca y no poder tocarte ni defenderte de ese infeliz fue el peor castigo.
Se separaron solo unos centímetros, mirándose a los ojos bajo la penumbra de la luna.
—Tenemos que irnos —dijo Emma sin dudarlo, acariciándole la mejilla y sintiendo la aspereza de su piel real—. No quiero nada con Adam. Quiero irme contigo hoy mismo, lejos de esta casa, y recuperar todo lo que teníamos.
Lucas apretó la mandíbula y le tomó la mano, acariciando sus nudillos con nostalgia.