La luz dorada de las veladoras del pasillo se filtró en la habitación cuando la puerta se abrió con lentitud.
Emma permanecía acostada, de espaldas a la entrada, pero tenía los ojos abiertos de par en par. Cada fibra de su cuerpo estaba tensa. Sus dedos apretaban la sábana con fuerza, sintiendo aún el calor fantasma de los brazos de Lucas.
Adam entró tarareando una melodía afinada a medias. Se notaba que venía con un par de tragos encima; sus pasos eran un poco más lentos y pesados que de costumbre.
Con total indiferencia, se quitó el saco y lo tiró sobre una silla. Luego, empezó a aflojarse el nudo de la corbata frente al espejo de la cómoda.
Fue en ese reflejo donde Emma, al girar levemente la cabeza, vio los detalles.
Manchas rojas de labial marcadas en el cuello de su camisa blanca. El cabello un poco despeinado. La sonrisa autosuficiente de quien acaba de salir de una noche de excesos.
Adam se giró hacia la cama, desabrochándose los primeros botones de la camisa, y soltó una risa baja.
—¿Aún no te duermes? —preguntó con todo el cinismo del mundo.
Emma no respondió. Se limitó a sostenerle la mirada, con una frialdad contenida, clavando sus ojos exactamente en la marca de lápiz labial en su piel.
Adam notó su fijación. Lejos de intentar cubrirse o dar una explicación, caminó hacia el borde de la cama y se sentó, haciendo que el colchón se hundiera bajo su peso. La miró desde arriba, encogiéndose de hombros.
—¿Qué tanto me miras? —soltó con tono socarrón—. La reunión estuvo de lujo. Cada vez falta menos para que más millones entren a mi cuenta... y todo gracias al tonto de tu padrastro. No tiene ni idea de la mina de oro que me acaba de firmar con la inversión de los autos eléctricos.
Emma sintió una ráfaga de asco recorrerle el pecho. Se reincorporó despacio, cubriéndose hasta el pecho con la sábana, sin quitarle la mirada de encima.
—Eres un idiota, Blackwood —dijo con la voz helada, impregnada de desprecio.
Se dio media vuelta en la cama, dándole la espalda. Adam dejó escapar una carcajada seca, disfrutando la provocación.
—Pero si tú también eres una Blackwood ahora, querida... —dijo, inclinándose ligeramente hacia ella—. Y deberías estar orgullosa. No todas las mujeres tienen la suerte de estar casadas con el hombre que maneja el juego.
Adam se disponía a desabrocharse el resto de la camisa para acostarse, cuando de pronto se detuvo en seco.
Un aroma flotaba en el aire de la habitación. No era el olor a humedad de la mansión, ni el perfume empalagoso de la mujer con la que había estado hace un par de horas. Era una fragancia de hombre. Madera, pimienta... algo familiar y penetrante.
Adam frunció el ceño. Levanto el cuello de su propia camisa y la olfateó. Descartado. Ese no era su perfume.
Se puso de pie despacio. El alcohol pareció evaporarse de su cabeza en un segundo, reemplazado por la paranoia. Dio un par de pasos alrededor de la cama, olfateando el ambiente con la atención de un sabueso.
Sus ojos oscuros se clavaron en la nuca de Emma.
—¿Alguno de mis hombres estuvo aquí? —preguntó, con la voz baja, afilada como una navaja.
A Emma se le congeló la sangre. El corazón le dio un vuelco tan violento que temió que él pudiera escucharlo en medio del silencio.
Abrió los ojos un poco de más, invadida por la sorpresa, pero se obligó a no voltearse de inmediato para no delatarse.
Tomó aire, fingiendo fastidio, y respondió sin mirarlo:
—¿Por qué?
—Porque se siente un perfume de hombre en la habitación... —dijo Adam, dando un paso más hacia su lado de la cama, con la mirada reducida a dos rendijas—. Y definitivamente no es el mío.
El aire en la habitación se volvió de plomo. Emma apretó los dientes bajo la cobija, calibrando cada palabra antes de soltarla. Sabía que un solo temblor en su voz la destruiría a ella y a Lucas.
—Sí, uno de tus guardias estuvo aquí —improvisó, girando la cabeza apenas para mirarlo de reojo, poniendo cara de cansancio—. Solo vino a preguntar si ya habías regresado. Le dije que no y se fue.
Adam no respondió de inmediato. Se quedó de pie junto a ella, en completo silencio, analizando cada milímetro de su rostro. La duda flotaba entre ellos como una bomba de tiempo con la mecha encendida.
Finalmente, tras unos segundos insoportables, Adam soltó un suspiro pesado. Se quitó la camisa, la tiró al suelo y se metió en la cama al lado de ella.
—Entiendo... —murmuró, dándole la espalda.
Pero no cerró los ojos. Se quedó mirando la oscuridad de la pared frente a él, con la mandíbula apretada.
Emma tampoco volvió a dormirse; permaneció rígida en su lado de la cama, conteniendo el aliento y sabiendo que la tormenta apenas estaba comenzando.
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El sol de la mañana entraba por las enormes cristaleras de la cocina, iluminando el mármol blanco y la platería reluciente. Era un espacio de revista, frío y sin vida, donde el olor a café recién colado se mezclaba con la tensión que flotaba desde la noche anterior.
Emma estaba sentada a la pequeña mesa del desayunador. Frente a ella, un plato servido con fruta y tostadas permanecía intacto.
Lo único que hacía era mover la comida de un lado a otro con el tenedor, con la mente perdida en la madrugada, en el abrazo de Lucas y en la sombra constante de Adam.
A su lado, Adam comía con una tranquilidad desesperante. Sus manos, cargadas con anillos de oro y un reloj ostentoso, pasaron una servilleta de tela lentamente sobre sus labios para limpiarse.
Levantó la vista y la observó con fastidio.
—¿Por qué no comes? —preguntó, dejando la servilleta sobre la mesa.
Emma soltó el tenedor, que resonó contra la porcelana con un clink seco.
—No tengo hambre —respondió sin mirarlo—. Algo me cayó mal anoche.
Adam soltó una risa corta, desprovista de cualquier empatía.
—Debes comer, querida. No es que me importe tu apetito, pero no quiero que te veas pálida. Ahora eres mi esposa y tienes que lucir bien para las presentaciones que se vienen.